Léeme en otro idioma

domingo, 23 de setiembre de 2007


Ir a votar
Siempre he votado. Incluso, en las elecciones parlamentarias de diciembre de 2005. Lo he hecho porque, al sufragar, existo como ciudadano político y –tal como sugiere Popper- no hay mejor forma para sustituir gobiernos sin derramar sangre, que una elección. También, porque en mi casa se socializó para sufragar. El día de las elecciones era fiesta, y mis padres iban a votar juntos. Era un acontecimiento que formaba parte de la vida familiar y que, además, estaba asociado a cosas positivas. Las campañas electorales en Venezuela –hasta los 90- eran una fiesta civil. Finalmente, porque desde el plano histórico, las elecciones han sido el mecanismo más eficaz para promover cambios políticos en el país. Sólo recuérdese sendos plebiscitos de 1952 y 1957, o las elecciones de diciembre de 1963.
En nuestro país, la subversión no ha sido eficaz desde el punto de vista político, más allá del romanticismo guevarista –el guerrillero “noble” que se enamora de la “camarada” pura- o del complejo frentista de mucha gente que parece frustrada por no haber sido encapuchado alguna vez en su vida –los inefables “frente nacional de….”- y la subversión lo que ha sido es fuente de violencia política, que enlutó a hogares venezolanos. El Porteñazo –junio de 1962- es el ejemplo más vívido, tal vez olvidado por la mayoría, del padre Padilla quien en sus brazos sostiene al soldado moribundo, hecho inmortalizado por el lente de Héctor Rondón, fotografía que le valió el premio Pulitzer.
Los venezolanos y venezolanas han preferido al voto como opción subversiva si es el caso, no las armas. En diciembre de 1952, la dictadura militar había sembrado el miedo en el país. En octubre de ese año, la Seguridad Nacional asesinó a Leonardo Ruiz Pineda. Aún con ese ambiente de miedo, la gente salió a votar en contra del FEI a favor de URD, y ocurrió el golpe de Estado de Pérez Jiménez y su camarilla, luego de verse perdidos en el plano electoral. En diciembre de 1963, la guerrilla boicoteó las elecciones presidenciales para evitar que las personas sufragaran. Hubo atentados contra sitios de votación, y fallecidos en algunos de ellos –en La Candelaria- aún así, la gente salió masivamente a votar, pese a las amenazas de muerte de la guerrilla de la época, y escogió a Raúl Leoni como Presidente (1964-1969). Como dice el dicho, la gente quiere votos, no balas o, para rechazar a la guerrilla, se decía entonces “pipa sí, chiva no” (en alusión a Betancourt y a Castro).
Esto puede parecer fuera de contexto ahora. Muchos dicen, “esto no terminará de forma pacífica”. Es posible. Chávez no deja opciones. No obstante, la violencia política no se decreta. Ocurre. Una experiencia de quienes lucharon en contra de Pérez Jiménez es que el pustch –sacar del poder a un gobierno por la fuerza- fracasó y para 1956, ya Venezuela estaba de rodillas ante Pérez Jiménez. Cuando hubo los primeros presos políticos en 1950, la sociedad protestó. Dos años luego, cuando se enviaron a los primeros secuestrados políticos a Guasina, nadie dijo nada. Es esa una característica de los gobiernos autoritarios y totalitarios: la autocensura. En los primeros, promovida por los órganos de control; en los segundos, por los individuos que internalizan su propio policía, tal como sugiere Foucault: uno lleva el “rolo” en la conciencia.
Cuando en 1957 ya no había nada de oposición, aparece la necesidad de unirse y se formó la Junta Patriótica, y junto a la propia dinámica de agotamiento de la dictadura y la presencia de un proyecto de país alternativo –el embrión del Pacto de Punto Fijo, que se nutrió del Programa de Febrero de 1936- ocurre la huelga de noviembre de 1957, que catalizó el alzamiento del 1 de enero de 1958, que terminó con la caída de la dictadura el 23 de enero de 1958. No fue un “golpe” lo que sacó a Pérez Jiménez, sino un trabajo político de unidad, con una propuesta. El 23 de enero fue la consecuencia, no el detonante. Cuando se buscó el “golpe” en los años 49-53, se consolidó la dictadura. Así de sencillo.
