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viernes, 25 de diciembre de 2009

Caldera
Corresponderá a historiadores y politólogos, hacer un balance de la figura de Rafael Caldera Rodríguez (1916-2009), yaracuyano, político socialcristiano, quien gobernó a Venezuela en dos ocasiones (1969-1974 y 1994-1999).
En mi familia -por la parte socialcristiana, ya que la mayoría es socialdemócrata, y también hay comunistas- la figura del exPresidente siempre estuvo vinculada. Uno de mis tíos, el General de Brigada Juan Manuel Sucre Figarella, fue Jefe de la Casa Militar de Caldera, y luego, Comandante General del Ejército; ambos puestos los ejerció en el primer mandato del fundador de Copei.
En ese entonces, era un niño, y recuerdo que con un tono de auctoritas, uno escuchaba hablar en la familia del doctor Caldera y de la señora Caldera. Así, a secas: Caldera o doctor Caldera, expresado en un tono de respeto.
Su segundo mandato lo viví como adulto. En ese tiempo, mi tío Juan Manuel se hallaba enfermo -murió en 1996- y estaba hospitalizado en el Centro Médico. En una de esas visitas, conocí al doctor Caldera y a la señora Caldera.
¿Por dónde comenzar el balance?
El "primer gobierno" de Caldera se le recuerda, junto al de Betancourt (1959-1964) y al de Leoni (1964-1969), como uno de los tres gobiernos "serios" que tuvo Venezuela, luego de la caída de la dictadura el 23 de enero de 1958.
La visión convencional acerca de Punto Fijo tiende a hacer una periodización de los 40 años en dos etapas: una "buena", desde el comienzo del gobierno de Betancourt en 1959 hasta que Caldera entrega la Presidencia a Carlos Andrés Pérez, en marzo de 1974. Tres lustros de "buen gobierno".
Una segunda etapa, "mala", a partir del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (1974-1979) hasta que Caldera entrega la Presidencia a Chávez, en marzo de 1999.
Aunque no estoy de acuerdo con esta "periodización" entre una etapa "buena" y una etapa "mala" -esa clasificación de "buenos" y "malos" en política me disgusta, aunque gusta mucho a la gente; es una manera simple de ver la vida y, por lo tanto, atractiva- la usaremos.
El primer mandato de Caldera entró allí. Su gobierno cumplió con las reglas macroeconómicas que hicieron poisble la modernización de Venezuela desde los 50 a los tempranos 80, que describe muy bien Ricardo Haussman en un ensayo escrito en los 90, aunque otros economistas, como Leonor Filardo -también en los 90- argumentan que fue en el primer mandato del fundador de Convergencia, que una de esas reglas comenzó a transgredirse: el aumento del gasto por encima de los ingresos, regla que había sido usada por los gobierno previos (Betancourt y Leoni).
Sin embargo, en la representación social de los 40 años, el primer gobierno de Caldera es visto como un mandato "de los serios". Tal vez por eso la frustración que hoy genera la figura de Caldera en muchos: en su segundo mandato, el "hombre serio" se vino al suelo, no sólo por el contexto que le tocó enfrentar, sino por el perdón a Chávez, tema al que volveremos luego.
Lo cierto, es que la incongruencia entre el Caldera idealizado de los 70 y el mismo Caldera de los 90, no es aceptado por buena parte de la sociedad, y eso explica algunos comentarios muy acerbos hacia el ExMandatario, que se escuchan ahora, luego de morir.
No voy a ser original en destacar el principal acierto de Caldera en ese su primer período: la apertura política nacional e internacional, curiosamente de manos de un Presidente conservador, aunque con un marcado acento social en su discurso.
No fue Chávez el primero que habló en contra de las oligarquías -con la muerte del exPresidente, por casualidad, sale a flote cómo pesan los 10 años de Chávez y su desinformación o propaganda: muchos narradores de noticias o anclas, mostraron ciertas lagunas en la historia contemporánea de Venezuela, no justificable porque sean jóvenes, sino más bien, por esa laxitud venezolana de aceptar la historia según Chávez, entre los "malos" y los "buenos", aderezada por la frustración que genera el deteriorio del país; hasta Tal Cual tuvo que suprimir los comentarios en su portal web en la nota que hizo sobre Caldera por ser muy ofensivos, y eso me pone a pensar lo amargado y mezquinos que somos a veces los venezolanos, pese al hashtag de Twitter #queladilla; #queladilla la amargura y mezquindad de los venezolanos, se podría colocar- sino Caldera, quien se refería a ellas como "oligarquías económicas".
