Léeme en otro idioma

martes, 1 de marzo de 2016

Trump o lo inútil del miedo para detenerlo



Sobre Donald Trump se ha dicho mucho, y todavía falta mucho por decir. Quiero abordar la arista sobre cómo se construye a Trump en buena parte de la opinión pública. Desde hace tiempo, me incomoda esa manera de construirlo. A veces leo un tuit y me provoca hacerle RT, pero desisto, para no reforzar algo con lo que no estoy de acuerdo: detener su ascenso al estimular miedo a lo que Trump significa, o pueda hacer si llega a la Casa Blanca. Es decir, las “jugadas de rutina” cuando aparecen figuras de ese tipo: que el miedo haga el trabajo que la política -y el liderazgo- no pudo o no quiere hacer. 

Hace unos días, tanto Felipe Calderón como Vicente Fox –quienes me parecen perdieron la agudeza política- compararon a Trump con Hitler. También, hace unos días, leí un tuit de The Economist, que titulaba un artículo, “Hay que detener a Donald Trump”. Finalmente, en Washington Post leí la preocupación de algunos sobrevivientes del Holocausto por lo que puede significar un triunfo del magnate pelirrojo. Estos ejemplos son apenas pocas noticias de muchas que tienen en común lo mismo: Trump es un peligro, hay que pararlo antes que sea demasiado tarde (ya parece que es tarde, gane o no gane la nominación republicana). 

Que ciudadanos que sobrevivieron a campos de concentración del nazismo manifiesten reservas con el millonario, debe ser observado con atención. Haber sobrevivido a una experiencia como el Holocausto, merece el mayor respeto. Pero que la opinión en general apele al miedo para tratar de detener a Trump, sí es cuestionable.

El miedo es de uso común en política, y más cuando se trata de competir por un puesto, sea del nivel que sea. Es un recurso favorito de la real politik, o cuando hay crisis y los grupos se sienten amenazados en su identidad. Sin embargo, cualquier psicólogo social o estratega político sabe que el miedo tiene que tener una medida perfecta para que sea eficaz. Poco miedo, trivializa; mucho miedo, paraliza ¿Cuál es esa medida? No es objeto de esta entrada responderlo, solo se quiere significar que el miedo supone una previa deliberación ética sobre su uso, pero si se está en el modo “El fin justifica los medios” -que es el modo actual- hay que tener una experticia profesional para saberlo dosificar y manejar, para que sea eficaz en el comportamiento que se quiere promover (una abstención hacia o una reacción en contra de).

En Venezuela se usó durante las elecciones de 1998 para tratar de detener el ascenso de Chávez. Está el famoso video del militar cuando fue a Cuba en 1994. Ese video lo pasaban a cada rato, en cada reunión política o para hablar del tema político. En ese entonces -y todavía- me pareció errado el framing de la campaña contra Chávez al ponerlo como representante del "comunismo", cosa a la que Chávez le dio la vuelta con la idea de cambio, que objetivó en la constituyente. De manera que cambió el clivaje a su favor: constituyente-comunismo, y en esto último metió a sus competidores. Su framing del comunismo fue "huele a naftalina" -que decía en ese entonces- justamente el sentimiento de la sociedad en ese entonces: AD y Copei, "huelen a naftalina, y por eso hay que cambiarlos". Hoy -17 años después- muchos descubren las "maravillas" de los urbanismos de la democracia 58-98 -tipo Menca de Leoni, por ejemplo- pero parece un poco tarde para eso. Oportuno era en 1998 o antes, para tratar de revertir el clivaje que Chávez construyó con éxito. Pero bueno, tratar ese "olvido" de la sociedad durante los 80 y 90, será objeto de otra entrada, en su momento.   

Pienso que construir a Trump con base en el miedo ha tenido el efecto contrario: lo hace crecer, y hoy parece una figura indetenible, justamente porque paralizó cualquier respuesta, porque titular tras titular, se habla del peligro que Trump representa, pero cada titular lo magnifica y lo hace casi invencible. Como una bola de nieve, la que además comienza a justificarse. 