Quienes hoy hablan de una “salida no pacífica” son, en el fondo, ingenuos. Sustituyen la realidad por sueños de evasión –algún salvador que venga al rescate de Venezuela- pero se olvidan que con formas de gobiernos iliberales –para usar la expresión de Mark Lilla- este tipo de respuesta no es la adecuada. Podrían estas personas leer la introducción del Libro Negro (Avila Gráfica, José Agustín Catalá, 1952), escrito por Leonardo Ruiz Pineda, quien comprendió que en la clandestinidad, quien se pone nervioso pierde, y que ante un gobierno autoritario, uno no se puede poner nervioso y hacer tonterías (en la época actual, un 11 de abril, un paro, Altamira, elecciones de 2005). La paciencia y una política de unidad que puede terminar en un 23 de enero, es la clave, pero no el pustchismo que hoy muchos celebran como la única alternativa posible.
La reflexión viene al caso, luego de leer parte de la encuesta de Félix Seijas publicada por Quinto Día (14 al 21 de septiembre de 2007), en la que se pregunta, “Opción por la que votaría si se celebrara mañana un referéndum para la reforma constitucional”. El Sí obtendría 40,6% el No 22,5% los abstencionistas sumarían el 24 por ciento, y los no respondientes totalizan 12,9 por ciento.
Por el valor del porcentaje, y el tipo de pregunta, podría inferirse que el 24% de abstencionistas, corresponde en su mayoría a la alternativa, no al gobierno. Si se asume que votarían por el No el 80% de los abstencionistas –para dejar un piso de abstencionistas del 20%- y el 13% de no respondientes se reparte en la proporción 60% Sí-40% No (7,8% y 5,1% respectivamente, proporción obtenida del comportamiento de este grupo en diciembre de 2006), se tiene que el Sí obtendría 48,4% y el No 46,8 por ciento. Aunque el Sí gana, la diferencia es de apenas 1,6% que puede tomarse como error estadístico. En otras palabras, que los números están ajustados, y si la alternativa hace un trabajo para motivar a la gente, Chávez puede llevarse una sorpresa como se la llevó Pérez Jiménez en diciembre de 1952 o la guerrilla en diciembre de 1963.
Este tipo de escenarios en donde la alternativa puede ganar –por ejemplo, el referéndum si se hacía en 2003- se ha planteado anteriormente. La diferencia, ahora, es que las encuestadoras muestran números ajustados en muchos temas de la propuesta Chávez, junto al desgano de la mayoría de la sociedad hacia lo que propuso el Jefe del Estado, y la rapidez con que éste quiere aprobar sus cambios. Chávez está urgido de rapidez. Ahora hay posibilidades reales –aunque en el pasado también las hubo- para obtener una victoria política, que permita hacer contrapeso al obsceno y humillante poder de Chávez y del gobierno.
No obstante, hay una sensación extraña: cuando el gobierno no está en su mejor momento –objetivamente, no lo está- la alternativa lo percibe como invencible, y muchos concluyen, “no hay nada qué hacer”, lo que revela un dominio más psicológico y simbólico de Chávez sobre el país, que un dominio sobre bases reales. Con Chávez, hay algo curioso: su popularidad descansa cada vez más en el dinero y en la coacción (PDVSA + FAN). Ya perdió su magia, y manda, sólo porque ya nos acostumbramos a obedecerle –la opresión en su sentido psicosocial- y no “hay más nadie”. Es decir, Chávez ya es parte de la rutina, y muchos no quieren cambiarla, aunque no sean chavistas. A título de ejemplo, puede verse las opiniones de un grupo de estudiantes de bachillerato (El Nacional, día 23-9-07, cuerpo Ciudadanos), sobre Cristóbal Colón. No dejan de ser llamativas en un país cuya característica principal es el mestizaje. Para usar los términos marxistas, Chávez no es fuerte en la “infraestructura”, pero se consolida en la “superestructura”. Hay una suerte de desesperanza aprendida, de sentido de derrota en buena parte de la sociedad, y la respuesta es la evasión, en “privatizarse”.
Debo confesar que, desde enero de 2007 hasta ahora, me paseé por la posibilidad de no votar, como mecanismo para lograr que los apoyos de la alternativa se tradujeran en fuerza política para competir con el gobierno, aunque entraría en contradicción con mi posición de votar. Ante la imposibilidad de que los votos se tradujeran en fuerza por la vía electoral, me dejé tentar por la posibilidad de que la abstención pudiera hacer lo mismo. Hasta en algunas invitaciones a programas de radio –recientemente, en Unión Radio, en el programa de José Gregorio Graterol- dudé a la hora de responder si había que ir a votar o no, y respondí ambiguamente, con un “el tiempo dirá lo que habrá que hacer”.
