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martes, 22 de julio de 2008

Así se hizo un país
Acabo de terminar la lectura de tres ensayos editados por la Fundación Rómulo Betancourt, que recomiendo leer, porque son esclarecedores sobre lo que es la política, y cómo sirve para construir un país. Comencé con la lectura del trabajo de Naudy Suárez (2006), “Punto Fijo y otros puntos. Los grandes acuerdos políticos de 1958”. Luego, continué con el texto de Germán Carrera Damas (2008), “Emergencia de un líder. Rómulo Betancourt y el Plan de Barranquilla”. Cerré la trilogía, con el material de Juan Carlos Rey (2008), “Personalismo o liderazgo democrático. El caso de Rómulo Betancourt”.
Aunque los trabajos giran en torno a la figura de Rómulo Betancourt –indudablemente, el político más importante que ha tenido Venezuela hasta la fecha- la principal conclusión que extraigo es que la generación de Betancourt tuvo una voluntad consciente para construir un país. No fue una generación al azar o a la zaga de las circunstancias o de ver con quien se “anotaba”. Fue una generación consciente de su papel, y que de manera planificada aprendió a jugarlo, y asumió su rol de liderazgo para construir un país moderno. En otras palabras, decidieron hacerse políticos, y tuvieron éxito.
Debo reconocer que profeso una admiración hacia la figura de Betancourt. No deja de impresionarme que un político exitoso haya renunciado al poder, al dinero y, por si fuera poco, escribía, y muy bien. Tal vez el político más culto en Venezuela sea Betancourt, junto a figuras de la izquierda como Miguel Otero Silva, Moisés Moleiro o Teodoro Petkoff, entre otros. El más formado, seguramente es Caldera. El más zamarro, posiblemente sea Luis Herrera. El de menos escrúpulos, indudablemente es Chávez.
Prueba de la capacidad intelectual y analítica de Betancourt es “Venezuela política y petróleo”, tal vez el trabajo por el cual se conozca más al guatireño nacido en 1908. No en balde su segunda esposa ya fallecida, Renée Hartman, en su libro “Rómulo y yo” (Grijalbo, 1984), al construir el perfil psicológico de Betancourt –ella era médico- lo calificara como una persona sana. Y lo fue porque dio muestras de dos cosas que definen la salud mental de un político: actos de desprendimiento y saber cuándo hay que retirarse. Betancourt se desprendió de muchas cosas –el poder fue una de ellas cuando fue necesario, y temprano como en 1945- y supo cuándo era el momento de irse. No es poca cosa, si se compara con la política que observamos hoy.
No se trata de desear una época que ya no vendrá o vivir de recuerdos. La política, la buena, siempre apunta a un interés superior. Una cosa es el poder y otra el honor y la gloria, decía Maquiavelo, y antes de éste y después de éste, la política entendida no cómo usufructo personal, sino como construcción de instituciones, se aprecia. Desde Platón y Aristóteles hasta Rawls.
Lo anterior, porque ahora entiendo con mayor claridad la lógica de la llamada Generación del 28. Antes, no la tenía tan nítida como hoy. Al fin y al cabo, soy de la generación que nació en “la democracia”, como se dice, y aquélla para mi fue un dato dado. En la escuela y en la casa, uno escuchaba los cuentos de las dictaduras (Gómez y Pérez Jiménez), y si bien conceptualmente entendí la importancia de esas luchas para construir un país, la vivencia emocional no fue tan alta porque no viví esas épocas. Es decir, sabía que la democracia era importante, pero nunca supe lo vital y obsesivo de esa idea para la Generación del 28. Después de casi 30 años, tengo la respuesta a esa dualidad cognitiva/afectiva. Ahora experimento una emoción parecida a la de Betancourt y sus contemporáneos en los 20 y 30 del Siglo XX: la urgencia de instituciones, y que éstas no son un dato dado. Hay que construirlas.