La diferencia entre Caldera y Chávez, es que el segundo es un dictador que ha creado nuevas oligarquías -comenzando por la de él y la de su familia- mientras que el primero luchó en contra de esas oligarquías con métodos democráticos. Como afirmó agudamente el comunicador Alfredo Meza en Twitter, Caldera fue el eterno candidato que nunca quiso quedarse con la Presidencia.
Se pudiera decir que Caldera hizo, a su modo, una Perestroika en la Venezuela de los 70: la pacificación.
Esa etapa de la historia fue dura. Muy dura. Tal vez no vista en su totalidad por la desinformación de Punto Fijo, y la distorsión que hoy hace el gobierno de ese momento. Como toda guerra, fue violenta, con bajas "de lado y lado", y con heridas, todavía abiertas, y visibles en muchos de los que hoy gobiernan. Una rabia que alimentan del odio, y que no es capaz de perdonar.
En un momento en que esa lucha estaba en su apogeo -derrotada política y militarmente- Caldera tuvo la sabiduría de darle una salida honorable, políticamente viable, como fue la llamada "pacificación". Caldera no tomó la vía de aplastar al adversario hasta su aniquilación total -lo que ahora hace Chávez con la oposición, y no tiene éxito- sino optó por una vía de paz: ofrecer garantías democráticas a cambio de renunciar al uso de la fuerza subversiva.
Tuvo éxito: muchas figuras de la izquierda tomaron el camino de la política. Personas de ese sector ocuparon cargos importantes, y hubo zonas "exclusivas" para estos señores: la cultura, la diplomacia, la universidad, aunque en esta última, la intervención a la UCV en 1970, es un peso político y moral muy grande para el ExPresidente.
Pero el país se institucionalizó. El PCV dejó de ser UPA, y se creó el MAS. Figuras de la izquierda entraron al Congreso Nacional, y la izquierda fue gobierno en algún sentido, con opciones importantes, y eso se reveló en las elecciones de gobernadores de 1989, 1992, y 1995, cuando figuras de esa orientación alcanzaron puestos y gobernaciones de peso. La Causa R llegó en un momento a ser una opción real de poder, que se perdió por la poca visión política de sus integrantes y la tradicional mezquindad de la polítiva venezolana, que gusta muchas veces dividir y restar, más que sumar o multiplicar. Algo parecido puede decirse del destino del MAS.
Fue un acierto esa política de amplitud -la democracia incluye, las dictaduras fragmentan, como vemos hoy con Chávez- y tuvo resultados políticos importantes.
Que la izquierda institucional no haya estado a la altura del país, y haya cedido su puesto a una izquierda stalinista, es otro asunto a analizar, pero del que no se puede responsabilizar a Caldera. Los políticos son responrables de sus actos. Deciden con la información que tienen, pero son responsables.
Hacia afuera, también operó una apertura. Con Caldera se fortalece la integración regional, y comienza la distensión con Cuba, China, y se reanudan relaciones diplomáticas con la extinta URSS. Al igual que otro conservador como Nixon, quien hizo una histórica visita a la China de Mao, Caldera también tuvo la audacia de acercarse a los adversarios políticos del país, en el marco de su política de "Solidaridad pluralista".
En su segundo mandato, el contexto político que le tocó a Caldera fue distinto. No era Punto Fijo en su etapa de expansión, de consolidación, de expectativa; sino la etapa de crisis, de cambios que la sociedad le pedía al sistema populista de conciliación de partidos (Rey).
Antes de analizar este segundo momento de Caldera en lo político, conviene ubicarlo en sus antecedentes: la segunda Presidencia de Carlos Andrés Pérez (1989-1993).