Sin embargo, al ver los números de Seijas, el coqueteo con la abstención se desvaneció como un espejismo. Estas cifras, aunque no lo parezcan, demuestran de manera clara lo importante que es ir a votar. Llama la atención, por ejemplo, que el número de indecisos sea pequeño en comparación con otras cifras en la misma categoría en diferentes elecciones –cifra que puede oscilar entre el 19 y el 25 por ciento- y los abstencionistas, para hoy, registren un número nada despreciable, distinto a como pasaba antes.
Tal como se comentó, una inferencia posible es que los abstencionistas son mayormente de la alternativa, no del gobierno, que ya han sido conquistados para esa postura ¿Qué pasa si esos dos porcentajes se suman? El gobierno se vería comprometido. Dado que Chávez no es estadista, es capaz de retirar su propuesta, para evitar tener que aceptar que no es todopoderoso, porque fue derrotado políticamente. Una persona como él que se cree perfecto, es difícil que acepte las reglas de la derrota política –habla mucho del Mariscal Sucre, pero no tiene para nada la magnanimidad del Gran Soldado- por lo que preferirá retirar la propuesta –como lo ha asomado- antes que el pueblo le responda que no la desea. En ese caso, aunque lo ocultará, será una gran derrota política para él y su gobierno.
Las cifras también revelan algo preocupante –y es lo que me convenció de reafirmar la creencia en el voto- y es que ese sólido 24% indica que muchos electores ya no creen de manera contundente en las elecciones. En otras palabras, se perdieron para la democracia, con lo que una alta abstención, favorece al gobierno para aprobar la propuesta, aunque no con la fuerza que desearía, pero la puede aprobar.
Esto lleva al punto central en este momento. Ya no se trata sólo de las “condiciones electorales” sino ¿Cómo convencer a los abstencionistas de que votar es la mejor opción, aunque puedan perder desde el punto de vista electoral? O en otra formulación ¿Cómo persuadirlos que votar es la mejor alternativa, aunque el gobierno abuse de su poder en las elecciones? Los números de Seijas sugieren una fuerte falta de credibilidad en las elecciones por parte de muchas personas. Esto no se recupera de un día para otro y, además, está más allá del control de la alternativa lograrlo. El desafío es apelar a la conciencia y al pragmatismo para ir a votar, sabiendo que se puede perder y que el gobierno va a abusar de su poder durante la campaña electoral. Si esto no se logra, Chávez aprobará su propuesta.
Diré mi posición claramente: hay que ir a votar en el referéndum, si se realiza. La única razón que tendría para justificar la abstención, es que ésta sea convertida en un inmenso movimiento político unitario, que ponga en jaque al gobierno. En otras palabras, un movimiento subversivo vía no participación electoral -tal como pasó en el plebiscito de diciembre de 1957- que debilite al gobierno y no pueda hacer lo que le de la gana con el país. Es la única manera de aceptar la abstención. Esto supone organización, mensajes, y personas que se hagan responsables del llamado a no votar el cual, por cierto, es un derecho no un deber, como era en la Constitución de 1961. De manera que si quiero abstenerme, es mi derecho hacerlo, y no incumplo con la Constitución.
Diciembre de 2005 mostró que la abstención no tuvo dirección política, ni liderazgo, y mucho menos responsabilidad política. Quienes la promovieron, luego se desentendieron de ella, bajo el argumento que “el pueblo es su propio líder”, como si la abstención de esas elecciones fue algo natural, y no una agenda creada para persuadir a la sociedad que si votaba, “sólo se sacarían 20 diputados, por lo que no valía la pena ir a votar”. Muchos repetían ese argumento, y hoy muchos arrepentidos, afirman “qué falta hacen esos 20 diputados” -que iban a ser más- pero los medios y algunos encuestadores se prestaron para decir que no serían más que eso, para favorecer una agenda a favor del retiro electoral. Una lección que también se obtiene de esta experiencia -que no se debe olvidar- es que los empresarios, dueños de medios, gente con dinero, y encuestadores, son buenos para hacer dinero y dar números, pero son pésimos políticos. Lo peor.