Con las diferencias del caso, Venezuela hoy se parece al país del Siglo XIX y de la primera mitad del Siglo XX ¿Qué cómo? Muy sencillo: un caudillo que manda, con un grupito que aprovecha al Estado para enriquecerse; una clientela que espera también recibir su cuota de beneficios a cambio de apoyo; unas instituciones debilitadas y sin capacidad de hacer algo; unas FAN partidizadas, al servicio del caudillo de turno; unos servicios en franco deterioro, y una clase popular y media que buscan mantenerse y sobrevivir en medio de este precario clima institucional. Esto se repite en gobernaciones y alcaldías. Así fue el pasado de Venezuela, y la obsesión de toda una generación de venezolanos y de venezolanas que va desde 1830 hasta 1958, para cambiarlo y construir un país. Hoy Venezuela es el capricho de una persona, y un “porque me da la gana”, que se recubre de sentencias y resoluciones jurídicas, y loas de cuanto jalabola ha creado este gobierno. Un país donde vivir, a veces se hace difícil.
El mérito de Betancourt y de la generación a la que perteneció, fue entender que Venezuela no sería viable, mientras dependiera del capricho de una persona, es decir, mientras estuviera en un estado pre-político. La supervivencia de Venezuela dependía de un estado político, es decir, de construir instituciones que amortiguaran los caprichos de personas y grupos, que era lo normal en la Venezuela del pasado, y que ahora vivimos con renovada energía.
Esa es la conclusión general de los tres ensayos: mostrar que la decisión de construir instituciones y de hacer un país no fue por suerte, sino deliberada, consciente, y que se trabajó para superar un estado pre-político caracterizado por el capricho y la indefensión, para crear un orden político impersonal y estable, que pudiera garantizar una convivencia más tranquila, más sosegada, más pacífica. Eso se logró. Ahora que como persona me toca vivir un Siglo XIX con internet, TV, y celulares, valoro más que en el pasado, la construcción de instituciones y su relevancia para abandonar el estado pre-político y el “estado de naturaleza”, en que se halla la sociedad venezolana actualmente.
El ensayo de Suárez Figueroa describe cómo se llegó a la firma del acuerdo el 31 de octubre de 1958, conocido como “Pacto de Punto Fijo”.
El historiador comienza su ensayo al afirmar que, “Hay una historia por escribir de Venezuela que podría tener como designio esencial investigar la manera cómo han hecho acto de presencia en ella dos modos contrapuestos de conducta político-social: la concertación y el enfrentamiento” (p. 5). Y más adelante agrega, “(...)Las etapas de unidad nacional han sido más bien excepcionales. Y que, para desgracia de muchas generaciones de venezolanos, a lo largo de ese tiempo se construyó una suerte da ancho cementerio que encierra los cadáveres de las oportunidades perdidas para el diálogo, el acuerdo, y la cohesión, elementos sobre los cuales habrían podido cimentarse regímenes políticos que aportaran para el país a un tiempo paz, libertad, y progreso”.
Suárez Figueroa destaca los aspectos que hicieron posible la concertación, al mostrar los elementos del pacto y del programa mínimo de gobierno (firmado el 6-12-58), y cómo los diferentes actores –principalmente los políticos- fueron configurando las condiciones para llegar a sendos acuerdos. La principal lección que se saca de lo reseñado por Suárez Figueroa es que, al menos desde el punto de vista histórico, lo que hizo posible al Pacto de Punto Fijo fue un gran consenso nacional –el llamado “espíritu del 23 de enero”- centrando en superar lo que para esa generación era la causa principal del atraso venezolano: la inestabilidad política. Ese consenso no sólo era político, sino cultural: todos los sectores –incluyendo los comunistas, como lo documenta Suárez Figueroa en su texto- coincidían en un proyecto de modernización para Venezuela.
