Léeme en otro idioma

lunes, 14 de mayo de 2007

La banalidad del mal
Con esta expresión, Hannah Arendt (1906-75) en su libro Eichmann en Jerusalén (1963), señala que el mal no es producto de personas perversas o individuos enajenados. El Holocausto contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, no fue sólo responsabilidad de Hitler, Goebels, Goëring, o Himmler. Arendt demuestra que el mal puede ser práctica diaria, que puede ser cotidiano, que no hay que ser un loco o fanático para hacer el mal. Para asesinar en masa a millones de personas, se necesitó una estructura que hiciese posible rutinizar el extermino como algo natural, para las miles de personas que participaron directa o indirectamente en los hechos. Cuando el mal se hace cotidiano, se hace rutina, se banaliza. En ese momento, todos podemos hacer el mal y participar en él.
Para la psicología social, este tema es de notable interés, y se ubica dentro de los mecanismos de influencia social que son tres: conformismo, aceptación, y obediencia ¿Por qué alguien obedece una orden manifiestamente criminal? ¿Cómo se explica el daño que se le causa a un inocente? El famoso estudio sobre la obediencia de Stanley Milgran (1964), reveló que personas normales son capaces de causar daño al prójimo, sólo por seguir una instrucción. Incluso, de personas “inmorales”. Miller (1986), en “The Obedience Experiments: A Case Study of Controversy in Social Science”, llamó a lo encontrado por Milgran la “tesis de la normalidad”: los actos criminales no son cometidos solamente por gente “loca” o “fanáticos”. Personas normales que se ven a sí mismos como parte de una organización y que obedecen órdenes, pueden comportarse de forma destructiva. Es importante destacar que el elemento central para explicar este comportamiento de obediencia no es la persona sino el “poder de la situación”. Obedecer o desafiar a la autoridad, es frecuentemente una función de los arreglos situacionales y no de rasgos intrínsecos de la persona. Este es un aporte clave de la psicología social para entender este comportamiento: el contexto de la obediencia. Si existe, se facilita el cumplimiento de órdenes que pueden ser inmorales, como algo “normal”.
No es casual que la Constitución en sus artículos 45 y 46, establezca el “derecho a desobedecer” cuando se ordenan actos en contra de los derechos humanos. La desobediencia es un derecho, porque también la evidencia psicosocial revela que cuando la unanimidad se rompe, se debilita la hegemonía. No por casualidad el gobierno busca construir la unanimidad: partido único, centralización, planificación centralizada, FAN partidistas, aislamiento de los organismos internacionales, presidencia vitalicia, medios de comunicación controlados, indoctrinación, control social. Se busca evitar la disidencia, que es la amenaza de la unanimidad. Cuando aparezca un liderazgo con un discurso que compita con el de Hugo Chávez, éste y su mito se derrumbarán. Chávez lo sabe, y trata de clausurar las “llaves de la pluralidad” para evitar la salida de las aguas de la política que rieguen la sociedad venezolana, que está seca de ideas.
Lo anterior se dice por la entrevista realizada al miembro del Centro Internacional Miranda, Juan Carlos Monedero, por Roberto Giusti (El Universal, día 22-4-07, Pp. 1-2), y la réplica de Monedero a Emeterio Gómez (El Universal, día 10-5-07, Pp. 1-9).
No me voy a concentrar en los aspectos económicos que plantea Monedero, aunque sí coincido en la crítica que hace Marx al capitalismo: todo lo convierte en mercancía –esa es la principal debilidad del capitalismo- pero no en el uso que hace Monedero de este cuestionamiento como razón para justificar el “socialismo dictatorial” que se quiere imponer en Venezuela, bajo el nombre de “socialismo del Siglo XXI”. Tampoco voy a quebrar lanzas a favor de Emeterio Gómez, quien como toda persona tiene derecho a cambiar en su vida, aunque bien pudiera fundamentar mejor sus razones para el cambio, más allá de un relato personal. Así como en 1998 era un entusiasta de “Hugo” –como lo llamaba- hoy, desencantado de “Hugo”, ahora simplemente lo llama “Chávez”.
Sí me voy a concentrar en la frialdad, distancia, y sentido pontificador de las declaraciones de Monedero frente al experimento social que hoy ocurre en Venezuela.
