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miércoles, 11 de febrero de 2015

Socialdemócratas


Soy socialdemócrata, pero cuando pienso o veo a un socialdemócrata, lo primero que viene a mi mente es gente seria, con la que se habla de temas serios.

Pedro Sánchez, Secretario General del PSOE, por ejemplo, es una persona joven, pero hoy parece un señor al que se lo tragó el status quo. Varios de los socialdemócratas venezolanos que conozco que están en sus 30, ya parecen señores de 50 o más años. Cuando me consigo a uno, me corto para hablar, porque pienso que la conversación va a girar sobre algún documental acerca de la “transición española”, sobre la “caída del Muro de Berlín”, o el último libro de Padura. Temas interesantes, pero que ya no son suficientes para el mundo de hoy. Poco se habla de innovar desde el punto de vista político, desafiar un orden de cosas, u ofrecer un sueño o una visión a las personas, más allá de hablar que la gente “no tiene comida”, “la pobreza” (en general), o cosas por el estilo.

Demasiada seriedad es el problema de la socialdemocracia, que se ve en planteamientos como los tradicionales de “un programa”, los documentos con los temas para los “grandes consensos”, o el “concretismo” de hablar solamente “de los problemas de la gente”, aunque muchos de quienes vocean este último tema, no comunican precisamente estar pasando por “los problemas de la gente”, por lo que su mensaje no siempre es creíble.

Leí varias notas internacionales luego de la concentración de Podemos en Madrid el día 31-1-15, y las reseñas indicaron que el PSOE criticó a Podemos, al demandarle que “presente su programa”. Una crítica sin sabor político. Lo de siempre; “el programa” ¿Y la visión o programa socialdemócrata cuál es?

La socialdemocracia ha tornado hacia algo conservador, cuya única meta parece ser que la vean como un “socio político confiable”, como los campeones de los “temas de los grandes consensos”, de “los temas serios” o "estar bien con todo el mundo", más que ser una alternativa real, transformadora, con coraje de visión de mundo, que pueda competir con opciones como la de Podemos, Syriza, los partidos de derechas, el socialismo del PSUV, o las opciones anti-sistema que irrumpirán en Venezuela en algún momento, si no ahora.

Del Welfare State la socialdemocracia pasó al Pragmatism State, y el cambio lo hizo con pena, con vergüenza, para no recordar su origen. Perdió las ganas para comunicar cómo puede ser un Welfare State del Siglo XXI.  

Si me ponen a escoger entre los temas “de los grandes consensos” o los “temas serios”, y una propuesta para conmover desde el plano político, para desafiar el orden de las cosas, la que seguramente no tendrá “grandes consensos”, opto por la segunda alternativa. Pienso que los problemas mundiales reclaman más pensamiento y riesgo, porque es necesario desequilibrar un status quo que crea muchas desigualdades –no solo económicas- para buscar otro equilibrio, que mejore la vida de las personas y les ofrezca una perspectiva de vida con futuro.

Mostrarse como gente “seria” no ayuda a esa meta, sino reformar dentro de una política responsable, para corresponder la confianza que dan los electores. Un reto complejo pero atractivo.

Hay alarma por Syriza o Podemos, pero la alarma no llega a cuestionar a los partidos reformistas, fuera de la antipolítica o la indignación de cierta opinión que contempla cómo “los bárbaros” se adueñan del poder, frente a la “sociedad decente”, desplazada o en vías de ser desplazada. La política del lamento, del desahogo, de la queja; “Eramos felices y no lo sabíamos”; las fotos en tuiter, “Supermercado de Venezuela en 1998”, “Tienda por departamentos de Cuba en 1955”, o cosas así. La memoria histórica que no es capaz de reinventarse, oxidada por los resentimientos y la queja permanente.   

Antes de llegar a los extremos, los pueblos dan oportunidades a la reforma. En ese sentido, la expresión de Caldera, “Los pueblos nunca se equivocan”, es acertada.

En 2004, Syriza obtuvo el 3,30% de las legislativas de ese año. 11 años después, subió al 36,4% multiplicando casi por 10 los votos que sacó en 2004. Si la coalición en el gobierno griego de Nueva Democracia-Pasok no estuvo a la altura de los cambios en Grecia, es otro asunto, pero pasaron 11 años para que Syriza llegara al poder. 

Igual puede decirse del fenómeno de Podemos. Ante el mal gobierno de Zapatero, el pueblo español optó por el PP en 2011, partido al que le toca hacer los ajustes a la economía española. Desde las generales de 1982, los electores de España alternan entre el PP y el PSOE, con una presencia discreta de la IU.

No está claro si Podemos ganará en las generales de 2015, pero el PSOE-PP han compartido el poder por más de tres décadas. Tiempo suficiente para acometer los cambios en el sistema político español. Si los electores ibéricos penalizarán al dúo partidista, es cosa de los españoles, pero tiempo tuvieron el PSOE-PP para ajustar el sistema político español a los cambios de esa sociedad.      

En Venezuela se pudiera decir que ocurrió algo parecido. El mito del “Por ahora” de Chávez esconde que aquél tuvo un pensamiento político a los dos años de recibirse como subteniente, en 1975. En 1977 aparece el EBR –Ejército Bolivariano Revolucionario- y llegó al poder por la vía electoral 21 años después, en 1998, pero antes, el pueblo buscó alternativas a (y dentro de) AD-Copei: LCR, Irene, gobernadores, “personalidades” como Caldera (alejado ya de Copei).