El legado de Punto Fijo no puede medirse en términos del programa mínimo el cual, por cierto, se cumplió en sus objetivos estructurales (creación de PDVSA, institucionalización de las FAN, nacionalización de los recursos energéticos, creación de una industria pesada básica nacional, educación masiva y de calidad, alternabilidad en el poder, infraestructura nacional, estabilidad económica, promoción de la salud, urbanizar, impulso a la cultura), sino en su principal aporte al país: la paz social, atributo que para la Venezuela de 1958 era un lujo. Hizo de lo imposible, lo posible.
Punto Fijo no puede –ni debe- ser revivido. Cumplió su etapa. Sí hay que revivir el espíritu que lo animó. Es la conclusión a la que se llega al finalizar las páginas del ensayo de Suárez Figueroa.
Venezuela vive hoy tiempos de enfrentamiento. Una diferencia fundamental con la época de Punto Fijo no es solamente que no hay consenso sobre cuál proyecto de país es el más adecuado, sino que la propuesta que hoy gobierna, busca romper con las bases de lo que Germán Carrera Damas denomina el “proyecto nacional”. La elite social venezolana del Siglo XX confeccionó un concepto que hizo posible agregar las diferentes ideologías políticas: el Estado Democrático y Social de Derecho (EDSD. La Constitución de 1999 agregó, luego de “derecho”, la palabra “justicia”). Este concepto fue la constante del proyecto democrático-liberal impulsado por la Generación del 28, cuya primera expresión política fue el Programa de Febrero (1936) del General López Contreras. Había diferencias en los métodos –“de arriba hacia abajo” o “de abajo hacia arriba”- pero no en el principio: un país moderno.
Los diseñadores de Punto Fijo no enfrentaron lo que hoy vive la sociedad venezolana: la ruptura de sus bases programáticas, al buscar sustituir el EDSD por el Estado socialista, tal como lo busca el gobierno, a pesar que la propuesta de cambios a la Constitución fue derrotada el 2D. La diferencia es que el EDSD fue producto del acuerdo –es lo que demuestra Suárez Figueroa- pero el Estado socialista es producto de una imposición personal. Nunca se ha definido y, por sus acciones, parece acercarse más a las experiencias del socialismo estalinista del Siglo XX.
¿Cómo reencontrarse en un país ya no dividido por cuestiones de método, sino por motivos principistas? ¿Cómo construir acuerdos cuando un “nuevo” modelo de Estado pretende imponerse? Venezuela es hoy una sociedad más compleja, cuantitativa y cualitativamente. También, es un país dividido en sus concepciones de lo que es el proyecto nacional ¿Es posible una conciliación?
Los artífices de Punto Fijo no afrontaron esta interrogante. No eran los principios los que estaban en juego, sino los métodos. Hoy no hay acuerdo ni en los principios ni en los métodos ¿Habrá paz social en la Venezuela del futuro?
Esta interrogante revela una carencia del trabajo de Suárez Figueroa: examinar las voces disidentes del pacto y del programa mínimo. No era el objetivo del autor abordar esta discusión, pero la realidad del momento que vive hoy Venezuela lo obliga. Porque los acuerdos del futuro van a nacer a partir del disenso, no del consenso, como fue el caso de Punto Fijo.
Sin ser psicólogo social o profesional de la gerencia, Germán Carrera Damas demuestra con el lente y la pluma del historiador, lo que las dos primeras disciplinas mencionadas prueban: que los líderes no nacen, se hacen. Es líder quien se propone ser líder. Pero no es simplemente decir, “voy a ser líder”, y confundirlo con la popularidad, que es lo que la mayoría hace. Ser líder supone una confrontación consigo mismo, con las grandezas y las miserias individuales. Ser líder supone desarrollar la capacidad de renuncia y la visión de un futuro mejor. No es ser popular o simpático. Esto ayuda, pero no es lo indispensable. Es la motivación, y esa puede ser la búsqueda del poder, pero el “líder habilitador” en un aprendizaje permanente, se habilita para habilitar a otros. Es un proceso que toma tiempo, que supone éxitos y derrotas, satisfacciones y frustraciones, y es deliberado. Se decide ser líder, y si se tienen las habilidades, mejor –inteligencia, simpatía, dedicación, etc- pero si no se tienen, se desarrollan.