Seguramente Monedero, como buen “científico marxista” –heredero de la Ilustración- confía en la ciencia como la portadora del bienestar social. Los números salvarán al planeta. El, con su “bata blanca” de Doctor y desde su laboratorio en el Centro Internacional Miranda, mezcla fórmulas y usa la pipeta del poder para crear una nueva fórmula social, que nos lleve a “un modelo socialista donde la dignidad está igualmente repartida”. Por supuesto, este “ingeniero social” nos dice algo tradicional, no “socialista del Siglo XXI”: “ahora tenéis otras reglas de juego”. Agrega el Doctor de Heildelberg, “la más profunda de las transformaciones es la que tiene lugar en las conciencias(...)Estoy convencido de que el hombre nuevo es el hombre viejo en nuevas circunstancias y éstas constituyen la nueva cultura”. Nada nuevo nos ofrece Monedero: el sueño de todo socialista es el control de la conciencia, para “jugar” a transformarla y construir su modelo social perfecto. El socialismo no acepta imperfecciones. La democracia liberal nace de las imperfecciones. Así comienza el Federalista Nº 10, “We are no angels”. Como sugiere Hannah Arendt en Between Past and Future: Eight Exercises in Political Thought (1968), “visto desde el punto de vista de la política, la verdad tiene un carácter despótico” sencillamente porque la verdad no supone un debate, porque es dada y, en el mejor de los casos, revelada. Por el contrario, la esencia de la política es el debate, la discusión de diferentes puntos de vista en una esfera pública en la que existan partidos políticos y organizaciones civiles sólidas. Monedero tiene una visión perfeccionista, que puede ser totalitaria. Prefiero, modestamente, la idea de ensayo y error del modelo democrático en donde, como dijo Albert Camus, la “libertad es una oportunidad para ser mejores”.
Lo relevante de la entrevista del profesor español es que, con una frialdad muy grande, intenta elaborar una justificación de un “socialismo dictatorial”, apelando a que Marx no “era enemigo de la propiedad privada” -el gran descubrimiento de Fedeindustria, y que hoy exhibe como quien tiene la piedra de la verdad- y de estudiar “los errores del socialismo del Siglo XX y del partido bolchevique”. Para Monedero, Stalin fue “un error”, sólo “un gran manchón”, pero que realmente no era socialista, porque “un socialismo que hace muros para que nadie se vaya, pierde su principal valor: el pueblo”. En fin, el estalinismo es “la gran simplificación del marxismo”. Nada más. Por este camino, mañana se dirá que Stalin no existió. No hay que ir muy lejos. Ya se deja entrever esta posibilidad. El Ministro del Trabajo, José Ramón Rivero, en una entrevista realizada por Suhelis Tejero Puentes (El Universal, día 26-4-07), dice ante la pregunta de la periodista, “¿Cómo el socialismo va a dar esas respuestas, si en otras experiencias no se logró? No, esas experiencias no eran socialistas, esas experiencias obedecían más a un proceso de una burocracia que secuestró el poder y lo dirigió y administró sin asumir este rol. El entierro del modelo soviético es un sepelio que no es nuestro. Nos invitaron a velar un difunto con el que no teníamos, salvo el tema histórico, ninguna vinculación”. Al ministro poco le faltó decir que Stalin fue un “invento del imperialismo”. Nunca existió. Lo que hubo fue una burocracia. El socialismo es, entonces, postmoderno aunque sus medios son modernos –la planificación centralizada- por lo que es relativo. Añade Monedero, “el socialismo es dialéctica. Se arma y se desarma”. Por eso, el “socialismo del Siglo XXI” no se define, aunque todos saben qué es, pero no se atreven a decirlo.
A Monedero sólo le queda el recurso de la acusación. Si el socialismo asesinó a millones, “igual que las concreciones del capitalismo le han costado la vida a millones desde el Siglo XV”. Los muertos del socialismo fueron para lograr un modelo de igualdad, pero no para el lucro, como los muertos del capitalismo, parece justificar Monedero. Un pequeño “daño colateral”.
Por supuesto, el académico no objeta la expresión “patria, socialismo, o muerte”, “es sólo semántico. Son lemas. A mí personalmente no me emociona, pero sería un error interpretarlo semánticamente porque nadie está mandando a morir por nada”. Respuesta que preocupa si viene de una persona natural de España, país que vivió una horrorosa guerra civil, y que debería saber que los conflictos comienzan con la devaluación de las palabras. Estas, a veces, hieren más que las balas. Y Chávez y su gobierno han hecho de las palabras, un patíbulo retórico para matar moralmente. Para Monedero, la frase es sólo un problema de branding.