Esa persona peligrosa comienza a ser comparada con los peligros que genera el sistema que Trump dice combatir, y para muchos, opera un relativismo moral: es mejor apoyar a Trump no importa si es peligroso, que a un sistema con estructuras peligrosas. Ese cierto placer para transgredir cuando la sociedad implosiona o pierde la confianza en ella misma, que se objetiviza en una persona (los demagogos, que aparecen) ¿El resultado? El mito se hace más fuerte, y hay una cierta sorpresa porque se percibe inevitable su éxito. De manera que en mi criterio, ya es un poco tarde para hablar “Hay que detener a Trump”. Afirmaciones así, creo que lo alimentan, y aseguraría que Trump está a gusto con ellas. Lo hace más objeto del deseo. Al fin y al cabo, el precandidato es hechura del sistema que hoy desafía. Que la sociedad norteamericana -y mundial- ahora quiera jugar el papel "de la gente decente horrorizada con los bárbaros que llegan al poder" (algo similar ocurre con Podemos en España, y pasó con Chávez en su momento), me luce que no lo apartará de la vía del poder (gane o pierda).

Aunque hoy hay una especie de "todo vale", por lo que se dice que no tiene sentido planificar o pensar porque, "cualquier cosa puede pasar", la verdad es que este enfoque no me convence para nada. Me parece empuja un contexto en donde figuras como Trump prosperan. Hay que tener una cierta capacidad para ver el futuro de una sociedad, y adelantarse. Fenómenos como el del millonario de NY, ocurren también por el desgaste de una sociedad. Raymond Aron lo describe muy bien en "El amanecer de la historia": la sociedad francesa estaba desgastada y erosionada como cuerpo social; sin ánimo, sin fuerza, cínica, la que "insconscientemente" clamaba por una figura fuerte. Hitler llenó esa necesidad, y Francia estaba derrotada e invadida antes que el dictador pisara suelo francés en 1940, y se instalara el famoso hotel Meurice. En otras palabras, Aron retrata a una sociedad cansada de vivir. No soportaba ya el peso de la vida. Quería escapar de ella.

Hace unos días leía a Mark Lilla sobre Francia. Comentaba una tesis de Oliver Roy para explicar los recientes ataques terroristas. Para Roy, la jihad no tiene nada que ver con las instituciones Musulmanas. Los ataques no fueron por la religión Musulmana, sino porque la jihad representa una "revuelta generacional nihilista". Tesis controversial la de Roy, pero sugerente para explicar la renuncia a la vida que pasa en varias partes del mundo. En Venezuela tenemos nuestro nihilismo: muchos a la "espera" de la "explosión social" o "el peo", que redima a la sociedad de todas sus culpas y penas, y la purifique, para comenzar de cero en la "reconstrucción", sin el otro, por supuesto, que es lo que se busca en el fondo.    

Por eso muchas veces evito hacer RT a cosas de Trump –aunque son noticia, y como periodista, debería hacerlo- para no alimentar al mito, pero al mismo tiempo, lo que hago no es suficiente para restarle fuerza. Simplemente, es no poner más nieve a la bola, que ya viene a toda velocidad ¿Cómo detenerla?

Aquí está el quid del asunto: hoy, los políticos son cualquier cosa menos políticos. Juegan a ser militares, son encuestadores –algunos, hasta son muestristas; saben de antemano el “tamaño de una muestra” para un estudio, y hacen cuestionarios- son analistas, publicistas, hacen jingles, también son creativos, y hasta artistas, pero en lo que deben mostrar excelencia, no lo hacen o revelan importantes limitaciones. En lo que los define, eso de hacer posible lo imposible, o esa dialéctica entre lo que existe y lo que se quiere que exista, no se esfuerzan mucho o no muestran mucho entusiasmo. 

El mismo discurso fabricado e inercial de siempre, con poco contenido, centrado en el sufrimiento del “pobre pueblo de mis desvelos”. Más nada. No logran transmitir la emoción de servir, o el coraje intelectual para ofrecer ideas o propuestas, a los "problemas de la gente". Solo se limitan a decir "lo malo que se pone la cosa", con el consecuente "desastre que se avecina". Hoy, si una persona quiere hacer carrera política o ser celebridad digital, solo tiene que anunciar "el inminente desastre", y adoptar el modo "Gente decente horrorizada con los bárbaros". Con eso es suficiente para una carrera política exitosa o célebre. 

Más que el miedo, creo que a un fenómeno como el de Trump se le enfrenta con lo que pudiera llamar un “contraste persuasivo”, en un tu a tu de contraste, que es más exigente y retador que decir, "Vienen los bárbaros". Es confrontarlo punto por punto, idea por idea, sin hacer mofa de él, dejarse intimidar, o negarlo (las soluciones de los extremistas las que, como siempre, hacen ruido y traen muchos likes pero son ineficaces).  