Es lo que Carrera Damas muestra en su ensayo: Betancourt no nació líder ni consideró que estaba predestinado para ello. Betancourt decidió ser líder, y Carrera Damas nos cuenta cómo fue ese proceso, qué pasó en Betancourt, cuáles fueron los cambios, por qué decidió convertirse en líder. Este es el valor de su ensayo, con un peso mayor hoy, en donde hay muchas personas que aspiran a ser líderes o a muchos, la palabra los atrapa, y quieren serlo y a veces no saben cómo serlo, o por dónde empezar para serlo. Carrera Damas da unas claves, a partir de estudiar el proceso en Rómulo Betancourt, que hoy son útiles y aplicables.
El marco temporal en que trabaja Carrera es el año de 1931. Es decir, hablamos de un “joven Betancourt”, que contaba para ese entonces 23 años. A esa edad, Betancourt decidió ser líder ¿Cómo lo hizo? De acuerdo a mi análisis del trabajo de Carrera –y espero haberlo leído bien- hizo tres cosas que lo impulsaron en su construcción como líder:
La primera, lo que llamo el “Desarrollo de las virtudes”, al alejarse de prácticas que Betancourt consideraba no productivas. Una de ellas –que todavía se mantiene- es la inveterada costumbre venezolana de la “habladera”. Este es un país en donde se “habla” de política, pero se “hace” poca política. El famoso “¿Y cómo ves la cosa?” es el mejor indicador de esta “habladera”. A mucha gente se le van los mejores años de su vida en la “habladera”, y seguramente con gusto, ya que hablar todo el tiempo de “cómo va la cosa en el país”, debe ser sabroso.
A manera de anécdota al margen del análisis, debo decir que para nada me arrepiento de haber estudiado ciencias políticas –aunque estudié otras cosas, he vivido realmente de la politología- porque es una disciplina muy humana, que te involucra, que te pone a pensar, que te ayuda a ver el horizonte, que da mucha energía y vitalidad espiritual; pero una de las cosas que me frustra de la profesión es la “habladera” y la "reunidera" para macollar. Hay gente que cree que uno es una especie de “lorito” al que “le dan cuerda”, para verlo hablar y “¿Cómo ves la cosa?”, y eso es desde la mañana, cuando salgo a correr como a las 6am “¿Qué te parece el viaje de Chávez a Rusia para comprar armas?”, vaya manera de comenzar el día, pero hay gente que pregunta eso, por ejemplo; hasta la noche, como a las 11pm.
Confieso que la “habladera” me parece fastidiosa por lo poco productiva, y el desgaste que produce para quien habla. Por supuesto, para quien escucha, debe ser muy sabroso tener un “lorito” que le diga todo. Es la oralidad de la sociedad venezolana, muy sabrosa en los grandes cafés de Las Mercedes, Los Palos Grandes, o La Carlota, pero que llevada al extremo, fastidia. No por casualidad, dosifico las invitaciones que me hacen a medios de comunicación social. A veces pienso que de ir mucho, terminaré como los encuestadores, hablando de todo y un día Chávez está abajo, pero al día siguiente Chávez subió, con la diferencia que a ellos les dejan un contrato para hacer una encuesta, pero a los politólogos no.
Regresando al trabajo de Carrera Damas, éste argumenta cómo Betancourt se alejó de la mera “conversadera”, y lo hizo a través de la escritura. Betancourt se propuso que de cada cosa que hiciera, dejaría un documento. Así fue. Son innumerables los trabajos del exPresidente, que han venido siendo publicados por la Fundación Rómulo Betancourt, en la serie “Antologías”, que muestran a un joven en su construcción como líder, pero sin saber que llegaría a ser lo que fue. Escribió como si nunca llegaría a ser el líder que llegó a ser, y eso le da a sus documentos un valor analítico y de aprendizaje muy importantes.