Con CAP ocurre la primera crisis importante dentro de Punto Fijo, que indicó el comienzo del fin. La crisis en el modelo de gobernabilidad era evidente.
A diferencia de Herrera y Lusinchi que no abordaron el problema de la hegemonía sino que aplicaron una política de contención que implicó la aplicación moderada (Herrera) a intensa (Lusinchi) de coerción para mantener el orden, Pérez buscó resolver el problema de la hegemonía a través de su oferta electoral, “El Gran Viraje”, pero no lo hizo políticamente, sino desde la dimensión técnica de las políticas públicas.
Pérez buscó crear una nueva correlación de poder en cuanto a políticas públicas se refiere, con el nombramiento de los llamados IESA boys, como nuevos iconos de los cambios, pero no promovió modificaciones políticas dentro de su partido, AD.
Pérez confió exclusivamente en la bondad de sus políticas y en que serían aceptadas por todos los actores sociales. No fue así. Pérez tampoco tuvo la sabiduría de construir para su gobierno una nueva correlación de fuerzas, que fuera más allá de los técnicos: incorporar a los actores políticos de la descentralización, a la sociedad, a los sectores modernizadores de AD y de otros partidos, a la nueva burguesía más capitalista y menos política que fue la que enfrentaron Herrera y Lusinchi, a los trabajadores con una definida identidad política, y al sector profesional e institucional de las Fuerzas Armadas, para crear una base política que permitiera darle viabilidad al programa de ajustes y vencer al sector conservador de la sociedad venezolana, principal perdedor del “Gran Viraje”, el cual comenzó a conspirar contra el gobierno.
A todo esto se agrega que muchas de las políticas de apertura tuvieron efectos no deseados: la apertura económica desarticuló la red social del Estado que alejó a los pobres del gobierno y los dejó sin un vínculo material y de identidad, en momentos en que más necesitaban de una política social del Estado; la entrada del capital internacional hizo que grupos locales con tradición fueran desplazados y que entraran actores internacionales pocos vinculados al país, y esto rompió el orden dentro del mundo empresarial, y una de sus consecuencias fue la lucha por el control de bancos importantes como el Banco de Venezuela y el Banco Consolidado.
De alguna manera, los empresarios leales al sistema –tipo Eugenio Mendoza y Diego Cisneros- fueron sustituidos por un nuevo tipo de actor: el empresario-político, que hacía dinero pero para desplazar o comprar a los actores políticos de Punto Fijo, y ser el verdadero poder, de forma directa. Orlando Castro es un buen ejemplo del tipo de empresario venezolano de los 90, que pueden denominarse mercantilistas-corporativos: la empresa como vehículo para el poder político, y repartirse “el lomito” del Estado venezolano. Finalmente, la descentralización también tuvo una consecuencia no deseada: rompió el tejido organizacional de los partidos, y fragmentó la fuerza política en diferentes caudillos regionales, que decidieron no atender líneas de partidos sino sus propias orientaciones.
El 27 de febrero de 1989 marca la aparición de la violencia colectiva, pero no estructurada y focalizada como la violencia política de los 60. Es la llamada “violencia loca”. La violencia se legitima como recurso para la lucha política y aquélla ya no se dirige contra un partido o gobierno particular, sino contra el propio sistema, como los intentos de golpe de 1992. La violencia se glorifica en los medios de comunicación social. En la novela Por estas calles de Ibsen Martínez (1992), el “señor de la etiqueta” –un precursor de los hoy llamados “grupos de exterminio”- se convirtió en el héroe a imitar. Una suerte de catarsis, pero contra el sistema político.
De alguna manera, Pérez cometió un severo error político: hizo un diagnóstico acertado del problema de la hegemonía, pero la solución no fue la correcta. En vez de aperturar –que era necesario si se quería reinventar a Punto Fijo- descentralizó, y se produjo tal fragmentación de poder, que estimuló una reacción de todos los sectores contra Pérez, al ser perdedores por los cambios económicos adelantados por su gobierno. Desde los más radicales, como los protagonistas de los golpes de 1992, hasta lo más conservadores, los llamados Notables, quienes hicieron de la conspiración una forma de hacer política, por cierto bastante alabada por la sociedad de entonces. Esto llevó al traste los esfuerzos de cambio, y al propio Pérez, desalojado del poder en mayo de 1993. Fue, para usar la expresión de Angel Bernardo Viso en Venezuela: Identidad y Ruptura (1983), el “Suicidio de una clase”.