Por eso, me gustó parte del discurso de Hillary Clinton al ganar la primaria de Carolina del Norte el día 27-2-16, porque hizo eso: contrastó de forma persuasiva con los mensajes de Trump, y rompió con la construcción clásica del precandidato del GOP como “un peligro”. Cuando Trump dijo “Hay que levantar muros”, la Clinton afirmó “Hay que derribar muros”. Cuando Trump afirmó que “Hay que hacer de los EUA algo importante otra vez”, la Clinton argumentó que ya los “EUA son algo importante”, y un contrapunteo así. Me luce que ese discurso es más eficaz que apelar al miedo, y una prueba, es que esos mensajes de la demócrata tuvieron buena acogida en redes sociales, con buenos RT. Es un mensaje que confronta al de Trump, y no lo tradicional: el mensaje de quien va detrás, tratando de alcanzar el paso de Trump, o el mensaje del desesperado, que no sabe cómo abordar una figura así, y solo le queda el miedo para ver si lo detiene.

Ojalá este estilo persuasivo de la Clinton no sea sólo una respuesta a la alegría por haber ganado muy bien una primaria, y así romper el clima de opinión que coloca a la ex Secretaria de Estado como arropada por la ofensiva de Sanders, sino algo más duradero y estratégico. Si es así, creo que podremos dimensionar mejor el liderazgo de Donald Trump y hacerlo menos mito. 

domingo, 21 de febrero de 2016

Regionales o un acuerdo para gobernar


En la opinión del mundo unitario, se discute cuál fórmula constitucional para salir de Maduro y de su gobierno. No es un tema en el cual tenga mucho que decir, ya que mi posición todavía se mantiene, cual es respetar los lapsos de la carta magna, y hacer política en cada uno de ellos. En otras palabras, construirse como alternativa para ganar en las presidenciales de 2018, y crecer más en las regionales de 2016 y las municipales de 2017.

Ciertamente, Venezuela vive su peor momento –sólo la tasa de inflación de 2015 reportada por el BCV de 180,9% lo evidencia- y la responsabilidad mayor es del gobierno de Maduro, pero argumentos así también se dijeron en otros momentos de la historia del país. Basta una revisión hemerográfica de hace 20, 25, o 30 años, y hallaremos que los “titulares de ayer”, son los “titulares de hoy”, y muy probablemente, serán los “titulares de mañana”. Nuestro particular Corsi e Ricorsi. 

Mi punto no es negar lo grave del momento, el cual demanda soluciones, sino cuestionar “la” solución propuesta, que es cambiar gobiernos sin construir gobernanza o capacidad institucional para poder gobernar. Creo que 5 lustros son más que suficientes para abonar la tesis que las vías rápidas en política no funcionan. Al menos, para cambiar gobiernos.

Sin embargo, matizo mi afirmación anterior. La constitución de 1999 abre la posibilidad de cambiar gobiernos e, incluso, toda la estructura política, mediante una gana de mecanismos. Si se trata de evaluar un gobierno que se considera no lo hace bien, el revocatorio y los referendos en general, parecen ser los instrumentos adecuados para hacerlo. Si se trata de ampliar o proteger la carta magna, los instrumentos previstos en los títulos VIII y IX -enmienda, reforma- son los pertinentes. 

De hecho, en escenarios para 2016 que presenté en la Fundación Rómulo Betancourt el día 18-11-15, el revocatorio estaba previsto, en el escenario "Otra vez a consultar al pueblo".   

No obstante el matiz, mi planteamiento tiene un argumento. A CAP lo celebran hoy. Naím y Haussman hoy son llamados “Moisés” y “Ricardo”, pero no fue así en 1989-1993. A CAP lo sacrificaron, también “constitucionalmente”, faltando apenas 5 meses para las presidenciales de 1993. No solo fue sacrificado, también fue humillado. Tanto, que el Expresidente expresó una citada frase, “Hubiese preferido otra muerte”.

A Velásquez también lo quisieron sacar o promoverle crisis política –los “carros bomba”- a pesar de lo breve de su mandato (menos de un año).

Caldera tampoco se salvó. Ni siquiera se había “montado en la silla”, y destituyó al Ministro de la Defensa y varios “notables” implicados en un intento de golpe o algo parecido. Chávez también le pidió la renuncia. Hoy celebran los 100 años de Caldera y muchos desearían que estuviera vivo, pero durante su segundo gobierno, los rumores y la astrología lo mataron varias veces. Posiblemente, haya logrado algo de paz cuando hizo su versión del “Pacto de los dólares” a través de la Agenda Venezuela y la apertura petrolera en 1997. 

