Léeme en otro idioma

miércoles, 15 de julio de 2015

Bachilleres



Los tiempos que corren no son buenos para escuchar historias de personas que se quedan en Venezuela. Cada día, oigo que alguien se va o leo que algún “famoso” o “famosa”, decidió probar suerte en otros lares, con la coletilla del “Vuelvo en 10 minutos”, como los carteles que ponen en las tiendas cuando los dependientes salen a hacer alguna diligencia.

En quienes se quedan, llama la atención –en los más jóvenes- el sano optimismo con el que asumen su compromiso con Venezuela. No es lo normal, al menos en mi caso, acostumbrado a interactuar con personas desesperanzadas, quejonas, o negadas a escuchar cualquier contenido que discrepe de lo que quieren creer o de lo que quieren escuchar; esto último, muy común ahora.

Que los más jóvenes en lo que observo, no sigan este camino, es una señal promisoria, por la inmensa tarea que significa y significará hacer de Venezuela un lugar fraterno y amable para vivir, ante los desafíos que tenemos por delante, que van a requerir “menos ideología” –Papa dixit- y más “pies en la tierra”.

Ya van dos señales que me hacen pensar que las cosas no parecen seguir la línea pesimista de la opinión que domina el discurso público acerca del momento nacional.

La primera, hace como un mes, cuando asistí a la graduación de los profesionales de la ciencia política de la UCV. Mientras los docentes nos preparábamos para caminar hacia el Aula Magna, tres “nuevas” de la escuela de derecho comenzaron a echarme broma con el tema de los grados. Retorné las bromas, y les dije, “espero que me inviten a su graduación”, y allí comenzó una interesante conversa, ya que las chicas –dos apureñas y una caraqueña- también caminaron al Aula Magna.

En el trayecto, les pregunté cómo les iba en la UCV, si estaban contentas; qué les parecía la UCV, qué opinión tienen sobre la calidad docente, cómo hicieron para ingresar a la UCV, cómo visualizan su compromiso para servirle al país, y también charlamos sobre vegueros y vegueras intérpretes de la música llanera.

La cháchara me dejó un buen sabor. Las jóvenes transmitieron un sano optimismo, y entre risas y la espontaneidad juvenil, un compromiso con el país manifestado en el apego a la carrera que escogieron y a la UCV. Me quedé pensando sobre eso, por la “buena vibra” transmitida, que no observo mucho en mi día a día. Algo está cambiando producto de la crisis que no se ve o se siente en el mainstream del discurso o en las opiniones inteligentes, pensé.

Ese pensamiento regresó cuando leí el reportaje en la sección Siete Días de El Nacional del 5-7-15, titulado “Retrato de un promoción en crisis”.

Aunque el título no me parece el mejor por lo que dijeron los 20 bachilleres entrevistados, pudiera decir –si busco un “corte de cuenta”- que las “promociones están en crisis” desde los 80, cuando la inflación se montó en dos dígitos y allí se quedó. Tenemos más de 6 lustros de “promociones en crisis”, y ojala no tengamos que pasar 6 lustros más.

Los muchachos entrevistados por el impreso, con edades entre 16-19 años, de escuelas públicas y privadas, del oeste, del este, del norte, del sur de Caracas, me hicieron recordar la plática con las “nuevas” de Derecho, por el compromiso que sus palabras comunicaron. Buena señal.

Ese domingo 5 de julio, leí varios tuits sobre el trabajo de Siete Días, en el tono de “pobres muchachos”; tono tradicional y ya cansón, porque aquí todo se ve en el marco del “pobrecito o pobrecita”. Esa inseguridad estructural que es la otra cara de una sociedad tan prepotente y sobrada como la venezolana.

La percepción que dejaron en mi las 20 entrevistas es que no hay atisbos de resentimientos, quejas, o “facturas por cobrar”. Están en una edad en que eso no ocurre, es verdad, pero los jóvenes también están conscientes de la dificultades no solo del país, sino en sus familias, “No creo que aquí se pueda progresar” o “La situación puede mejorar, pero no sucederá pronto”, afirmaron. De los 20 muchachos, 10 expresaron que ya trabajan o que comenzarán a trabajar, porque “Me gustaría aportar algo para la casa” o “Siento que no todos aportamos lo que deberíamos”, expresaron.

Destacó con mucha fuerza la voluntad para quedarse en el país en la gran mayoría de las entrevistas (15 entrevistas), y en quienes expresaron su deseo de irse o de explorar la posibilidad (5 entrevistas), el motivo que más predomina es que la situación los obliga, “La escasez es lo que hace querer irme”, opinaron.

