Léeme en otro idioma

domingo, 3 de mayo de 2015

La república liberal democrática



Normalmente, no comento los libros que leo en el blog, sino en un tuitlonger. Así lo he hecho casi siempre. Voy a romper –nuevamente, creo por segunda o tercera vez- esta costumbre porque en la Venezuela de hoy, tal vez convenga hacer de una reseña bibliográfica, una entrada para el blog. Hay buenas ideas y perspectivas en los libros que leo, que no conviene dejarlos solo en un tuitlonger, sino en un artículo mas permanente. Es una vía para compartir la emoción y aprendizaje que se tiene acerca de nuestro país, tarea siempre importante, y hoy más.

Posiblemente esta vía ayude a comprender mejor nuestra sociedad, y a ofrecer ideas en un momento que se necesitan porque la política no puede reducirse solo a “patear calle” o repetir consignas. Parte de la inercia de nuestra política que se pega en la piel, es por la carencia de ideas o si existen, no se manifiestan más allá de consignas.

Me queda la disonancia de no haber hecho esto con otros libros, también interesantes y con contenidos valiosos para compartir con los lectores del blog. Trataré de hacer reseñas con mayor frecuencia.

Entiendo que las más de las veces –la ya conocida imposibilidad del “filósofo-rey” de Platón; y sus versiones recientes de Michael Ignatieff en Canadá o Monedero en España, con Podemos- en política hay que ir “con la corriente” –aquí, hablar de “guerra económica” o “los enchufados”, por citar un par de mensajes- más que ofrecer una idea o una propuesta que al menos balbucee un futuro. Ir contra esta regla se paga caro en política, como muestran los casos de Ignatieff y Monedero.

Uno lee en medios y redes sociales artículos y las famosas “cartas abiertas” de personas dirigidas al “chavista descontento” o al “opositor desanimado”, para estimularlos a votar, pero en el tono tradicional de menores de edad –“sabemos que estás triste o decepcionado, pero…”- con el que buena parte del discurso político venezolano trata a las personas, lleno de monsergas moralistas o “del deber ser”.

El pueblo confía en el voto, buena parte de la clase política no confía. Tal vez las “cartas abiertas” deban dirigirlas a esa clase política, para invitarlos a ser más responsables o menos incoherentes (no me gusta el voto-ahora me gusta el voto-pero es solo una etapa-por lo que más adelante no me va a gustar-pero cuando las cosas no salgan como quiero-me volverá a gustar; y así, se repite el ciclo).

Por eso se aprecia un libro con ideas y maneras de ver las cosas, no solo desde la perspectiva del autor sino en una serie de documentos políticos en distintos momentos de la historia de Venezuela a partir de 1960 hasta 1992.

Me refiero al trabajo de Guillermo Tell Aveledo Coll, titulado La segunda república liberal democrática 1959-1998, editado por la Fundación Rómulo Betancourt en 2014.

El libro tiene dos partes. La primera, el análisis de Aveledo Coll sobre la construcción, madurez, y crisis de la “segunda república liberal” entre 1958 y 1998. La segunda –la antológica- con una muy buena selección de 15 documentos que retratan las tres etapas que examinó el historiador.

El profesor de la Unimet arranca su ensayo definiendo lo que es democracia liberal –el poder del pueblo pero con límites contra los abusos; por ejemplo, el pluralismo político- y aunque este sistema político es de vieja data en la teoría política, me pareció acertado que el libro comenzara de esa forma.

La razón es porque pienso que la democracia liberal es el modelo que funciona en Venezuela, y a riesgo de ser positivista, es el que mejor calza en “nuestra constitución efectiva”.

Mi cercanía también viene porque forjé una actitud positiva hacia este sistema. En casa, en las domingueras reuniones de la familia para hablar sobre política, escuchaba de los adultos y viejos la expresión “el modelo democrático liberal”, rodeado de atributos positivos. Eso me quedó.

Doctrinariamente, me parece un modelo flexible, que va más acorde a la naturaleza de la política –no es casual que Aveledo comience su ensayo con una cita de Gonzalo Barrios, quien afirmaba que la “política no puede reducirse a ecuaciones”- al buscar el compromiso entre los sueños y la realidad.

También es el más republicano y el que más cabe en los zapatos políticos del ciudadano de a pie. Es un sistema humilde, sin la teatralidad de los modelos que compiten con él. No es el "hombre nuevo" del marxismo revolucionario, el "nacionalismo" del pretorianismo, o "la dignidad" o el "honor" de modelo aristócrata. Es algo mejor: soberanía popular y pluralismo para la no dominación (pública o privada).

Este compromiso político se representa en la expresión que define la forma de Estado en la constitución de 1961, “El Estado social de derecho”; o en la constitución de 1999, “Estado democrático y social de derecho y de justicia”, bellas expresiones que a mi modo de ver, sintetizan las luchas y son la nuez de lo venezolano desde el punto de vista político.

En los hechos, este sistema ha probado ser más eficaz que las alternativas que menciona el profesor de la UCV, ya mencionadas: la marxista-revolucionaria, la pretoriana, y la aristocratizante.