Al inicio de este punto, se hablaba del “Desarrollo de la virtud”, porque el fundador de AD estaba al tanto del precio pagado por documentar sus acciones: una especie de “vida monacal”, reforzada por su condición de exiliado. Pero la soledad y el exilio contribuyeron a su formación, junto a la escritura. Cualquier persona que escriba sabe que llevar al papel las ideas, es un trabajo muy laborioso, muy exigente. La imaginación es ilimitada. La escritura no, y consiste en darle forma a la imaginación, y de aquí su exigencia. No es fácil ser escritor. Requiere no sólo de talento, sino de mucha paciencia para enfrentarse a una cuartilla, a párrafos, a ideas, a figuras retóricas. Escribir disciplina el talento, y le da forma, lo hace provechoso. Eso fue lo que hizo Betancourt: se propuso no ser un “hablador de pendejadas”, sino un agudo observador de la realidad nacional, que la documentó.
En segundo lugar, está lo que podemos llamar “Desarrollar la intelectualidad”. En otras palabras, formarse. A pesar de no tener un título académico formal, Betancourt se formó en los temas centrales del país. Tuvo el tino de estudiar lo central de Venezuela: el petróleo. No por casualidad, Juan Pablo Pérez Alfonzo fue su Ministro de Minas e Hidrocarburos, y fundador de la OPEP.
Su generación se convenció que hacer un país era algo más que “echarle bolas” –algo que ahora se escucha mucho, que llaman "patear calle"- y como recoge Carrera Damas al citar a Betancourt, “Nuestra generación necesita probar que no sólo es la más audaz y honesta, sino la más apta. Yo, en silencio, trabajo y estudio. Comprendo que, para mejorar y superar a los pueblos, es necesario el trabajo previo de cultura individual. Nos legan las generaciones que nos preceden, un país desorganizado, sin disciplina, dominado en todos los órdenes de vida por la improvisación y la audacia ignorante”. Agrega el político que, “Para realizar desde el poder una política programática, se necesita algo más y algo más difícil que los arrestos testiculares: preparación científica”.
Lo que llama la atención de los documentos que analiza Carrera Damas es que la formación es vista por Betancourt como algo distinto a un adorno o a una presentación. Es una seriedad en la preparación, en entender de verdad los problemas del país –como lo demostró en la columna que tuvo en el diario Ahora llamada “Economía y Finanzas”- en darse golpes con los libros, no para presumir de ser un togado, sino para comprender la realidad de Venezuela la que, incluso, llega a lo antropológico, al criticar la improvisación de la sociedad venezolana, todavía presente.
Lo que sobresale es una persistencia en documentar ideas, pero también en comprender, y esto tal vez explique –que se desprende del argumento de Carrera Damas- por qué Betancourt no fue apegado a las cosas materiales. No sólo la doctrina marxista en la que se formó originalmente influyó en este comportamiento, sino que su propia disciplina para formarse lo llevó a aprender a renunciar a cosas desde joven. Este aprendizaje parece haberlo marcado para el resto de su vida, y el desprendimiento forma parte de sus atributos más importantes, que se sublimó en una consistente honradez administrativa.
En tercer lugar, lo que se puede denominar, “Desarrollo de la autoridad”. La diferencia entre un no líder y un líder, es que éste último hace deslindes. Un líder transformador define con lo que está y con lo que no está, de manera que esa visión, ese proyecto, sea viable y creíble. También deslinda entre los actores políticos: con quién estar y con quién no estar. A esto, Betancourt se refería como el “palanganeo político”. Dice, “Ese es uno de los peligros del equilibrismo. Al principio es forzada actitud consciente, impuesta con la misma resolución fatalista con que nos tomamos dos cucharadas de aceite de ricino. Después...la voluntad como que se va sinvergüencenado y de pronto nos encontramos haciendo automáticamente cosas fuera del sentido vertical que para nosotros tiene la lucha”.