El tono de quienes quieren quedarse es de responsabilidad, compromiso –“Me siento preparada para estudiar en la UCV”- deber, de vincularse –“Sé que la crisis va a pasar”- no un tono estático de “estoy aquí” o “es lo que hay”.

Lejos del discurso dominante, algo se cocina en la sociedad, y es lo natural, porque las crisis traen cosas así: rupturas, revisiones, afirmaciones, creación, cambio, oportunidades, pero también pueden traer desesperanza y problemas.

Por el tono de los muchachos, pienso que será lo primero. Y en buena hora, para superar la carga de imposibilidad que traen las generaciones previas: la de los 60, “la generación perdida” (por la lucha armada). La de los 70, “la generación arrepentida” (porque no habló cuando la Gran Venezuela y los dólares baratos). La de los 80, “la generación víctima” (del “Viernes negro” de 1983 y sus secuelas), y así.

Es el deseo que las nuevas generaciones vengan con la carga de lo posible, para llamarlas en propiedad, “La generación del compromiso” (por la conciencia sobre los problemas de Venezuela), sea porque se quedan en Venezuela o porque decidieron hacer su vida en otros lugares del mundo.

miércoles, 8 de julio de 2015

Recomponer


Una situación que ya es parte de mi cotidianidad es que gente de la calle -algunos conocidos; la mayoría, desconocidos- se franquea con uno. Sea caminando por alguna calle o en algún lugar público; de repente, una persona se acerca y dice, “Su cara me parece conocida y....” o “A usted lo he visto en alguna parte y....” comienza la plática, generalmente sobre temas políticos o "la situación del país". Casi nunca es alguna postura en sentido positivo. Casi siempre es lo malo que está todo y lo peor que se pondrá. 

Si me dejo llevar por estos encuentros, mi conclusión es que algunas personas no tienen confianza en lo posible (ni en sí mismos), y poseen una gran indefensión en el presente. Diría que le tienen miedo al futuro. Viven anclados en el "éramos felices y no lo sabíamos" o "teníamos un gran destino, pero el imperio lo truncó. Mataron a Bolívar y a Sucre". El fracaso histórico como "arquetipo nacional", es lo que me dejan muchas de estas conversaciones "sobre la situación del país".   

Esto ya lo asumo como algo “normal” dentro de mi día a día. Algunos de estos encuentros buscan solo descargar el displacer que crea el momento actual y su carga de frustraciones, al objetivarlo en un politólogo o “analista”, cuya tarea también es ser una suerte de “pararrayos” de la insatisfacción, y ocurra la transferencia del afecto de la persona hacia uno. A veces la fuerza de esa transferencia es tal, que llego a la oficina o a mi casa incómodo y así paso todo el día, o varios días. Me chupan el optimismo. No obstante, hasta ahora, mantengo mi tradicional optimismo. 

Otros casos son conversaciones que me pegan mucho por el drama personal o profesional que encierran, en personas que no me ven solo como un politólogo para descargar un displacer, y "sentirse bien, descargados" de la bronca existencial que llevan, sino que profundizan más allá de la queja.

Una reciente, fue la de una señora propietaria de una cauchera importante. Soy testigo de su crecimiento, desde un modesto local al que iba cuando era estudiante universitario para cambiar o arreglar los cauchos de un Fiat 131 que tenía en ese entonces; hasta hoy, cuando ese pequeño local es una infraestructura importante, y ella y su familia, transmiten la imagen y son la Venezuela de inmigrantes que hizo un presente y un futuro. Gente de trabajo, como decimos aquí, que invitan al respeto. 

Un día, mientras hacía deporte, la veo y me echa su cuento: el promisorio futuro para su negocio es un presente plagado de incertidumbre, ansiedad, y desesperanza. Honestamente no supe qué decirle, más allá de recordarle sus raíces inmigrantes; de cómo progresaron con trabajo y constancia, que ella era ejemplo de eso, que apelara a esos atributos en estos momentos de desafíos, y que se mantuviera al frente de su "comando" -empresa- junto a su familia. Tiempos mejores siempre vendrán, pese al discurso del "nada sirve" o "lo bueno es lo malo que esto se pone", que dominan la opinión publicada de medios, pundits, o personas "que miran a los ojos".  

Mientras escuchaba el relato de esta señora, pensaba en cómo recomponer la relación política-empresarios que nunca ha sido fácil en la historia de Venezuela. Tal vez con Chávez-Maduro esas relaciones tocan su punto más bajo, pero no es que con AD-Copei eran "peritas en almíbar". 