La marxista-leninista es la que desarrolló Chávez y desarrolla Maduro, pero “el modelo” tiene severas fallas y se debate entre burocratizarse con la planificación centralizada, o ir a la esencia del Estado democrático y social de derecho y de justicia de la carta magna de 1999. Hoy, los hechos apuntan a la burocratización de la planificación centralizada (más controles).

Alternativas pretorianas tuvimos, tal vez la de mejor factura haya sido la de Marcos Pérez Jiménez, en una combinación nacionalismo-desarrollismo-autoritarismo-liberalismo.

Opciones aristocratizantes no hemos tenido en tiempos recientes, al menos no de forma directa (salvo que se asuma que las “luces del gomecismo”, los “intelectuales” que rodearon a López y Medina, y los “tecnócratas” de CAP II, sean formas del modelo aristócrata), pero considero que esta opción va a ser relevante en el futuro del país, con posibilidades de ser gobierno (no sé si con sentido de Estado). 

Estimo que esta corriente es la que hoy domina la opinión pública en la oposición; la “gente de la dignidad” que no conversa, dialoga, o espera, sino asume un destino manifiesto y ser mejor que el resto, con sus valores nietzschianos. Tal vez sea gobierno en un futuro, pero al final, me atrevo a vaticinar, que el Estado social y democrático gozará de buena salud, aunque el modelo aristócrata no lo quiera.

Definido el sistema democrático liberal, Aveledo Coll aborda cómo fue la “ingeniería política” para que ese sistema funcionara, sin obviar la realidad que entre sus promotores no se tenían confianza y justamente, el reto fue construir esa confianza. Otra manera de titular el libro del historiador podría ser, “La segunda república liberal o la posibilidad de la política en la Venezuela de 1959 a 1998”.

Me gustó el enfoque sobre cómo a partir de las diferencias –por eso existe la política, así como la escasez marca la existencia de la economía- se pudo construir un modelo que no fue perfecto –Aveledo destaca la tensión permanente entre el sistema y el modelo de Estado; entre participar y satisfacer- pero que logró un equilibrio en las tres luchas de la historia de Venezuela: soberanía popular, Estado social, y pluralismo político.

Otro punto a favor del autor, es la visión de esta construcción “descaraqueñizada”. Aveledo Coll destacó la importancia y el papel jugado por los estados, a pesar que en la constitución de 1961 los estados no eran relevantes en el diseño institucional, pero Aveledo comunicó una visión nacional que le da entidad a Venezuela como proyecto de todos.

Igualmente –algo poco común estos días- una visión optimista del ciudadano promedio, que contrasta con la visión más ilustrada que le atribuye poca resiliencia y conciencia histórica a los votantes, “pero la democracia liberal encara ese riesgo”. En ese riesgo, está la libertad.

Si lo leí bien, Aveledo Coll sigue la línea de los historiadores militares de Venezuela, al hablar sobre las FAN: una tensión civil-militar, que algunas veces hizo peso sobre la administración civil.

Al final, el juicio sobre la afirmación precedente viene de la percepción de los grados de tensión que existen en la relación civil-militar –presente en todos los países y sus FAN- pero pienso que Punto Fijo logró un adecuado manejo de esa tensión, y pudo superar pruebas como la lucha armada de los 60, el 27F de 1989, o los intentos de golpe de 1992. Pondría más el peso en lo civil que en lo militar, como logro del modelo democrático liberal.

Sin embargo, Punto Fijo abandonó a sus FAN, y lo que Aveledo Coll llama el “imaginario histórico militar” –siempre presente en nuestras FAN- comenzó a competir con el proyecto liberal democrático, pero ya agotado, como lo dejó ver Caldera en su discurso en el Congreso al ocurrir el intento de golpe de Estado del 4F de 1992, documento que el doctor en ciencias políticas incluyó en la antología de su libro.

Al escribir sobre la madurez y crisis de Punto Fijo, Aveledo Coll lo hace desde una perspectiva crítica –en su estilo formal y ponderado- y es un modo valioso para entender procesos, y por qué los éxitos y fracasos del sistema democrático liberal.

La tesis de Aveledo Coll es que la segunda república liberal democrática avanzó en la construcción de una democracia normal –logró, como dice el autor, “el alcance de metas largamente planteadas por la sociedad venezolana”- pero en la tensión constitutiva del sistema (entre el sistema político y la forma de Estado, y su expresión en la economía política que sustentó Punto Fijo), hubo problemas que no fueron abordados a tiempo por los actores políticos, por lo que los esfuerzos fueron tardíos, junto a una sociedad más proclive a apostar por opciones salvadoras.

Las cuatro variables –al decir de Caldera en 1992- que hicieron exitosa la segunda república liberal dejaron de funcionar: el liderazgo político no estaba unido, estaba ausente o debilitado el compromiso social de los empresarios, la partidización tocó a las FAN, y el pueblo perdió la fe en el modelo democrático liberal.

Aveledo retrató bien los problemas del sistema y la conciencia -en los documentos de la antología- sobre su existencia. Oportuno en un momento en que la sociedad quiere despachar su responsabilidad frente a su pasado.