En su entrevista, Monedero sólo ofrece “municiones” para justificar la pretensión centralizadora de Chávez, aunque falla en el intento.
Para Chávez, es el centro que lo articula todo, que lo controla todo, y hace posible la felicidad buscada. Buscar la autonomía y el pluralismo, en su pensamiento, es causa de conflicto. Desde este punto de vista, su pensamiento es monocrátrico, no policrático. Lo diverso lo percibe como una amenaza. En la diferencia existe la posibilidad de deseos, y para Chávez éstos son altamente censurables por inmorales, por estar en contra de “la naturaleza de las cosas”, que es el no deseo que enarbola el socialismo. La igualdad se convierte en igualitarismo: es ser una sola cosa. Esa es “la naturaleza de las cosas” y, además, es una “ley inexorable” como la “ley de gravedad”. De aquí que en la escala de valores que tiene el Jefe del Estado, la libertad no ocupa el primer lugar. Igual puede decirse de lo privado. Son valores que tienen menos importancia frente a temas como el gobierno, la constitución, las leyes, el Estado, lo petrolero. El objetivo de Chávez no es la libertad sino la emancipación de lo que percibe son relaciones de dominación, por lo que se enfatizan otras cosas. Su problema no es la libertad como no interferencia –la idea liberal- ni como no dominación –la visión republicana- sino como evasión: como evitar el surgimiento de los conflictos que nacen de los deseos, y la respuesta es la concentración. En esta idea, la libertad no es relevante. Si interesa, es la libertad dentro del Estado. Este es el que libera. Fuera del Estado, la libertad es egoísmo, es decir, conflictos. La anarquía, que es a lo que se le teme. Su discurso, sencillamente, construye una imaginería del poder que tiene como centro al gobierno, que parece ser la salvación. Todo lo demás, gira alrededor de este centro. Se regula el conflicto, y aparece la paz, la estabilidad. Esta función la cumple el Estado a través de la creación de “leyes inexorables” que respondan a la realidad venezolana que se busca persuadir que es socialista, es decir, que no ambiciona.
El pasado de deseos, corresponde a la etapa de una “república aérea”, porque no se buscó lo que se es: la identidad definida por la carencia y, lo más importante, por no buscar mayores oportunidades a partir de un mínimo indispensable como satisfactores de la calidad de vida: Mercal (alimentos), Barrio Adentro (salud), Misión Sucre (educación), Misión Ribas (producción), Venezuela Móvil (un carro), Hábitat (un crédito para vivienda), y Cadivi (un cupo de dólares). La vida es otra: la adoración a la patria y a sus líderes, que son nuestras tradiciones. Es “morir pobre” como Bolívar. Es cumplir el arquetipo del destino colectivo duro, pero destinado a una tarea emancipadora. Ya no es la independencia de nuestros países, sino la “salvación del mundo” del “capitalismo salvaje” que representan los Estados Unidos. El desprendimiento como identidad nacional. La patria buena, virtuosa, sacrificada, solidaria, que no ambiciona, que no pide, que no desea. El deseo está castrado, es motivo de vergüenza. El no deseo es lo virtuoso, lo que se busca alabar. El individuo no vive para sí, sino para otros, es lo que Chávez llama lo “crístico” y el ejemplo de Cristo: morir crucificado si es necesario. Sólo que Cristo lo hizo por la verdad para todos los mortales en todos los tiempos. El gobierno lo pide, pero para beneficio de su proyecto político particular. Esto explica, también, que sea poco amigo del pensamiento diferente, de la pluralidad, y busque concentrarlo todo en una unidad, en este caso, el Estado.
No es pues, un post-capitalismo lo que busca el gobierno, sino regresar a un pre-capitalismo. Comenta Monedero que, “antes de que el capitalismo arrasara con ellas, había instituciones que se encargaban de velar por esto –la Iglesia, los gremios, las asociaciones”. Apunta luego que, “si esta fuera una sociedad de pequeño propietarios, nunca habría surgido el socialismo”. Una suerte de regreso a la Edad Media.
En esta cita se halla la médula del “experimento socialista” venezolano: quitar la capacidad de generar excedente privado, y colocarlo en el Estado –principalmente con el petróleo, que cuesta producirlo $ 10 y se vende a $ 60, con una plusvalía de $ 50 por barril- para imponer un modelo pre-capitalista que rompa, “la metafísica capitalista de la escasez”. Para esto la cultura, “la moral y luces”. Hay que acabar con lo que genera la diferencia: el deseo de mejorar, de tener más, de destacarse, “porque somos iguales en dignidad”.
