Léeme en otro idioma

lunes, 5 de setiembre de 2011


Guerra sucia
Lo que sorprende del gobierno de Chávez son menos los guiones que sigue -repetitivos- que la forma en que los lleva a la práctica. Si llega a sorprender, es por eso.
Era esperable que el gobierno lanzara una "contra ofensiva". La Unidad le disputa temas en la opinión pública, y si bien Chávez está bien en las encuestas, la Unidad también. Lejos están los 45 puntos de diferencia que Chávez llevaba a cualquier candidato opositor al comenzar 2006 (IVAD). Hoy la situación es de paridad. Un empate técnico (+/- 2 puntos). 
Con el anuncio de la tarjeta Unidad, y la promesa de tener un comando de campaña y programa unitarios, el gobierno percibió que el eje de los temas se focalizaba en la Unidad. Mientras ésta hablaba de propuestas en el tema de las primarias y su programa, el gobierno estaba en la enfermedad de Chávez. Tenía el caso de El Rodeo. Makled. Inflación. Escasez. La Misión Vivienda se achantó. La inseguridad repuntó.
Había que hacer algo. La Unidad iba en serio. No explotó como Chávez y su camarilla esperaban, sino que ofrecía avances de sus actividades.
El "contra-ataque" era esperable, pero no que viniera en una forma tan degradada: la "guerra sucia" que si bien no es nueva -el desprestigio es característico de este gobierno, con Chávez y su explotación del resentimiento a la cabeza- y lo que llama la atención son las diversas caras de este experimento, las múltiples y simultáneas maneras en que la degradación se convirtió en política de Estado.
El modus operandi es siempre el mismo: banalizar y los "casos ejemplarizantes".
Se banaliza para que el tema pierda su seriedad. Eso se logra diluyendo el tema en la opinión pública y repitiendo la "guerra sucia". 
Cuando ocurre, el caso se discute en la sociedad, pero no hay respuesta institucional. Vuelve a ocurrir un caso parecido, y el tema se normaliza. A esto, contribuye el miedo que hay en el país que todo lo convierte en "ponderación y equilibrio". Esa incapacidad para inmutarse, a su vez, coadyuva a normalizar lo que no es normal. 
Una novedad de las dictaduras del Siglo XXI como la de Chávez es que, en ausencia de un genuino debate de opinión pública, los medios electrónicos y la discusión pública, si bien tienen una arista crítica -de alerta- también contribuyen a normalizar un status quo: como no hay respuesta institucional a los excesos, estos quedan sólo en la esfera pública, con la sensación que "sí hay libertad de expresión" (mientras no sobrepase los límites informales de la "espiral del silencio" y que se mueve en la "ponderación y equilibrio"), y que lleva a muchos a decir, "Como nunca antes había habido tanta libertad de expresión". Sí, una libertad de expresión en cierto modo ineficaz, y que tiene límites no escritos pero que todo el mundo sabe cuáles son. Nada que cuestione en profundidad la verdadera naturaleza de la dictadura. 
No existe opinión pública en el sentido de una crítica, sino una tensión permanente entre la información -que hay quienes la buscan y la transmiten, sean medios o periodistas no alineados al gobierno- y la propaganda, que viene de los medios oficiales y que, por ejemplo, destaca la protesta de los estudiantes en Chile, pero a los venezolanos de Nueva Esparta que protestan las injustas y excesivas multas eléctricas que buscan tapar la incapacidad del gobierno en el tema eléctrico, no las ven con los mismos ojos que ven a la protesta contra el "derechista" Piñera, sino que la protesta criolla es rotulada con una etiqueta estigmatizante: "guarimberos". Luz para la calle, y oscuridad en la casa. Es que en una dictadura no hay problemas, sólo "guarimberos". En un gobierno "de derecha", sí hay problemas. Es lo que quiere comunicar la propaganda de la dictadura de Chávez. 