Desde los “canastilleros” de la Guerra de Independencia hasta los modernos empresarios de hoy -para hablar de las actividades formales, porque el PIB de lo ilegal debe ser gigantesco- esa relación se caracteriza por la desconfianza y la recriminación mutua. Hay “paz” política-empresarios cuando es posible obtener un plusvalor de la renta petrolera, y que los costos se socialicen o un "óptimo paretiano" sea posible. Esto no impide que muchos hombres de empresa hagan fortuna de forma honesta y creen emprendimientos, pero aun con eso, una relación sólida con el mundo político no existe.

Se cita como indicador de lo anterior, cuando un Presidente de algún país viaja, lleva una buena cantidad de empresarios para hacer negocios. Los presidentes de Venezuela parecen ser la excepción: no llevan a empresarios o si lo hacen, en cantidades reducidas. No lo hacen porque hay desconfianza entre los dos, y tal vez porque no hay mucho que exportar.

¿Podremos algún día quienes creemos en un país “serio”, tener en condiciones de igualdad, una relación más densa entre el mundo político y el mundo empresarial? Que vaya más allá de unos empresarios que quieran ser poder fáctico y creerse su cuento que son los “grandes cacaos” que solo ven a Venezuela como una “vaca para el ordeño de la renta” y al país como cachilapos; y que también trascienda a unos políticos que solo piensan que los hombres de empresa los quieren controlar, que son “parásitos”, o solo financistas para pagarles sus campañas electorales o su costoso e ineficiente tren de vida.

Todo esto que acabo de escribir vino a mi mente cuando escuchaba a esta señora y su realidad: cómo verse sin desprecio y sin sentirse superior o humillado, con confianza, en una relación que realmente fluya y no sea instrumental como es ahora (y fue en el pasado, en buena medida). En definitiva, cómo recomponer la relación política-empresa.

II

“Sin divisas no hay arepas, margarina, o cerveza”, fue el contenido de una de las pancartas de los trabajadores de Polar, que mostraron en su “cadena humana” del día 3-7-15. En ella, se resume el drama no solo de Polar, sino del país: sin “divisas no hay paraíso”.

Lo que es lógico, porque somos una economía que comercia con otros países. Lo que parece menos lógico es la dependencia de las divisas para producir. Es la otra cara para recomponer la relación política-empresa: la productividad.

Polar es una gran empresa venezolana, como son muchas tan conocidas o menos conocidas; tan grandes o menos grandes que la marca del oso. Sin embargo, el reto se mantiene ¿Cómo insertar esas empresas en “círculos virtuosos” de la productividad, así sea Polar?

Todavía para nosotros la productividad es un foro con Michael Porter o algún gurú del tema, un libro del IESA, una actividad para socializar o celebrar el aniversario de Conindustria, Fedecámaras, o Fedeindustria, pero no un compromiso político ni de políticas públicas. La productividad es un discurso, no un compromiso de las elites. No lo es porque no creen en la productividad. Y no creen porque siempre "alguien paga las cuentas". 

¿Cuántas de nuestras exportaciones tienen “complejidad económica” en su manufactura o cuánto de las compras nacionales incorpora esa "complejidad"? No dudo que hay, pero no es suficiente ¿Cómo es la relación de la empresa –pública, mixta, social, o privada- con las universidades, por ejemplo? Hoy nuestras casas de estudio a nivel superior tienen problemas, pero sin ellas y su vínculo con la empresa -desde Polar hasta el emprendimiento popular- el futuro de la cauchera de la señora inmigrante de Portugal que con tanto esfuerzo levantó, dependerá de los ciclos de la economía venezolana: bonanza-derroche-ajuste-pobreza. 

Cada ajuste económico la hará más pobre -como a todos- el ajuste de Maduro es más fuerte que el de Chávez. El de Chávez, más fuerte que el de Caldera. El de Caldera, más fuerte que el de CAP. El de CAP, más fuerte que el de Luis Herrera. El de Luis Herrera, más fuerte que el de Betancourt. El de Betancourt, más fuerte que el de Medina. El de Medina, más fuerte que el de Gómez, por las causas que sean: guerras mundiales o incapacidad de la sociedad venezolana, la que tiene los "mejores economistas del mundo" según se jacta, pero vamos o tenemos 30 años con el índice inflacionario en dos dígitos (y parece que nos acercamos a los tres dígitos). 

De las tantas cosas pendientes que tiene Venezuela, esta es capital. Pasar del “Sin divisas no hay arepas, margarina, o cerveza” a “Con arepas, margarina, y cerveza bien hechas en Venezuela, hay divisas”.

En lenguaje político: no es la "república de amigos, conexiones, y relaciones" de AD-Copei, tampoco es la "república sectaria y rígida" del PSUV. Es, sencillamente, la República. Así, a secas.