Llegó Chávez en 1999 de la mano de la mayoría de los electores y de poderes fácticos, los que hoy actúan como si nunca lo hubieran conocido o apoyado. Ese maridaje Chávez-poderes fácticos-notables duró desde 1999 hasta diciembre de 2001. Cada miércoles en su programa, Cabello les recuerda ese matrimonio, al leer las portadas lisonjeras de ciertos medios, y les espeta, “¿Pensaban que íbamos a trabajar para ustedes?”. A Chávez sus aliados lo tumbaron por dos días, y regresó el 13-4-02. De esa experiencia, Chávez se radicalizó y también se recuerda otra famosa expresión de un Expresidente, “El Chávez pendejo de 2002, se acabó”. Hizo honor a esa frase. 

Maduro arribó en abril de 2013. Desde ese momento, hasta la fecha de esta entrada en el blog, lo más que he escuchado es sobre su salida. Lo primero que oí fue la “tesis de los gobernadores”, la que hoy revive. Luego, la de los “hombres fuertes” quienes eran los que realmente mandaban. Después, la tesis del “compadre” (Cabello). Más tarde, la versión del “alto mando militar”. La siguiente, fue el plebiscito. Pasó después a “La Salida”. Le siguió la “hambruna” y la “crisis humanitaria”. Ahora la pelota está en el PSUV, partido que “tiene que ser parte de la solución”, y en las FAN, para sacar a Maduro. Y nos acercamos a marzo de 2016.

La salida de CAP en 1993 –la que inició esta “perversa ruleta política”- fue vendida como la gran manifestación de la “independencia de los poderes”, que marcaría una pauta de progreso e institucionalidad en el futuro de Venezuela. No sé si esa pauta sea el TSJ del presente.

Creo que de mayo de 1993 a marzo de 2016, el balance de esta política es francamente desastroso y costoso para Venezuela. Por supuesto, a nivel de las élites o los tomadores de decisiones, este costo no es alto, salvo excepciones, pero para el ciudadano ¿Cuánto ha sido y es el costo desde los 80? ¿Cuánto más quiere o puede pagar?

Una de mis hipótesis para explicar por qué una política con resultados tan negativos sigue luego de casi 25 años, es porque quienes la promueven, su mundo particular, su mundo de vida, se mantiene más o menos igual. Si eres del gobierno, tienes la protección que da ser del gobierno. Si eres de la oposición, tienes menos poder, pero tu vida más o menos sigue igual: no dejarás de ir a restaurantes por la crisis, ni tampoco te dejarán de entrevistar en los medios por la crisis. Si algo sale mal, posiblemente alguna universidad, ONG, u empresa, te ofrezca refugio, siempre y cuando seas alguien importante. Tal vez tengas alguna jubilación de una universidad, organización, o del parlamento. Es una vida prácticamente inelástica. Si al final del día, no estoy tan mal ¿Por qué abandonar esa política que me trae beneficios, que me mantiene en la política?

Curiosamente, en un país que habla mucho de política, varias decisiones que se toman se alejan de la política. Esta supone, trabajo, organización, persuasión, músculo social, es decir, tiempo. Walesa estuvo nuevamente en Venezuela. Aconsejó a la oposición construir una agenda sobre qué hacer. Estuvo en el país antes del “paro” de 2002. Advirtió el riesgo de tal acción. No tuvo suerte. No sé si ahora la tendrá. Conseja parecida ofreció el salvadoreño Joaquín Villalobos, muy citado por la “izquierda buena”, pero poco escuchado. Otro ícono reciente , Felipe González, también pronunció una célebre frase de un político: “El cementerio de los políticos, está lleno de impacientes”. No sé si la habrá dicho en sus últimas visitas a Venezuela.

Preferiría que la AN eche raíces en la sociedad. Que tenga músculo social e institucional. Que no agote toda su agenda legislativa y proyectos “bandera” en menos de un mes -tiene 5 años- sino que esas propuestas salgan del Hemiciclo y vayan a la calle. Que sean hechura de gente. Que se empotren en el alma del pueblo. Que los partidos hagan su trabajo de combinar y articular intereses. Que los parlamentarios se desarrollen como parlamentarios. Que se vinculen a sus circuitos, con sus votantes, con la tan citada calle. Que la “lucha intelectual” de la que habló Walesa, sea en propuestas con mayor densidad, para el público. En fin, el trabajo político que no tiene sustituto. Pero requiere de una condición que pocos desean: tiempo. “No hay tiempo”, se decía cuando CAP en 1993. “No puede quedarse 5 meses más, no tendremos país en diciembre (de 1993)”, fue la “línea” que “bajaron” los conspicuos voceros de ese entonces. Algunos, todavía siguen "bajando líneas" con la misma convicción como lo hicieron en 1993.    