Yerra Monedero al vincular dignidad como atributo exclusivo del socialismo. La dignidad es valorar la carrera moral de cada hombre, no regularla para encauzarla dentro de unos límites definidos por el Estado, que establece lo que es la dignidad. La dignidad no es un concepto, es un estado, es un hecho. No puede “repartirse” porque cada vida es única. Sólo se pueden repartir las oportunidades para tener dignidad. Esta no es una estadística, sino está en cada persona, en cada proyecto de vida. No hay dignidades iguales, sino oportunidades iguales y reconocimiento de iguales derechos a todos como hombres. Ser persona es ser digno. La libertad es la que hace posible la dignidad, porque permite la realización de diferentes proyectos de vida. La vida buena es una vida digna, no porque el Estado “distribuya igualitariamente”, sino porque la libertad individual para decidir qué hacer con la vida, es lo que hace visible los proyectos morales, y lo que hace posible la dignidad. En la URSS no existió dignidad: el poeta Joseph Brodsky fue tratado de “loco”. El socialismo no acepta la dignidad porque implica pluralidad. Sólo acepta sumisión o ser tratado como “parásito social”. El socialismo sólo acepta subordinación, “ordene comandante”. Es curioso que Monedero hable del pueblo en genérico, pero nunca aluda a los derechos individuales. Son los "sabios" -incluído él- los que van a construir la "arquitectura de la dignidad". Elude hablar del "socialismo liberal" -que en todo caso sería el "socialismo del Siglo XXI"- porque ese compartimiento en la historia del mundo, nunca se ha llenado. Pero hacerlo, supone reconocer una esfera de derechos individuales, no regulados por el Estado, y hasta allí no llega el Doctor del Centro Miranda. Su loa es para más de lo mismo, "un socialismo dictatorial", para usar la expresión de Maurice Duverger.
Para lograr esta “dignidad”, Monedero expresa su gran frase de la entrevista, en un tono de autoridad, de quien controla el laboratorio social que es Venezuela: hay que eliminar todas las formas capitalistas en el país, “tienen que desaparecer si se pone en marcha el socialismo”. Todo está dicho, y es lo que se está haciendo.
¿Cuál es la importancia de todo lo dicho hasta ahora? Si alguna cosa ocurre en nuestro país es, para citar la frase que se le atribuye al Presidente Kennedy, una lucha por la mente y por las almas. El debate político en Venezuela se centra en la persuasión política, orientada principalmente a construir un nuevo imaginario político, entendido como creación incesante y esencialmente indeterminada que representa las cosas y las articula entre sí, para formar creencias colectivas compartidas por los miembros de la comunidad (Dávila, 1992). Ascanio (2001) afirma que, “La lengua es como la partitura en la música y el habla la ejecuta”. Esto no es nuevo en el país. Dávila (1992) analizó cómo se construyó el imaginario político octubrista centrado en la construcción de las identidades populares, la institución de la democracia efectiva, la moralización administrativa, la despersonalización del ejercicio del poder, y el nacionalismo económico. Por su parte, Britto García (1988 y 1989), concluyó que el populismo existe cuando un proyecto de colaboración de clases es legitimado con un mensaje centrado en la tradición cultural popular, por lo que aquél es un fenómeno cultural. Para este autor, el 27 de febrero de 1989 dejó al poder sin la máscara, e hizo ineficaces los mecanismos del orden populista: retórica, redistribución, y represión. Concluye en que el demócrata necesario, sería sustituido por el gendarme necesario, “Y el populismo no podrá convocar en su auxilio a las mismas masas a las cuales reprimió y sacrificó en aras de la banca internacional”. No sabemos si Britto García ya pronosticaba a Chávez como el “gendarme necesario del Siglo XXI”, cuando escribió sendos trabajos.
Entonces, para legitimar el poder la clave es el discurso, en este caso, político, el cual, “Provee a las personas con explicaciones y versiones de la vida pública. En este sentido, el discurso político ofrece programas y líneas de acción, los justifica al ofrecer información y construye ideologías para convencer. Igualmente, permite responder a las críticas y, al hacerlo, señala, reconoce, legitima o rechaza a actores específicos, al otorgarle una condición de pares, a otros se les da una cualidad de superioridad, mientras que a otros se les disminuye o excluye” (Montero y Rodríguez Mora, 1996). El discurso político, en consecuencia, no es neutral: hay un acceso al mismo y una construcción determinada que se hace de los actores sociales (Bolívar, 1996).