El interinato de Ramón Velásquez (1993-1994) se caracterizó porque el enfrentamiento por la hegemonía fue más intenso. Se hizo más visible el deseo de sectores privados y políticos por desplazar a la elite de Punto Fijo. De alguna manera con la salida de Pérez, “se soltaron los demonios” para el control de la hegemonía del Estado y, definitivamente, Punto Fijo entró en crisis.
Del propio modelo emergieron diferentes candidaturas. Por una parte, el sector reformista, se agrupó alrededor de Rafael Caldera; mientras que los sectores “radicales” tuvieron dos candidatos: Andrés Velásquez, para un radicalismo más cercano a la izquierda, y Oswaldo Alvarez Paz, como una opción más vinculada a la derecha, a lo que se llamó “los sectores modernos del país”, cercanos a grupos económicos que de alguna manera buscaban el poder político desde 1983, pero que no querían nada con los actores políticos llamados “tradicionales”. La sociedad votó por el reformismo, que fue el catalizador para acelerar las acciones de los sectores “radicales de derecha”, evidentes en el gobierno de Rafael Caldera (1994-1999).
Antes de asumir la Presidencia, Caldera destituye al ministro de la Defensa, vicealmirante Radamés Muñoz Léon, lo que reveló que las diferencias en cuanto a la dirección de la hegemonía también estaban presentes en las Fuerzas Armadas, lo que más tarde se tradujo en la confianza a personas y no a la institución. Caldera, luego, nombra a su yerno Comandante General del Ejército, de manera de asegurar la lealtad de la fuerza más importante de las FAN.
Caldera tuvo el siguiente dilema: o cedía el poder al sector mercantilista-corporativo que eran actores políticos de hecho pero querían serlo de derecho, muy poderosos, con muchos recursos, o buscaba un acuerdo con los sectores tradicionales de Punto Fijo, para preservar el orden político.
De aquí la expresión que Caldera repetía constantemente, “En mis manos no se perderá la República”. El exPresidente no venía a resolver el problema de la hegemonía –no tenía los actores ni la capacidad para ello- sino a estabilizar al sistema político, luego de la traumática experiencia de las reformas durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Puede decirse que con Caldera se retoma la idea del “blindaje del Estado”, disminuida durante la administración de CAP, y comienza un proceso de recentralización del poder en manos del Estado.
Fue una época de conflicto político institucional, que llevó al uso de la amenaza y la coerción del Estado, con el propósito de reducir la capacidad de poder de los sectores privados y políticos que querían hacerse del poder del Estado, y desplazar a los actores de Punto Fijo. Caldera se enfrentó a poderes que representaron grupos de la banca, que tenían aspiraciones políticas, cuando ocurre la crisis bancaria en enero de 1994. Toma medidas como el control de precios y el control de cambios, y comienza la llamada militarización de la administración pública con el nombramiento de oficiales en el Minfra y la militarización del control del tráfico aéreo, por una huelga en este sector. Caldera amenazó “Con dar el palo a la lámpara” si el Congreso volvía a darle vigencia a las garantías suspendidas, decretada por el gobierno en 1995.
No obstante, las acciones tomadas por Caldera no fueron suficientes para traer la estabilidad buscada. El país no soportó la restricción económica y, para 1996, una crisis política estaba en puertas.
Eso, también, planteó a Caldera otro problema: la paz política en Venezuela cuesta mucho dinero. La estabilidad se logra mediante la redistribución de la renta petrolera a los “buscadores de renta”. El exPresidente respondió con una alianza con AD y el acercamiento a sectores reformistas más capitalistas, como Teodoro Petkoff, y logró un acuerdo con la tecnocracia petrolera, de manera de abordar la necesidad de dinero. La “Agenda Venezuela” y la apertura petrolera, se convirtieron a partir de 1996, en los mecanismos de contención para aplacar la conflictividad política. Caldera tuvo éxito y contuvo a los grupos mercantilistas-corporativos; por un lado, y a la conspiración de izquierda, liderada por Chávez, que buscaron tumbar a Ramón Velásquez y al propio Caldera. Salvó a la República, como dijo.
