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sábado, 24 de agosto de 2013

Maternidad

La agresión de dos mujeres a la enfermera de la Maternidad Concepción Palacios, Milagros Franco, ocurrida el día 11-8-13 y su posterior muerte el 20-8-13, es un caso que estremece, que remueve de verdad. No solo por la forma como ocurrió -dos mujeres la agreden en el hospital cuando Franco les reclamó el mal uso del ascensor; le caen a golpes, la empujan y rueda por las escaleras, le clavan un jeringa- sino por la víctima -una profesional de la enfermería, con 25 años en la maternidad, con hijos discapacitados- y por quienes la agreden -chicas jóvenes, una de 22 años, con hijos- que pone, de nuevo sobre la mesa, que el país se ha convertido en un trapiche que traga vidas ya hechas y vidas que pudieran ser.
También impacta porque, luego de la noticia que informó la muerte de la enfermera, comenzaron a salir cabos sueltos: si la agresión fue el 11 de agosto ¿Por qué no se informó antes? ¿Qué ocurrió entre ese día y el 21 de agosto, cuando el caso se registró en la prensa? ¿Cómo fueron esos días para la enfermera Franco?
Eso es lo que impacta, lo que deja un sabor amargo de que algo no está funcionando bien en el país: el silencio que es roto por la muerte de la enfermera que a su vez disparó la protesta de los trabajadores, y esa movilización muestra una cadena de silencios, complicidades, negligencia, malas decisiones y, especialmente, la obediencia, el poder de la autoridad, que logró que un caso de esa naturaleza permaneciera en silencio durante 10 días. Nadie dijo nada y lo que catalizó el descontento acumulado fue la muerte de Franco, pero antes de eso, no pasó nada.
Por eso, este caso también me interesa como psicólogo social. 
Al ir descubriendo los hechos, no pude dejar de pensar en los estudios pioneros en el área de conformismo realizados por Solomon Asch (1955), los trabajos sobre la obediencia de Stanley Milgran (1965), o la investigación sobre la prisión de Stanford de Philip Zimbardo (1971).
Los tres tienen en común en destacar que lejos de lo que pensamos, que el mundo se divide en buenos y malos (por supuesto, los buenos siempre están del lado de quien hace el juicio y los diferentes son los malos), la gente con educación, buena y decente puede hacer cosas malas, muy malas de verdad. 
El valor de estos trabajos es destacar la importancia de las situaciones, porque siempre vemos a quien ejecuta (las agresoras), pero no la situación en que ocurre el hecho, en este caso, institucional: que hizo posible que una enfermera herida no recibiera la atención, no saliera del hospital, y solo se supiera después de su muerte, no antes, lo que la pudo haber salvado.  
Así lo recoge Zimbardo en su libro de 2008, El efecto lucifer, "La gente buena puede ser inducida, seducida, e iniciada para comportarse de manera destructiva. La principal lección que el estudio de la prisión de Stanford enseña es que las situaciones importan: las situaciones sociales pueden tener un profundo efecto en el comportamiento y en el funcionamiento de la mente de las personas, grupos, y líderes, mucho más de lo que se piensa".
Este parece ser el caso: como un hecho de violencia que ocurrió en un hospital bastante concurrido se mantuvo en silencio durante 11 días. 
No es suficiente decir que no tuvo resonancia porque no es la primera vez que algo así ocurre -manera de explicar que ya es común en el país- porque los relatos luego del 21 de agosto indican que el caso tuvo impacto dentro de la maternidad porque compañeros de la enfermera y familiares intentaron hacer algo por Franco, pero no pudieron porque la situación no lo permitió. Y por los relatos, se trata de una situación de obediencia
Si se observa la foto de esta entrada, las pancartas apuntan hacia eso, "Lo de Milagros no fue un hecho fortuito sino negligencia administrativa". La muerte de Franco disparó una situación dentro del hospital que no apareció previamente porque una cadena de decisiones y una situación la calló.
En el noticiero de la noche de Globovisión del día 23-8-13, entrevistaron a la Directora de la maternidad. Posiblemente son mis prejucios o estereotipos, pero las palabras de la directora reforzaron mi idea de la complicidad y el silencio que tuvo como resultado la muerte de una profesional, aunque el caso se verá solamente como la agresión de dos indigentes contra una enfermera. A veces lo situacional es tan difícil de apreciar, que entender la cadena de decisiones organizacionales que llevaron a la muerte de Franco es tan importante como la agresión en sí, porque en la primera es normalmente en donde la gente buena se involucra en cosas malas
La directora apareció en una bonita oficina, y ella, muy elegante. Su declaración expresó que: 1.-acudieron a las autoridades, 2.-que Franco recibió atención médica, y 3.-que quienes protestan, no tienen legitimidad para hacerlo, debido a que son una minoría (otra palabra que ya es rutina en Venezuela, para explicar y otorgar derechos, en una mala interpretación de lo que ser mayoría significa).
Esto último me parece grave, especialmente viniendo de una persona que ejerce funciones de dirección. Según su parecer, la calificación de un hecho lo da la mayoría porque si eres minoría tus vivencias, lo que sientes o lo que sufres, no tiene valor social, no tiene existencia social. 