Aunque mi perfil es moderado, viví mi "etapa caliente" con Chávez vivo, pero ya la pasé. No tuve que esperar a que el “padre controlador” ya no esté, para “desahogarme”. No tengo esa “disonancia cognitiva” que noto en muchas personas hacia su figura, después que falleció el 5-3-13. Como registros, quedan mis entradas en el blog (iniciado en marzo de 2007), mis tuits (iniciados en mayo de 2009), y mi presencia en medios de comunicación (con fuerza, a partir de 2005 a 2011). 

Gracias a Dios que pasé esa "etapa caliente", porque ahora mi mente y mis pensamientos están donde tienen que estar en este momento: ¿Cuáles instituciones políticas para metabolizar, masticar, digerir, tragar, deglutir, a un mal gobierno, a una mala oposición; o a un buen gobierno, a una buena oposición, y las personas que no están en esos poderes o no son dolientes directos de esos grupos, salgan lo menos aporreadas posible, y puedan llevar una vida buena? Eso es lo que reflexiono hoy ¿Cuáles instituciones para la gobernanza, con buenos o malos actores en el gobierno, en la oposición, y en la sociedad?

Aunque soy de los que piensa que hay que trabajar para las regionales de 2016, con la mente puesta en las presidenciales de 2018 como primera etapa que comienza en enero de 2019, el clima del “hay que hacer algo ya” y de “cuenta regresiva”, se instaló en la mente de la oposición. Estoy consciente que este análisis seguramente será visto como naïve, porque hay mucho en juego tanto nacional como fuera del país; carreras y prestigios políticos están en una apuesta que tiene fecha de vencimiento: como mucho, julio de 2016, pero una sugerencia, nunca cae mal.  

Aquí va: antes de hallar cualquier “vía constitucional”, parece imprescindible definir un acuerdo de gobierno que especifique claramente y con detalles el qué, el cómo, y con quiénes, para el gobierno que emerja, si las opciones para salir de Maduro y de su gobierno se concretan, y aquél sale.

No me refiero a las propuestas programáticas que se hacen durante una campaña, tampoco a enunciados generales o consignas. No aludo a planes de gobierno. Menos a catálogos de iniciativas, ni tampoco a un listado de cosas que se prometen hacer. Tampoco a acuerdos de arriba o de poderes fácticos (como el de “La Esmeralda”, en 2002, previo al 11-4-02). Me refiero a un plan con el mayor detalle posible, con reglas para proceder, y mecanismos para garantizar el cumplimiento de quienes lo firmen, porque me parece que habrá muchos actores desleales y free riders que lo suscribirán, para luego no cumplir con lo acordado.

Es la manera que veo para la tan esperada por muchos “transición” –yo estoy en otra cosa, en la alternancia en el poder como resultado de una elección- tenga viabilidad y no se venga al suelo, como creo que sucederá si se mantiene la actual manera de enfocar el tema del cambio de gobierno, que se ve como una panacea o que estará exento de riesgos o problemas. Claro, por supuesto, no faltará la consabida frase, “En el camino se enderezan las cargas, y como venga viniendo, iremos viendo”, para justificar la improvisación que nos caracteriza como sociedad.

Aunque puede ser parte de un proceso de debate natural que hay en la oposición, llama la atención a estas alturas del juego, la diversidad de propuestas para cambiar al gobierno, sin que se asome algún mecanismo o regla de discusión o decisión, para decidir cuál vía se seleccionará al final (o vías, como también está planteado). Se habla de enmienda, reforma, y revocatorio; enmienda y revocatorio; enmienda para los poderes; renuncia, y ahora se agregó otra opción: abandono del cargo. Se argumentará que en la oposición no hay “una línea”, y que su naturaleza es la diversidad, pero que al final –como siempre- se llegará a un consenso.

No dudo que sea así, pero con todo, no deja de sorprender que en un asunto tan importante, del cual se viene hablando desde 2013, todavía no exista una “hoja de ruta” unitaria que, al menos, plantee o bosqueje las reglas de decisión para tomar “la” decisión –al menos, formalmente hablando- con algún cronograma de ejecución.