No obstante, Caldera sabía que el sistema necesitaba cambios mayores. Fue un propulsor de la reforma constitucional, intento que fue torpedeado por el establishment de la época, que hoy deben estar sumamente arrepentidos. De haberse concretado la reforma, Chávez y su gobierno tal vez serían historia o estuvieran bregando sus votos desde el Congreso o, en el peor de los casos, conspirando para dar otro golpe. La reforma hubiera catalizado un gran descontento, al precio de abrir el país a otros grupos políticos -como La Causa R- pero los grupos de poder optaron por cerrar el sistema. Pagaron un precio muy alto: el sistema lo desmanteló Chávez, y estos grupos están hoy muy debilitados.
Un punto que hay que reconocer tanto a Caldera como a CAP, es que no se pusieron por encima de la democracia. Caldera amenzó con darle "el palo a la lámpara" -no fue una expresión muy afortunada- pero no lo hizo. Pudo aprovechar la suspensión de garantías para erigirse en una especie de "Dictador romano" para salvar la República, pero no lo hizo. No se si el ExPresidente se lamentó de no haberlo hecho, pero muchos se lo habrán reclamado, pero el hecho es que dio un ejemplo de democracia: el respeto a límites. Deteriorados, ciertamente, pero límites al fin, que no violó como no lo hizo CAP, quien dijo una frase para la historia cuando lo sacaron en 1993, la cual revela ese apego, "Hubiera pereferido otra muerte".
Caldera cumplió con lo que ofreció en 1993: "en mis manos no se perderá la República", pero el país quería otra cosa: regresar a los 70. No al consumo que CAP no pudo dar -por eso se votó por él en 1988, para regresar a la "Gran Venezuela"- y al no cumplirse la fantasía del gasto, se quiso regresar a la Venezuela "austera y decente" del Primer Caldera, pero ya eso no era posible. Caldera, en verdad, no lo prometió. La gente votó por "la experiencia", por alguien que se consideró podía llevar a Venezuela a una estabilidad política. Y cumplió esa oferta. Si la gente no lo quiere reconocer ahora, es otro tema, pero no ofreció más nada durante su campaña de 1993. Y yo no voté por Caldera en esa elección. Voté por Claudio.
No obstante, ser Presidente en un país en decadencia, escindido, sin voluntad, y al mismo tiempo mantener formalidades democráticas, no es fácil. En momentos como esos, la sociedad a veces prefiere la ruptura, y por eso votó por Chávez. Pero ese balance se hará cuando a Chávez le toque rendir cuentas a la vida. Y no es ahora.
¿Cuál fue la principal debilidad de Caldera, a mi modo de ver? Le faltó grandeza. Algo que no cuadra en una persona calificada -y lo fue- como "intelectual".
Es difícil explicar esto. Por supuesto, hay atributos de personalidad que pueden dar cuenta de esa falta de grandeza -la necesidad de afecto; una persona huérfana como él- pero me concentro en los aspectos políticos para tratar de entender por qué los grandes políticos de Venezuela no dejaron escuela o liderazgos de reemplazo.
La fortaleza de la Generación del 28 fue la debilidad de las personas que integraron la Generación del 28 ¿Paradójico? Sí. Explico. Esa falta de grandeza es por la realidad en que esas personas vivieron: un país pobre, personalista, y dictatorial.
La idea de la estabilidad, la paz, el orden, definió a esa generación que vivió su niñez en un pobre país pobre, y sus padres, vivieron la realidad de las Guerras Civiles o la depauperación y tristeza del Siglo XIX venezolano.
La idea de construir un orden político estable fue el sine qua non de la generación de Caldera, y eso lo ejemplificó muy bien el Mandatario en un capítulo de Los Causahabientes; el capítulo de La Paz de Pozo Salado.