La sociedad tiene una capacidad para reconocer cuáles son los temas que molestan a la dictadura, y  prefiere evitarlos. Como el caso de las reservas internacionales, que descubrió cómo el gobierno pretende manipular los ahorros del país, pero lo tenía oculto y se supo. 
Hizo lo de siempre: montó un "show" en la Asamblea Nacional -de donde no salió bien parado- pero personas de la dictadura anunciaron "investigar" la filtración de un documento que puso en conocimiento de la opinión pública la maniobra. Nunca tuvieron la intención de informar, fueron descubiertos con las "manos en la masa", y ahora tratan de hacer ver el manejo oculto de la alcancía del país como un acto de "soberanía", pero por detrás, investigan cómo salió el documento de las reservas.
Los "casos ejemplarizantes" son las situaciones usadas para reforzar el miedo o la "ponderación y el equilibrio". 
Se identifican "blancos" a quienes golpear para enviar un mensaje al resto de la sociedad: "pórtense bien". 
Sea el cierre del diario Sexto Poder, y la detención arbitraria de su directora. Luego fue liberada, pero con muchas restricciones y "marcada" con alguna "prohibición" ¿Cuántas personas tienen el "régimen de presentación" por causas políticas? Una manera "suave" de limitar la libertad, diciendo que hay libertad.
Luego de cerrarlo, el impreso fue abierto, pero ya el golpe fue dado y el mensaje entendido: hay cosas que no se publican. 
Igual con el hackeo de cuentas de Twitter. Se hace en personas conocidas -para que llegue a todo el mundo, "Si eso le pasó a Leonardo Padrón, que quedará para el resto", junto al morbo de ver a alguien famoso en problemas, cosa que genera toda dictadura, porque como no hay salidas, el cinismo y la indiferencia quedan como "salidas emocionales"- y no hay  declaración de autoridad alguna -a pesar que es un "delito informático"- sino un silencio cómplice, de manera que la usurpación electrónica no tenga rechazo. Tampoco tiene aprobación. Sólo un silencio que funciona como aceptación.
Una novedad de las dictaduras del Siglo XXI, es que la represión abierta, brutal disminuye sensiblemente en comparación con las dictaduras del Siglo XX. 
Por eso muchos todavía dicen que el gobierno de Chávez es una democracia -aunque en una reciente encuesta de Consultores 21 que pude ver, 40% de la población nacional opina que lo de Chávez es una dictadura o "avanza hacia", cifra no desdeñable- porque lo comparan con el "Esquema Pinochet" o "Esquema Videla". Bajo esos esquemas, no hay comparación.
Pero la lógica de hoy es diferente: se reprime suavemente, mientras se banaliza la represión y se estigmatiza con un discurso "social" a quien se opone ("oligarca", "rico", "escuálido"). 
Simultáneamente, un poderoso aparato de propaganda le quita importancia a todo. Entonces nunca pasa nada y si ocurre, también sucede en otras partes. Desde 2006, se han caído 8 helicópteros militares con saldo de 39 fallecidos y poco más de 30 heridos. Hasta la fecha, no hay explicación por qué ocurre eso. Leo que el accidente de aviación en Chile -fallecieron 21 personas- ha sido el peor en 30 años. Aquí, en cinco años fallecen 39 personas, y no pasa nada. No hay explicación ¿Por fin se sabe por qué se cayó el avión de Conviasa en Puerto Ordaz en agosto de 2010?
Un tuitero del gobierno, como respuesta al tema de la caída de los helicópteros aquí, respondía "En Chile cayó un avión ¿No?". Esta respuesta es una "respuesta tipo de la indiferencia": si en todas parte suceden cosas ¿Por qué aquí no pueden pasar?
La diferencia es que en otras partes pasan -no con la frecuencia ni magnitudes como las de aquí, que es lo que tapa la propaganda- pero hay respuestas, responsabilidades, consecuencias, críticas, debates. En Venezuela, la respuesta es la indiferencia. Nadie se inmuta. Desde que se estatizaron Pdvsa y Sidor aumentaron los accidentes laborales ¿Nos mueve eso? Todo se normaliza. Todo cae en una caja, hasta el próximo "show" que monte la dictadura. 