Sin este acuerdo para gobernar, veo difícil que el tan esperado “gobierno de unidad nacional” –estoy en otra onda, aspiro un gobierno con un claro mandato, surgido de una elección presidencial, con los pesos y contrapesos que define la constitución- pueda sostenerse en el tiempo. Si para definir una vía constitucional hay tantos puntos de vista y algunos contradictorios, cómo será ejercer un gobierno sobre el cual caerán todas las expectativas del país –para eso se sacó al de Maduro- y con una luna de miel corta, dado que se esperarán respuestas rápidas a los problemas de Venezuela. 

Si se quieren dar respuestas veloces, eso sugiere un ajuste económico bastante profundo, que necesitará piso político ¿Con cuál, si ni siquiera se planteó qué hacer una vez llegado al gobierno, más allá de enunciados generales que “hay que acabar con la pobreza” o que “los anaqueles estén llenos”? ¿Con cuál alianza política, de verdad, verdad, se hará el “cambio”? Una cosa es sacar una mayoría en una elección, y otra tener una implantación orgánica como fuerza política en la sociedad. Es como confundir la falta de liquidez, con problemas de solvencia económica.

Me luce que en ese futuro gobierno, puede suceder como pasa ahora con el tema de las “vías constitucionales”: que habrá alianzas entre grupos dentro de la Unidad –como se ve ahora, “salidismo” y AD; PJ-Capriles-y tal vez Falcón, por otro lado- y campañas para gobernadores y para las presidenciales, aunque no se presenten así, para "no herir susceptibilidades". Podrán aparecer los grupos y sus dolientes ¿Cuál grupo de economistas para hacer el ajuste, a cuál poder o factor responderán? ¿Cómo se resolverá eso? ¿Cómo se abordará el tema de las grandes empresas del Estado? ¿El de la deuda, el de los recursos externos, etc? Y así tantas interrogantes. Pero bueno, aparecerá de nuevo, “Cuando llegue ese momento, veremos”. Elogio a la improvisación.

En un ambiente así, sin un acuerdo que una a las partes que compiten aunque estén en un paraguas unitario y que las obligue a ser consecuentes con ese compromiso, los beneficiarios finales y quienes seguramente llevarán la fulana “transición”, serán “al final del día”, los militares. No deja de ser también llamativo, que un discurso que enfatiza el “civilismo” por oposición a los “milicos”, pueda terminar, como dice el refrán, “cachicamo trabajando pa´lapa”. No sé si eso sea lo que "inconscientemente" busca la sociedad: que los militares la releven de las responsabilidades de ser civil, por lo exigente que será hacer los cambios y ajustes que demanda y ha pospuesto por décadas Venezuela, para avanzar y prosperar. 

En resumen: antes de definir la “vía constitucional”, hay un paso previo, muy importante: acordar de forma detallada, cómo serán las reglas institucionales para ese futuro gobierno que se busca, y qué hará, cómo lo hará, con quién lo hará, los tiempos para hacerlo, los mecanismos para manejar las diferencias, para garantizar el cumplimiento de los compromisos, y los criterios de decisión para los asuntos de Estado más relevantes. Sin esto, opino que no habrá "transición" viable. 

Regreso a mi opción. Trabajar en 2016 y 2017 con la meta puesta en las presidenciales de 2018, no nos salvará de nada ni es garantía de tener ese acuerdo para gobernar, pero sí ofrece tiempo para pensarlo y detallarlo, y no sea el resultado de una urgencia que reclama “esto ya no aguanta más”. Además, el trabajo político de verdad ofrece una implantación social que será la clave para la estabilidad de cualquier gobierno en el futuro. Y, de nuevo, hacerlo toma tiempo. Que la AN funcione, que al mismo tiempo se recuperen espacios regionales y municipales, que realmente te vincules con el país y no con los “sospechosos habituales” de siempre, ayudará a tejer una red política que servirá como amortiguador para un gobierno futuro –por vía electoral, en el tiempo que corresponda- que probablemente tenga que hacer un ajuste más profundo, para corregir los entuertos que hoy tiene la nación. 

Me luce que es la vía, no la más segura ni la más popular, pero sí la más sana y la de mayor fortaleza política, para que los gobiernos futuros puedan trabajar a favor de la prosperidad nacional, y tal vez ayude a darle entidad a la alternancia en el poder, principio fundamental de la democracia.