Esto último es relevante porque uno de los elementos fundamentales del sector oficial es construir una nueva versión de la historia pero, a diferencia del pasado, de carácter totalizante. Esta idea de la cultura total se infiere de las palabras del Jefe del Estado que pronunció el día 20-9-05 en el Teatro de Venalum, al hablar de la “moral socialista” por primera vez. Es la idea del “hombre nuevo”. Se busca una ruptura con el pasado al construir un nuevo mito de los orígenes centrado en el anti-imperialismo y en el “socialismo del Siglo XXI”. Es necesario, entonces, edificar una nueva ideología que cubra a la sociedad y se siembre de raíz. Por aquélla se entiende, “El conjunto de recursos, desplegado por sus adherentes con diferentes intenciones y diferentes grados y patrones de creencias, el cual impone ciertos compromisos sobre ellos: es un instrumento con el poder de influenciar el uso que se haga de él” (Schull, 1992. C. P. Robinson, 1995). En consecuencia, la ideología tampoco es neutra y, lo más relevante, tiene pretensión de autonomía, más allá de las criaturas retóricas que la portan.
Para Robinson (1995), lo central de una ideología no es la fe sino el respeto hacia ella, porque para poder participar en el universo simbólico de la sociedad, no es necesario creer en la ideología pero sí tomarla en serio. No hacerlo, es excluirse de la sociedad. Los individuos están atados a una realidad discursiva en la que todos participan, con mayor o menor compromiso. Por ejemplo, el discurso de la pobreza, pero no en un sentido económico o ético, sino de caridad y de culpabilidad moral, que toca principalmente a los sectores medios. Es la politización del mestizaje como redención de la culpa por el abandono de la “sociedad blanca” a la “sociedad negra” de los pobres, que intenta redimirse en cuñas de publicidad en donde los talentos son de fenotipo pobre. La ideología tiene el poder de influirlos, aunque sean portadores de una ideología y crean que son ellos quienes la influencian. Como El péndulo de Foucault de Eco, las palabras cobran vida y se autonomizan de sus creadores, aunque estos crean que controlan a las palabras.
La pretensión en Venezuela es crear una ideología autónoma centrada en un telos que ofrece el socialismo del Siglo XXI: una sociedad de iguales, feliz; y no hay otra opción posible fuera de su marco. Como afirma el Jefe del Estado, en el capitalismo no hay salvación, sino sólo en el socialismo. Nótese la expresión “salvación”, cual pecado que debe ser redimido a través de la construcción de una nueva identidad que salvará al país del purgatorio del sufrimiento que significa el capitalismo. Estos esfuerzos se hacen ahora con mayor fuerza, en la medida que el sistema político se siente más seguro, por lo que los esfuerzos persuasivos para legitimar una ideología son mayores. El mensaje es claro: ninguna forma capitalista, sea más a la derecha o más a la izquierda. Hay que inventar algo nuevo, el “poder popular”, inédito, no visto. Es decir, hay que inventar la historia. Ya no es el fin de la historia, es que nunca ha existido como tal para el chavecismo. De lo que se trata, entonces, es de inventar a la historia
El éxito de este esfuerzo va a depender de que la ideología se transforme en cotidianidad, y sea asumida por las personas como algo natural, que es lo que busca promover Monedero y los “científicos” del Centro Miranda.