Tal vez ese objetivo de buscar un orden los llevó a no tener "descendencia política", porque eso significaba un personalismo transmutado. Rechazaron el personalismo de Gómez, por lo que no crearon descendientes, para no ser personalistas. Pero en ese tránsito, se conviertieron en conservadores. Se erigieron en una suerte de instancia final de decisión -el ejemplo de los senadores vitalicios que terciaban en la política diaria- que castró el relevo generacional. No querían tener descendientes, pero tampoco aceptaron que los "hijos" tuvieran su propia personalidad, y si algo caracteriza a la política venezolana, no es el parricidio -el asesinato de los padres- sino el filicidio -el asesinato de los hijos- y eso puede explicar por qué en Venezuela el cambio generacional es tan lento y difícil. Se prefiere matar a lo joven, para continuar con lo viejo.
Si Caldera se hubiera quedado en la "reserva", hubiera "coronado" su carrera política. En un país falto de instituciones, su voz hubiera sido ejemplo de autoridad. Debió asumir el riesgo de nuevas generaciones políticas -con sus aciertos y errores, como fue la suya- y haber servido de catalizador con la Venezuela conservadora, para darle forma a la Venezuela post-moderna.
En fin, que la falta de grandeza a mi juicio, se deriva de un conservatismo; de la idea que el país se iba a "alborotar" si se abría un poco la política a nuevos actores, incluso dentro de los partidos AD y Copei. El miedo a la inestabilidad pudo más que comprender al país que Caldera y su generación forjaron: moderno. En el fondo, nunca entendieron su principal obra política: sacar al país del atraso. El atraso se superó, pero siempre pensaron que el país podía regresar al atraso, y por eso no abrieron más. Paradójicamente, hoy estamos atrasados en lo político, con un actor que prometió abrir el sistema, y lo que hizo fue cerrarlo más, después de cambiar al elenco de protagonistas.
Sobre el sobreseimiento dado por Caldera a Chávez y a su grupo de golpistas, no lo critico, ni caigo ahora en externalizar y desplazar mi frustración, al culparlo de algo que el país le pidió.
¿Que fue un error? Claro que lo fue, y Caldera lo reconoce en su carta que dejó antes de morir, al pedir perdón. No debió ser fácil para él escribir esa palabra, pero indica que estaba consciente de lo que esa decisión tuvo, tiene, y tendrá en la vida nacional. Pero me parece cobarde de mucha gente asumir ahora el papel de víctimas, y responsabilizar a Caldera de un acto que todo el mundo le pidió ¿Por qué lo hizo?
Por dos razones. La primera -un error atribuible a Caldera- porque pensó que tal vez reviviría algo parecido a la "pacificación" de los 70. Pero no, una cosa fue "pacificar" a personas que con valor asumieron la lucha armada -un error, creo, pero asumieron su "barranco"- y otra sobreseer a una persona como Chávez, cuyo único mérito fue conspirar durante años, protegido por el "fuero militar". Quienes fueron a la guerrilla, lo hicieron con valor, pero nada de eso engalana a Chávez. La mejor evidencia es su comportamiento posterior. A Chávez le faltó el valor de muchos de los "pacificados" en los 70, y eso Caldera no lo vió. Sobreseyó a una persona sin estatura, cuya vocación principal es la de dictador. Si lo hubiese visto, no le da el perdón.
La segunda, porque el país se lo pidió. Hoy muchos se rasgan las vestiduras con esto, y dicen "no perdono a Caldera por lo que le hizo al país", pero olvidan deliberadamente que Caldera complació a sectores que pedían la liberación de Chávez. Y no eran pocos.
Por ejemplo, archienemigos de Chávez como Patricia Poleo, en ese entonces, eran abanderados de la liberación de Chávez, y lo hacían con la misma prepotencia con la que hoy lo rechazan. Igual su papá, Rafael Poleo.