Betancourt aprendió la importancia de deslindar. Creyó posible, en un momento, el fin del gomecismo, en alianza junto a los viejos generales “liberales” y “conservadores”, pero eso duró hasta la expedición del Falke. En ese momento, ocurrió el deslinde. No era posible una Venezuela moderna, con esa mezcla. La separación era obligada, y necesaria para poder vislumbrar una nueva realidad nacional. Ocurrió el deslinde, y Betancourt y su generación lo hicieron, sin remordimientos ni arrepentimientos.
Este último atributo es controversial porque puede interpretarse como un radicalismo. Carrera Damas anota la respuesta de Valmore Rodríguez a Rómulo, en el sentido que la política requiere de flexibilidad, mucho más en nuestros países. El “joven Betancourt” era radical, pero el “político Betancourt” aprendió a no serlo, y eso lo calza para ser llamado líder ¿Qué tanto del radicalismo del “joven Betancourt” habrá influido en el “trienio adeco” y en el derrocamiento de Gallegos? Es una pregunta abierta a los estudiosos, pero lo que sí parece quedar claro es que Rómulo aprendió la lección: el radicalismo explica mucho el golpe de noviembre de 1948, y eso significó un aprendizaje en el sentido ¿Cómo hacer viable un país, siendo honesto con las posiciones doctrinarias que se tienen? Es lo que Betancourt logró en su segunda presidencia (1959-1964).

Si el Plan de Barranquilla es el documento político del “joven Betancourt”, el “Pacto de Punto Fijo”, es el documento colectivo que muestra a un Betancourt en su madurez como político y como líder. Aceptar restricciones –que es lo que fue Punto Fijo, a fin de cuentas- es lo que lo consagra, a mi juicio, como el político más importante de la historia de Venezuela contemporánea.
Finalmente, está el trabajo de Juan Carlos Rey, que podría ser una síntesis entre el elemento doctrinario y la variable personal. Rey construye con estas dos variables, para mostrar cómo Betancourt usó su liderazgo para edificar instituciones en Venezuela. Lo que las une es la creación de AD por parte de Betancourt y la generación fundadora del partido, como un partido de responsabilidad colectiva y no individual. Una idea central de Rey es mostrar el anti-personalismo y el anti-caudillismo del exPresidente, y cómo eso influyó para construir un partido responsable ante el electorado. En palabras de Rey, un partido de masas, y no de notables, en donde la responsabilidad es individual.
Mientras no se rompiera con el mesianismo y el caudillismo, parece ser la tesis propuesta por Rey, la Venezuela moderna no sería viable. El autor indica que Betancourt estaba consciente de esta realidad, y que se antecedió al moderno concepto de partido de masas descrito por Duverger (1957), en su clásico trabajo “Los partidos políticos”. Modernizar a Venezuela significaba construir un partido de masas, que fue AD.
Rey destaca la tensión entre los partidos pragmáticos y los partidos ideológicos o doctrinarios, y sugiere que la AD del 45-48 enfatizó el componente ideológico, que en parte explica la caída de Gallegos en 1948. Hay una suerte dilema que se deriva del argumento de Rey: ser un partido doctrinario, supone una posibilidad mayor de cumplir el programa político, pero al precio de posiciones rígidas. Si se es pragmático, el cumplimiento del programa puede disminuir, pero se gana en flexibilidad. En el trabajo de Rey, el dilema se resuelve con la personalidad de Betancourt. Rey otorga a Betancourt una suerte de sabio ejercicio del liderazgo, y no es casual que coloque en los Apéndices de su trabajo, el informe político que Betancourt presentó en agostó de 1958 en la IX Convención Nacional de AD, luego de la caída de Pérez Jiménez. Me atrevo a decir que Rey insertó este documento, para demostrar la madurez de Betancourt en cuanto a la renuncia al radicalismo doctrinario, en función de una mayor flexibilidad, pero que hizo posible un sistema político exitoso. A partir de 1958, se desprende del texto, hubo una combinación de instituciones, pero conducidas por un liderazgo experto y sabio, como el de Betancourt, que pudo gobernar con la Constitución de la dictadura hasta 1961, y que aprobada la siguiente, suspendió las garantías hasta enero de 1963, y sólo se mantuvo suspendida la garantía económica hasta 1991. Rey sugiere que en esa condición de un poder exagerado al Presidente, Betancourt no se excedió, sino que usó el poder con prudencia, y una vez entregada la Presidencia, renunció a la posibilidad de volver a competir por la silla de Miraflores, como lo anunció en 1972.