Hoy los estudios sobre el discurso argumentan que algunas formas de gobierno no democráticas –básicamente, las soviéticas- se sostuvieron tanto tiempo no sólo por el terror y el control político de las “estructuras materiales” sobre la sociedad, sino por la cotidianización de una ideología con un telos orientado al bienestar, a la felicidad, que implicó la aceptación de muchas personas, ya no por miedo sino por conformismo o una verdadera creencia en el telos de la felicidad en la tierra (Robinson, 1995; Walker, 1995; Kotkin, 1998), mediante la hermenéutica del alma (Halfin, 2001). “Sovietólogos” de talla como Kotkin, comentan que una línea de investigación contemporánea sobre Rusia, afirma que el stalinismo “fue una revolución desde abajo” (Kotkin, 1998), lo que ha generado debate por el apoyo popular que se afirma tuvieron las transformaciones generadas por Stalin. Sin embargo, Kotkin sugiere que esta “aceptación” tuvo como base la tradición absolutista de los zares, y que la fortaleza del stalinismo hay que buscarla, también, en las “identidades de la gente común”. Una suerte de “guerra de civilizaciones” en donde el objetivo último era la victoria sobre el modelo capitalista por la superioridad de la civilización stalinista (Hedin, 2004). No era, en el plano discursivo, una lucha económica o militar, sino cultural: la superioridad de un modelo que se consideró superior al capitalista. Para hacerlo, construyó una ideología que comunicó esa superioridad, y que elaboró unas “convenciones discursivas” (Robinson, 1995), que aseguraran la naturalización de los contenidos de la misma en la sociedad.
Las convenciones discursivas son las que justifican el estudio de la ideología como discurso. La concepción del telos garantiza el éxito de una ideología al ser una especie de “macro convención”, aunque la experiencia soviética reveló que no hubo tal “macro convención” sino que el marxismo-leninismo tuvo diferentes discursos aunque con un esfuerzo unificador (Walker, 1995). En el caso soviético, el telos fue el comunismo. En el caso venezolano, el telos es la sociedad de iguales, que se envuelve en el discurso del socialismo del Siglo XXI. Es lo que le da sentido a la experiencia, y las acciones sociales pueden ser valoradas en función de ese telos. No obstante, Robinson (1995) argumenta que la caída del modelo soviético ocurrió, en el plano del discurso, porque el telos comunista era objeto de tensión y negociaciones entre los diferentes sectores de poder en la extinta URSS, lo que hizo que los significados se redefinieran de manera permanente y ese telos perdió respeto en la sociedad, “Cuando los manifestantes llevaban pancartas colgadas en sus cuellos con consignas como ‘Setenta años en camino hacia nada’, en vez de ‘Setenta años en camino hacia el comunismo’, el partido estaba acabado. La sociedad había escapado de las cadenas de su discurso y pudo rechazar todos los argumentos del partido hacia su poder y su omnisciencia” (Robinson, 1995). Es lo que Chávez y Monedero tratan de evitar: que la sociedad rompa las cadenas del discurso “igualitario”, repitiendo el guión socialista: la centralización. Cuando el “experimento” fracase –aunque se mantenga en el poder, como es el caso de Cuba, país que tampoco ya puede ofrecer “dignidad”, y sólo queda esconder al "comandante" para mantener el mito ya agotado- tal vez Monedero, desde España, diga sobre Venezuela, lo que hoy dice sobre Cuba, “Venezuela es el mejor modelo para Venezuela, y ojala los niveles de humanidad que hay allí los tuvieran muchos países latinoamericanos”.
La banalidad del mal sigue viva. Está en Venezuela. Tal vez las palabras de Laura Arias en “Frente a la banalidad del mal” (2001), den luces sobre cómo desterrarla, “Una lógica que corta cualquier posibilidad de ejercicio de la facultad de pensar y, como consecuencia, de la facultad de juzgar(…)Se establece la inversión del papel de los sujetos en la vida social. Los sujetos pasan a ser piezas secundarias en el proceso de decisión, eliminando su capacidad de acción. En este proceso ocurre la pérdida de los criterios de pensamiento, que pueden proporcionar la dimensión del bien y del mal, y la pérdida de la realidad de la experiencia(…)El mal puede ser organizado y la gente verse atrapada en la trama de esta organización(…)Lo más estremecedor del análisis del mal realizado por Hannah Arendt es darnos a conocer que seres como Eichmann no son pervertidos, ni sádicos, sino que son terroríficamente normales. Este es nuestro delincuente de hoy que comete sus delitos sin saber o intuir que comete actos de maldad. Es la pura y simple irreflexión que puede causar más daño que todos los malos instintos(…)Con Eichmann en Jerusalén se desprende la necesidad de aprender a observar de otro modo, incluso aquello que en apariencia se nos antoja repulsivo, incompresible o amenazador. Una mirada a la burocracia de los partidos, muchas veces protectora de intereses mezquinos que abandona pronto la base de la acción ciudadana y transforma a sus seguidores en simples ruedecillas de la máquina burocrática y en consecuencia los deshumaniza” ¿Asumirá Monedero la "ética de la responsabilidad", por las consecuencias del experimento en el que participa activamente?