No tengo un desacuerdo “genético” con la abstención. Sólo pienso que se ha usado mal, y su efectividad política no es alta, por el mal uso de la misma. En todo caso, se debió comenzar por votar y terminar en el paro, y no comenzar por éste, para terminar en el voto, en condiciones altas de debilidad política, como ahora. La abstención debió ser el último recurso contra un gobierno autoritario, pero de una oposición fuerte, unida, y con legitimidad para pedirle al país ese sacrificio. Sin embargo, fue algo frívolo, una majadería, como fue el paro. Antes de este hecho, vino a Venezuela Lech Walessa, y fue entrevistado por Milagros Socorro. Esta le habló de la posibilidad de un paro en Venezuela, y el líder de Solidaridad –quien hizo uno en 1981, bajo ley marcial en Polonia, país ubicado en la órbita soviética- respondió sorprendido algo como, “¿Paro? ¿Paro? El paro es algo muy serio. Es el último recurso. En Polonia nos tardamos 10 años para organizar el paro de 1981”. Aquí, lo tomaron como una semana sin ir a trabajar, que tumbaría a Chávez. Hay que reconocer que la alternativa tiene liderazgos frívolos e irresponsables. No hay duda de eso.
Por la fecha, ya es tiempo de entusiasmar con el voto. El momento de esperar, de ver cómo se desarrollan los hechos, parece estar llegando a su fin. Ya no se puede responder, “vamos a ver como se desarrolla la discusión de la reforma, para decidir”. La alternativa debe dedicarse ahora a entusiasmar para sufragar, en convertir el descontento en ganas de votar, y el voto en fuerza política. Son tres momentos: entusiasmar, ganas, y fuerza política.
Ayuda un contexto que está recubierto de conformismo, pero cuando se quita la capa de sumisión, aparece una estructura de descontento. De alguna manera, el descontento es visible: en los estados hay protestas, en el clima cotidiano hay incomodidad. En fin, que hay una percepción que las cosas no van por buen camino. Esta percepción fue recogida en la encuesta de Datanálisis (con fecha 7-8-07). De nuevo, se abre la posibilidad de convertir al descontento que hay, en fuerza política vía votos porque, además, hay algo adicional: no se trata de Chávez, sino de su reforma, lo que va a ser votado. Si se maneja inteligentemente la campaña, el recurso del gobierno de polarizar –llegan a la estupidez de decir, en boca de Pedro Carreño, que la situación de las cárceles es una conspiración de la alternativa- no le va a funcionar, porque los números de las encuestas –aunque hay diferencias entre ellas, y muchas son con muestras telefónicas- sugieren que en muchos puntos de la reforma hay desacuerdo. En casi todos.
No se trata de descalificar a los abstencionistas, grupo que indudablemente tiene razón en sus argumentos, pero no en el fundamental: la necesidad de tener o estar en estructuras que agreguen intereses políticos para convertirlos en fuerza, y en una alternativa al “socialismo del Siglo XXI”. La abstención, tal como se plantea en Venezuela, es un suicidio político por cuotas.
¿Por qué hay que ir a votar? No tengo una razón moral sino práctica. Quienes plantean la abstención, están en lo correcto desde el punto de vista ético –no aceptar el abuso de poder del gobierno, porque sería reconocer su inmoralidad- pero están equivocados desde el punto de vista político –porque se anulan como alternativa al auto-segregarse. Quienes proponemos votar no estamos en lo correcto desde el punto de vista ético, pero sí lo estamos desde el punto de vista político. Dado que la política, de acuerdo a Max Weber se orienta más por la “ética de la responsabilidad” –la conciencia sobre las consecuencias de los actos políticos- y vistas las experiencias previas ¿Quién puede decir que la abstención ahora será mejor que la de 2005 o que será diferente? ¿Realmente hay un plan B? De acuerdo a la asociación de agencias de viajes Avavit, ya no hay cupos para diciembre de 2007 ¿Es ese el plan B? O será siempre el mismo: llamar a la abstención, nadie asume la responsabilidad por ella, y luego dirán “es la gente su propio líder” desde un sitio lejano, en la espera que el gobierno entre en una crisis política definitiva.
Claro que tendrá una crisis, pero podrá superarla. La consecuencia probable, es que la alternativa se aísle políticamente más, y haya consecuencias en las regionales de 2008, que son muy, pero muy importantes. Y sí es importante tener puestos y cargos. La política también son recursos. Frente a la inmensa desigualdad de recursos que hay con el gobierno ¿También se le va a entregar lo poco que hay, como se le han entregado otras cosas? En síntesis, como dijo Benedetto Croce (1866-1952), “la honradez política es la eficacia política”. Votar es la decisión política más responsable, dadas las circunstancias presentes.