Una sucesión de hechos, que tapa la propaganda, a los que no se les construye de manera global, relacionando todo, y el resultado es que todo "está normal". En dictadura, se ven las ramas, no el bosque. Para eso existe la propaganda y las "operaciones psicológicas". Lo central: evitar que la gente tome conciencia. 
En definitiva, así operan las dictaduras del Siglo XXI: las libertades se pierden al banalizarlas, y una propaganda induce a creer que "eso es normal" y que "ahora, por fin, sí hay libertades". Se busca disuadir para evitar reprimir, y todo parezca "normal". Si no es posible, aparecen los "casos ejemplarizantes", en donde la represión es focalizada y no general, como en las dictaduras del Siglo XX. 
Un paso más y novedoso en la degradación es el caso de Didalco Bolívar. No voy a referirme al personaje. Conozco a su hija Manuela y la tengo como una joven dedicada a trabajar para la democracia, y mi solidaridad en estos momentos de dificultad para ella. No es fácil la tensión entre principios y el amor al padre.
Me quedo con el mensaje que busca el gobierno al traer a Bolívar: estigmatizar los valores que están detrás de toda lucha por las libertades. Valores, por cierto, que ya venían siendo cuestionados desde que el gobierno -sin fórmula de juicio aplicó la orden dada por Chávez, "Operación Manuel Rosales vas preso", como "Primer Juez de la República". Así como hizo con la jueca Afiuni, y se recordará la diligencia para detener a esta juez, así como la diligencia y eficiencia para cerrar Sexto Poder, diligencia y eficiencia que no se trasladan al quehacer cotidiano del gobierno.
Mucha gente quería que Manuel Rosales se entregara al gobierno sólo porque había la necesidad de ver a alguien sufrir para decir, "Tenemos a alguien que se sacrificó". Algo loco, propio de un país que en sus mejores tiempos conoció la libertad, pero olvidó que padeció dictaduras.
En sus memorias, Long walk to freedom, Mandela dice una regla de oro en las luchas contra una opresión: el primer deber de un luchador por la libertad es no dejarse atrapar. Mandela no se entregó. Lo atraparon. Estaba en una "concha" y cayó, contra su voluntad.
Igual ocurrió durante la resistencia contra la dictadura de Pérez Jiménez. Está en los anales de luchas por la libertad, la espectacular fuga de Alberto Carnevali del Puesto de Socorro de la esquina de Salas en julio de 1951.
Cuando Ruiz Pineda fue parado en San Agustín, en noviembre de 1952, y los "seguranales" le dijeron, "Está detenido doctor Ruiz Pineda", éste no se inmutó y les respondió, "No soy Ruiz Pineda". Pero los agentes se lo querían llevar, y comenzó el forcejeo que terminó con su vida.
Ruiz Pineda no se entregó, no dijo algo como, "Me entrego para que el país vea que me sacrifico", como se pretendió con Rosales. 
Aquí aparecieron las expresiones "Titán" y "Héroe". Como Chávez es un "Titán", la oposición debía ofrendarle "héroes", para reducir la disonancia que produce nuestra pusilanimidad como sociedad, que es otra cosa.
Si banalizamos todo ¿Por qué no hacerlo con la libertad, y convertirla en un juego entre "héroes" y "titanes"?
El error de Rosales no es haberse ido -menos mal que se fue, porque los planes hacia él no eran buenos, como lo reveló Ismael García con documentos de la dictadura- sino en no hacer desde afuera lo que un luchador de la libertad hace. Pudiese Rosales leer lo que hizo Oliver Tambo desde afuera por las luchas contra el Apartheid en Surafrica. 
Sin los esfuerzos de Tambo, Mandela no hubiese tenido éxito. Aquél es el héroe reconocido, pero Tambo también es un héroe merecido. 