Si en poco más de 5 lustros que le tomó a Chávez llegar al poder AD-Copei no fueron capaces de ir más allá de la elección de gobernadores, de alcaldes, y la Copre, es otro asunto, pero también tuvieron tiempo, el de una generación completa, para cambiar al sistema político, ante una sociedad ya moderna para los 70, dispuesta a ir más allá de la democracia mínima de 1958.

De manera que la discusión "los pueblos se equivocan” es compleja, con muchas aristas, pero lo que parece quedar claro es que antes de dar el salto a opciones radicales o extremas, los partidos reformistas tienen oportunidades para cambiar, y no lo hacen, atrapados en los “temas serios”, “los temas de los grandes consensos”, y “los problemas de la gente”, pero no hay innovación. Ni siquiera en el discurso.

Pudiera decirse que “Es la innovación, estúpidos” ¿A qué me refiero con innovar?

Vamos a verlo con Grecia, de forma rápida. En vez de aliarme con el político que llamaremos Cristalopulus para esperar a que Syriza se desgaste en el poder y entre en alguna contradicción con su programa para decir, “ven, lo dije”, apostar a q ue boten a Varoufakis; y pueda ocurrir el “estallido social de los griegos” para la mágica “transición”, y mientras espero eso, lo que hago es hablar sobre “los problemas de la gente, de los griegos” mediante TV, radio, redes sociales, notas de prensa, artículos de opinión, y saber administrar mi presencia para no desgastarme y aparecer en el momento oportuno –la receta tradicional de muchos políticos socialdemócratas (y también socialcristianos)- en vez de hacer eso con Cristalopulus, haría otra cosa.

Más que alarmar sobre el “regreso de los bárbaros”, construiría la capacidad para innovar y transformar al partido y a la sociedad.

En los 80 y 90, un top advisor famoso en esos tiempos, Yehekzel Dror, me dejó de sus lecturas, la importancia de adelantarse a los hechos políticos, que es otra forma de llamar la innovación. Pienso que esa capacidad es la clave para innovar, y que toda organización política y político debe desarrollar.

Dror estaba convencido en la capacidad técnica y profesional para construir sistemas de análisis e información política, que pudieran dar cuenta y aportar elementos para comprender la complejidad del ambiente político. Una visión técnica pero importante, en tanto busca que las llamadas salas situaciones sean profesionales, y vayan más allá del press clipping o de tediosas reuniones para echar cuentos sobre política, y que eso sea la exclusiva base para hacer análisis y ofrecer recomendaciones, muchas veces sin los facts.

Pero los facts no están en un vacío social. Y aquí los planteamientos parsimoniosos de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, del significante flotante y del significante vacío. El primero como puente para llegar a la sociedad, para poder calibrar sus aspiraciones y sueños.

Entonces, le diría a Cristalopulus, que está bien, que el escenario del desgaste está allí; está bien, pero lo invitaría a que hagamos un análisis para evaluar el contexto en donde aparece y actúa Syriza; que no nos quedemos solo en el press clipping o los cuentos de reuniones políticas, y busquemos a buenas cabezas para profundizar en el fenómeno Syriza; sin sugerir una conclusión o qué esperamos ocurra, sino dejando que cada profesional elabore su tema, para luego tener la discusión política ¿Qué cosas “flotan” en la sociedad con “nombres que permanecen vacíos”? (por ejemplo, en el caso de Syriza ya en el poder o de Podemos, de llegar al poder), lo que pudiera ayudarme a esbozar una estrategia política en plazos de tiempo, y bosquejar cómo llevarla a cabo.  

Aquí entra la política y los sueños, y el compromiso entre los dos.    

Falta la pizca del sueño a tanta real politik y enredo burocrático, los que también invadieron a los socialdemócratas. Y un sueño de vida es lo que buscan los electores. Será lugar común o discurso trillado, pero la perspectiva para hacer una carrera moral mueve, y eso trasciende hablar de si se consiguen o no los pañales, o el jabón para lavar, porque no son los únicos “problemas de la gente”.

El “concretismo” hace de la socialdemocracia un mero reflejo de la sociedad, pero no su espejo y menos su conciencia. A la socialdemocracia le falta más sueño y menos “concretismo”.  

Puede ser ingenua esta visión, pero la prefiero a esperar al desgaste de un gobierno y, cuando está cerca, salir corriendo para tomarme la foto, con la excusa que la política “es una misa a cuerpo presente”. A ese “cuerpo presente” le falta diagnóstico y contexto. No es la técnica por adorar a la técnica –porque en política, se sabe que terminan en autoritarismos- sino la técnica en función de ofrecerme un diagnóstico y contexto, para ubicarme en el presente pero anticipar el futuro.  

Posiblemente la idea de Hubard del “demócrata enojado” ayude a los socialdemócratas a salir de la modorra de los “temas serios”, y puedan anticiparse a los “temas de los grandes consensos” del futuro, y en ese ejercicio de anticipación, dinamizar la acción política, para que sea seria en su concepción, pero fresca en su ejecución.     
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