¿Por qué ir a votar? La gran debilidad de la alternativa, es que no posee estructuras para agregar intereses y hacer política. Está atomizada y aislada. Para hacer política, se necesita tejido, músculo. La alternativa lo ha perdido progresivamente: FAN, PDVSA, administración pública, sindicatos, alcaldías, gobernaciones, consejos legislativos, concejos municipales, juntas parroquiales, medios de comunicación, empresarios. Sólo le queda el recurso electoral. Si lo pierde, tendrá que aceptar al nuevo gobierno –tal vez el deseo inconsciente de muchos para manejar la tensión que representa el fracaso político con la necesidad de vivir- o mantenerse en espacios muy pequeños, sin eficacia política, que es la “oposición democrática” que busca José Vicente Rangel. Una oposición inofensiva, que no pueda ser poder. Está la opción de la clandestinidad, pero los líderes no la van a asumir, y también requiere de mucha organización. Si se quiere “jugar duro”, hay que aprender de Mandela, entonces. Este asumió que puso bombas en Sudáfrica en contra de apartheid, y pasó 27 años en cárcel –entró “chamo” y salió “encanao”- pero es un líder universal. Honestamente, no veo a nadie de la alternativa con ese temple, más allá del fanfarroneo de declaraciones en medios de comunicación, y de buenos titulares para abrir una primera página o para “titulares de mañana”. Si hasta ahora ninguno ha asumido la responsabilidad por el paro, ya que éste todavía no ha sido oficialmente suspendido sino “flexibilizado” (¿) ¿Podrán embarcarse en una lucha clandestina, con sus riesgos, como Mandela o como AD durante la etapa dura de Pérez Jiménez? De verdad, no lo creo. Si ocurre, serán otros, personas desconocidas, pero no los actuales.
Ir a votar implica que el espacio que queda no se cede, aunque se sabe que el gobierno es inmoral y abusa de su poder. Se sabe que estamos ante un gobierno de pillos y sin escrúpulos, comenzando por Chávez, pero es la posición que le toca a la alternativa. Cuidar sus espacios políticos y aumentarlos, en la medida de lo posible. Abstenerse al estilo de 2005, equivale a dejar a la sociedad no gobierno huérfana, y la opción que muchos tendrán será incorporarse al “proceso”, que es lo que quiere el gobierno, especialmente la clase media. Esta es la consecuencia prevenible, salvo que se construya un movimiento unitario a favor de la abstención con fuerza para “trancarle el juego” al gobierno, pero ya el tiempo se acorta. Eso pudo haber sido una vez que Chávez anunció su intención de cambiar la Constitución por una vía distinta a una ANC, pero el tiempo pasó y en política, el tiempo es vital. El sentido de oportunidad es clave, y el momento para llamar a la abstención ya pasó.
Se observa en algunos partidos un trabajo de ir recuperando los modos y las prácticas de la política, y esto es sano. Las formas son importantes –como dice el dicho, “cuida de las formas, que las formas cuidarán de ti”- y en actos de UNT, PJ, COPEI, entre otros, se observa ese regreso a las formas de la política, tan carentes en tiempos recientes. Es un paso acertado, y debe ser estimulado. En la medida que se regrese a los modos y formas de la política, el gobierno ser verá obligado a buscar formas políticas o a profundizar la coacción, con lo que la alternativa podría considerar otras vías de acción política para responder al gobierno. Lo importante es que la sociedad vea a sus políticos haciendo el trabajo de la política: persuadir, convencer, mostrar un mejor futuro, y actuar con responsabilidad.
Es importante –se reitera- aumentar los espacios de articulación política para hacer contrapeso al gobierno y sumar personas, en momentos en que hay un solapado descontento en el país. El año 2008 será tiempo de “batallas” políticas, y muchas se definirán de acuerdo a las posiciones que se tomen en 2007.
Una vía puede ser rompiendo el clima de desesperanza aprendida. Todo el mundo piensa que el abuso de poder del gobierno será eterno ¿Por qué no pensar que será derrotado en el referéndum, junto al CNE pro-gobierno? ¿Por qué no sentirse con altas posibilidades de victoria, que tienen base? ¿Por qué en vez de pensar que Chávez hará lo que quiera con el país, no se piensa que en el 2008 perderá muchas gobernaciones y alcaldías, y que el mapa no será “rojo-rojito”, para su frustración de persona que se cree imprescindible? En política, el orden de los factores sí altera el producto. Dejemos de pensar matemáticamente. Pensemos políticamente. Parafraseando la cuña de Apple, Think different. Think politics.