Para Rey, el agotamiento de Punto Fijo ocurrió por dos factores: el diseño propio del modelo, hecho para una condición de “democracia mínima” –hay que recordar que en 1958, la experiencia previa era una dictadura- que promovió la poca competencia intra e interpartidista y se formó un “duopolio partidista”, junto al progresivo aumento en el poder del Ejecutivo, que erosionó el control del partido sobre los presidentes al, en primer lugar, estar liberados de la “disciplina partidista” y, en segundo lugar, porque al asumir poderes por vías directas –la creación de institutos y empresas del Estado- el Congreso no ejerció su labor de control de manera eficaz. Junto a esto, la existencia de un sistema "semi-corporativo" por el cual muchas decisiones no tenían rendición de cuentas, porque muchos cuerpos de consulta eran nombrados por el Jefe del Estado, y daban cabida a intereses privados, que tampoco tenían supervisión pública.
En el plano personal, por la ausencia de líderes sabios, como Betancourt, en el sentido que conscientes de su inmenso poder, lo usaron de manera prudente, sin excesos. La fecha en que los estudiosos acuerdan comenzó el desmadre nacional fue al finalizar el primer gobierno de Caldera, en marzo de 1974. Rey señala que Betancourt estaba consciente de las limitaciones del sistema, y el año en que murió 1981, expresó preocupación por la salud de Punto Fijo.
En resumen, Rey demuestra cómo una afortunada combinación de un programa de país, junto a un liderazgo prudente, hizo posible construir un partido moderno el cual, a su vez, hizo posible un país moderno, y cómo luego del éxito, las generaciones posteriores no supieron o no estuvieron a la altura de los cambios que el país requería, principalmente en la suspensión de la “democracia mínima” y en la restitución oportuna de la garantía económica para producir de manera eficaz y competitiva.
Como conclusión general, la fórmula del éxito venezolano de la segunda mitad del Siglo XX fue un programa viable y liderazgos con capacidad de deslindar. La “fórmula Betancourt” es estudiar, escribir, y tener autoridad.
De nuevo, recomiendo estos libros. Especialmente a los estudiantes, ya que muchos los han equiparado con la Generación del 28. Creo que todavía les falta mucho. Tuvieron un brillante arranque en 2007, pero en 2008 lucen extraviados, sin agenda, sin identidad, sin programa, y sin deslindes.
Para mi, estos tres ensayos significan que la Generación del 28 se haga más grande a mis ojos. Antes lo era, pero ahora entiendo su grandeza: hicieron de un país primitivo y caudillista, un país moderno y democrático, en menos de 50 años. Esa generación fue versátil: hubo acciondemocratistas, socialcristianos, urredistas, y comunistas. Todos unidos por un mismo propósito: abandonar la Venezuela del Siglo XIX.
Kissinger dijo que la historia no enseña por analogía sino por identidad. Por ironías de la vida, Venezuela regresó al Siglo XIX de la mano de un caudillo mediocre al que la sociedad le teme. En momentos así, esta trilogía resulta reconfortante y un baño de buen juicio político. Un excelente y apropiado homenaje a uno de los más destacados integrantes de la Generación del 28, quien en 2008 cumple 100 años de haber nacido: Don Rómulo Betancourt Bello.