Al traer a Didalco Bolívar el gobierno quiere que estos valores se destruyan, que avergüence ser un luchador por la libertad ¿En qué sentido?
Que los esfuerzos y la solidaridad para ayudar a perseguidos por una dictadura, pierdan ese carácter. Que la solidaridad sea sustituida por el miedo o la vergüenza para ayudar. De aquí que se señale que Ismael García ayudó a Bolívar, y eso sea tomado por el esbirraje de la dictadura para acusar a García, y amenazarlo con prisión.
En una dictadura, la solidaridad también es un delito.  
Lo que se persigue es que cualquier luchador por la libertad se quede solo. Que no tenga apoyo o solidaridad, para ser etiquetado como "prófugo de la justicia", que es la etiqueta que usa la dictadura de Chávez para referirse a los perseguidos políticos. 
De lo que se trata es de degradar, de mostrar lo ruin que las personas podemos ser -nadie está exceptuado, y menos en una dictadura, cuya materia prima es sacar las debilidades que tenemos como individuos para explotarlas a través de la propaganda- para que lleguemos a una conclusión: como todos somos malos, mejor me adapto al sistema. 
No hay cambio posible, porque lo posible es malo, luego, me quedo con "lo malo conocido". Nadie es distinto, diferente, todos son "prófugos de la justicia". En una dictadura no hay diferencias, sólo etiquetas: "escuálidos", "oligarcas", "especuladores", "burguesitos". Todos son iguales, todos son malos, y aunque una dictadura no gusta, como todos son malos, mejor me quedo con el status quo que ofrece una estabilidad, precaria, azarosa, "musoliniana" del "vivir peligrosamente". 
En definitiva, que dejemos de apoyar a quienes luchan por la libertad y nos convirtamos en delatores, en "sapos". 
En última instancia, una dictadura no se sostiene exclusivamente por el miedo. Este es muy costoso e ineficiente en el largo plazo. Se sostiene en la complicidad que genera el miedo, la indiferencia, y el cinismo. Como no hay espacios privados posibles para la persona o para los grupos -"la vida de los otros"- todos somos parte del engranaje y poder tener algo de identidad, pasa por sostener al sistema, de manera que hay que ser un delator, "sapo", o colaborador para poder ser alguien, degradado, pero alguien al fin, y no una etiqueta, un "don nadie", algo como un "vocero" o "vocera", un "cultor" o "cultora", un "trabajador o trabajadora académica". Nombres de burocracia dictatorial. Nombres de engranaje staliniano.
En sus declaraciones a Agustín Blanco Muñoz -"Pedro Estrada habló", UCV-FACES, 1983- Pedro Estrada contaba como, en la madurez de la dictadura de Pérez Jiménez, la Seguridad Nacional o las letras SN, tenían un efecto condicionante. El "estímulo condicionado": ya en la furgoneta de la "seguranal", al ver la simbología del esbirraje, muchos detenidos "cantaban" antes de llegar a la tenebrosa sede de Plaza Morelos. La tortura se aplicó menos. Fue sustituida por la "ponderación y el equilibrio".
Hoy, los métodos cambian, pero el objetivo es el mismo: someter la conciencia de la libertad. Que querer libertad sea vivido como vergüenza, que se crea que el mundo es un lugar de gente mala, que todo es igual, y como corolario, me quede con un sistema que me obliga a vivir una vida "tapa amarilla", con cierta estabilidad, que es a lo que me agarro. 
Es el propósito de la Guerra sucia que adelanta la dictadura de Chávez.
Cuando esta dictadura pase -que pasará, como todas, si no, pregunten en Egipto, Túnez, Libia, Siria o a la historia de Venezuela- y se escriba el capítulo dedicado a la represión, me atrevería a asegurar que habrá acuerdo en que la dictadura de Chávez innovó los métodos y medios para oprimir. No sólo tiene los tradicionales esbirros, sino que agregó nuevos tipos al "Diccionario de la represión": los ciber-esbirros.
Vaya legado dejarán Chávez y su camarilla.