Que el cálculo les haya salido mal, no es culpa de Caldera sino de todos los que pensaron que Chávez sería sólo un "muchacho de Sabaneta", al que ellos controlarían. Chávez les hizo creer eso -para mí, ese es el verdadero mérito de Chávez, junto a persistir, pero más nada, no tiene otras cosas que lo destaquen- y, al final, Chávez los desalojó del poder, como a muchos quienes creyeron en Chávez, y hoy rumian su frustración culpando a CAP y a Caldera de las decisiones que ellos tomaron.
Que en Venezuela tengamos elites mediocres, no es culpa de Caldera. Apostaron a Chávez, y se equivocaron. Ahora, me parece de muy mal gusto leer el Twitter cosas como, "no lo perdono por lo que hizo al país", para referirse a Caldera ¿Y los millones que votaron por Chávez, cuándo se van a responsabilizar de esa decisión?
Madurar no es sólo leer la página de sexo de Vanessa Davies en El Nacional, comprar Urbe Bikini, hablar de "mi pareja", ir a "El vino toma Caracas", o hablar de "temas de adultos". Madurar es asumir las responsabilidades por lo que se hace, y observo que, a pesar de 11 años de dictadura, todavía no maduramos completamente. Cuando leo estas opiniones acerca de Caldera, me entra una rabia, y pienso que nos merecemos al dictador que tenemos, y a su pandilla de ladrones.
Por supuesto, muchas otras cosas se pueden decir de Caldera. Haber construido un partido que fue referencia en el mundo socialcristiano como Copei, su participación en el diseño de las instituciones de Punto Fijo, su relación con Betancourt -que analizó en una conferencia de 1988, llamada La parábola vital de Rómulo Betancourt; parábola, casualmente, así comienza Caldera su carta que dejó antes de morir- su trabajo en el campo del derecho laboral, área en donde fue referencia; y algo que siempre me ha seducido de la generación de Betancourt, Caldera, Jóvito, etc: su estilo de vida sobrio y austero. Sin sobresaltos. Ese saber vivir y ese poder mirar a la gente en la cara cuando se deja el poder -luego de ser Presidente, Leoni iba al mercado con Doña Menca- en fin, el gesto republicano de la austeridad, que contrasta con el exceso y el boato de hoy, que se esconde en una falsa humildad.
Cuando murió mi tío Juan Manuel, en la funeraria, me sorprendió ver el carro del General Martín García Villasmil, quien fue a despedir al compañero de armas. Una verdadera "chalana". Si mal no recuerdo, un Ford 71 o 72, que manejaba 24 años después. Igual se puede decir del General Briceño Linares. Conducía otra "tarita". Mi tío Juan Manuel, poco antes, también manejaba un "catanare": un Dogde Dart 76.
En fin, que esas personas ocuparon puestos claves en momentos decisivos para el país, y con los años, uno los veía de lo más normal -aunque preocupados por el rumbo de la nación, que exteriorizaban con tristeza- tranquilos, sin excesos o lujos, sólo con la satisfacción por haber puesto su grano de arena al país ¿Cuántos generales pueden hoy exhibirse de la misma forma que lo hacían los generales Briceño Linares, García Villasmil, y Sucre Figarella? Creo que pocos. Con razón, en el Ejército -no se si de eso se habla ahora- se hablaba del "Grupo de los 8", ocho generales que eran ejemplo dentro de la fuerza, entre los que están los tres mencionados. Fue una generación hecha con una extraordinaria madera.
Ojalá si algún día me toca ocupar algún puesto o estar en una posición pública, cuando salga, pueda seguir el ejemplo que ellos dejaron, y hacer el mercado como siempre.
El tiempo colocará a Caldera en su justa dimensión. En mi caso, sin ser su admirador o haber votado por él, lo respeto como político: su perseverancia, su carácter, haber forjado la Venezuela moderna junto a otros, están por encima de sus errores, para mi. No lo culpo por haber sobreseído a Chávez. Si lo culpo de algo, es de haber sido muy conservador. Pero creyó en eso.
Mis condolencias a la familia Caldera Pietri por el fallecimiento del doctor Caldera. Me uno a las oraciones que piden descanso eterno para su alma. Valoro la decisión de su familia de no aceptar los honores como Jefe de Estado que le corresponden, por parte de este gobierno. Creo que el doctor Caldera no los hubiese querido tampoco.
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