En los minutos que la Directora de la Maternidad habló en Globovisión no aportó elementos acerca de los hechos, principalmente esto: si Franco nunca pudo abandonar la maternidad desde el día de la agresión ¿Qué pasó día a día entre el 11 y el 21 de agosto? 
El caso de la Maternidad es un trágico laboratorio, si se quiere, para generalizar hacia el país y ofrecer una vía para explicar por qué cosas horribles ocurren -otro caso, la muerte del GN a mano de sus superiores en julio de este año, también callada hasta que los familiares del joven fallecido sacan el caso a la luz pública- sin que suceda mayor cosa, más allá del lugar común que nos estamos acostumbrando.
Parece ser que el gobierno en su afán de controlar todo, creó una situación de obediencia que percola hacia todo el tejido social, en donde el poder institucional abusa de su naturaleza y se impone, para que situaciones malas que ocurren no se sepan, no se hable de ellas, y todo el mundo se conforme o vaya con el grupo. Un engranaje de la obediencia y conformismo.  
Lo que se genera es lo que en psicología social llamamos psicología de la deshumanización, que no es otra cosa que explicar cómo la gente buena y decente puede tratar a otros de forma negativa. 
Esto ocurre básicamente cuando en una situación determinada y ante un poder sin control, las personas asumen un rol que tampoco tiene contrapesos -todo parece normal, cada quien hace lo que corresponde- y allí aparece la llamaba banalidad del mal o las estructuras burocráticas de la represión que explican crímenes masivos como los campos de concentración. No es que todos se vuelven locos sino que gente muy cuerda fue colocada en una nueva situación de la que no pueden salir, pero que luce natural.
Esto puede explicar el afán del gobierno para controlar los medios de comunicación e impedir cualquier mecanismo de contrapeso o contraste. Tal vez nos quieran parte de la máquina del silencio, todos somos cómplices, también atrapados en una situación de obediencia de la que es imposible salir. 
No es que los alemanes, como dice el lugar común, un pueblo tan culto se volvió loco, sino que la solución final burocratizó la muerte y la hizo banal en su ejecución y conceptualización, y la sociedad teutona entró en un proceso que fue normal
En el caso de la maternidad el silencio se rompe por un hecho negativo: la muerte de Franco, pero eso -en términos del conformismo que vengo comentando- rompió la unanimidad creada por la obediencia: aparecen las pancartas que culpan a la dirección de la maternidad. 
Los estudios de Asch y Milgran también muestran que si bien obedecemos, también podemos rebelarnos.
Aquí entra lo que otro psicólogo social, Serge Moscovici, llama la influencia de las minorías.
Este caso de la Maternidad tiene su deriva política para la Unidad: no es solo interpelar, sino también tener sensibilidad, que el lenguaje corporal de quienes integran la Unidad comunique la capacidad de poder colocarse en el zapato del otro. 
Esto no se hace del todo en mi opinión. Por ejemplo, a Richard Mardo se le allanó la inmunidad, se dijo que hacerlo quitaba lo último que quedaba del parlamento.....sin embargo, todo parece normal. Mardo sigue entregando balones y pintando canchas en Aragua. Nada ha pasado. No ha sido lo último, y eso lleva a lo siguiente: si el punto es que nos estamos acostumbrando ¿Cómo no hacerlo si las señales que se envían desde el liderazgo es que no pasa nada, que todo sigue, y cada quien a lo suyo?
No digo que la tónica sea el comportamiento de funeraria -aunque en Venezuela, los velorios se han convertido en otro espacio para socializar, para esa necesidad de hablar hasta por los codos y ser reconocidos que hay en Venezuela- pero sí un lenguaje corporal que permita al ciudadano de la calle entender que lo que pasa no es normal o que no es adecuado convivir con lo que no es normal en términos políticos.  
Una de las cosas que más llama mi atención de Aung San Suu Kyi es ese lenguaje corporal a medio camino entre la sobriedad pero al mismo tiempo, que comunica sacrificio político y sentido de las proporciones, que comunica respeto y que hay que hacer cosas para cambiar una situación. 
Por carecer de esto la política criolla ha devenido en algo rutinario, centrada solamente en un presente que no aborda hechos sino se limita a frases tipo patria, soberanía petrolera, Chávez vive; enchufados, ilegítimo, o mentira fresca. Un lenguaje oral y corporal solo en presente, que no apunta al futuro (lo que hay que hacer) ni tampoco al pasado (para conectarse en la identidad).
Tal vez el problema es que tenemos políticos muy normales y que les gusta ser normales.  
Habría que regresar a los hechos, a su interpretación o análisis, como una manera de lograr romper en la retórica la situación de obediencia que el gobierno promueve y que hizo posible que en una maternidad que tiene cerca de 3.000 empleados, la agresión contra una enfermera con una antigüedad de 25 años, haya podido silenciarse durante 11 días, sin que ocurriera algo.
Cuando en la calle me preguntan si ya tocamos fondo, y la pregunta la veo desde este caso de la maternidad y de los estudios acerca del conformismo en psicología social, respondería que siempre se puede ir más abajo, más hacia el fondo. Nunca se toca fondo en cuanto a conformismo se trata. Esa es la mala noticia.
La buena noticia es que no tiene que ser así. Las personas y grupos también pueden romper con la burocracia que los convierte en engranajes para hacer cosas malas. Desde este punto de vista, no ser tan normales puede ser una salida. 
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