Hoy hay algo como una “idealización a la regresiva”. Se idealiza la república liberal a pesar que fue detestada por muchos que hoy la ensalzan, así como hoy muchos idealizan un Chávez que no existió –con el cuento, “Con Chávez, esto no pasaba…o no pasaría”- tal vez para justificar la disonancia de sus silencios cuando Chávez reinaba con 70% de popularidad, e importaciones y dólares baratos a 1,60 bolívares por dólar, con los que subvencionó buena parte del "honor” nacional que hoy se siente mancillado con Maduro, y exige "una satisfacción".

Aveledo Coll destaca algo importante en su trabajo: pese a los problemas y críticos de la república liberal, ésta venció dos obstáculos. El primero, lo que Castro Leiva llamó la “antropología del pesimismo”, que atribuye pocas capacidades políticas al ciudadano común (aunque percibo un regreso de esta antropología, empujada por la situación política venezolana), y se demostró la capacidad de construcción institucional del venezolano. Lo segundo, los competidores del modelo democrático liberal aceptan la “apelación electoral a la soberanía popular”. En sencillo, aceptan el voto, aunque algunos no crean en el o lo utilicen como "medio" para otros "fines".

Esto último, para el autor, sugere que la democracia liberal corre el riesgo que el voto sea “mero trámite plebiscitario o el espacio de unos pocos”, y su adversario, “la demagogia salvadora” gane terreno –en lo personal, creo que lo ha ganado- tanto en la versión marxista-revolucionaria, pretoriana, y aristocratizante. En cierto modo, estamos hoy más cerca de lo que Betancourt llamó “los mercaderes de golpes de Estado” (de cualquier signo, con buen público).

Los retos que nos esperan a futuro para quienes creemos en el modelo democrático liberal son inmensos, especialmente porque los adversarios, al decir de Aveledo, son “tenaces y engañosos”. Y en épocas de crisis, la gente quiere dejarse engañar y seducir ¿Propuestas, programas? No, solo confirmar lo que creo, y dejarme seducir por alguna “demagogia salvadora” (sea el "hombre nuevo" de la vanguardia leninista o la “dignidad” de la “sociedad decente”).

La segunda parte del libro es la antología. De los 15 documentos que incluye Aveledo Coll, y que retratan el inicio, la madurez, y la crisis del sistema democrático liberal, me agradaron cinco.

Los dos que comienzan la antología. Uno de Betancourt, cuando firmó la ley de reforma agraria en 1960. El segundo, de Caldera, cuando se firmó la constitución de 1961.

Las dos son optimistas, comunican un país “in the making” –algo que se extraña estos días, con una opinión pública plagada de recriminaciones y de lo “mal que se pone esto”- y un acertado diagnóstico de la Venezuela de ese entonces, con entendimiento de nuestro pasado, pero con la mira puesta en la Venezuela deseada.

Me gustó más el diagnóstico de Betancourt, en el esquema del materialismo histórico del cual abrevó cuando joven, para entender las luchas sociales de Venezuela, junto a su economía política, bien planteada en otro gran documento político venezolano, el plan de Barranquilla.

Los restantes tres documentos corresponden a la etapa de madurez y crisis del modelo democrático liberal, y son de Juan Pablo Pérez Alfonzo, Carlos Rangel, y la Copre.

En común, los tres tienen una perspectiva crítica, con buenos argumentos, muchos de los cuales son válidos hoy día.

El texto de Pérez Alfonzo es de 1975, de su conocido trabajo “Hundiéndonos en el excremento del diablo”. Allí, el impulsor de la OPEP documentó las distorsiones sociales y de economía política en la Venezuela de 1975 (y antes), en lo que llamó el “Efecto Venezuela”.

De muchacho leí las críticas del exministro de Minas e Hidrocarburos, pero en ese entonces –finales de los 70- Pérez Alfonzo me pareció un señor inconforme que para protestar contra lo injusto, se fue a sembrar en El Tacal (estado Sucre). Volverlo a leer, en la distancia del tiempo y como adulto, me indica que su inconformidad no era solo protesta o majadería, sino alerta ante la desigualdad social en Venezuela, en la época en que el cielo parecía ser el límite y los dólares abundaban.

El documento de Carlos Rangel es de 1984. Comienza con una afirmación que bien pudiera ser dicha hoy y nadie sospecharía que se dijo hace poco más de 30 años: “El optimismo ha quedado desacreditado en Venezuela” (aunque no lo dijo por gusto). Eso fue en 1984. Seis lustros después, seguimos en lo mismo. Extraño país mi país, adicto a repetir procesos no siempre sanos, y parece sentirse a gusto con su repetición.
  
En casa, se veía el programa que Rangel tenía con Sofía Imber, “Buenos días” por Venevisión, y también de muchacho leí el libro por el que se conoce a este pensador liberal, “Del buen salvaje al buen revolucionario”. 

A pesar de estar en aceras distintas –él liberal, yo socialdemócrata; aunque en esa época me veía como un “leveller”- aprecié (y aprecio) de Rangel no solo su densidad sino algo poco común en Venezuela, al menos en ese nivel: poca mezquindad, como lo revelan las palabras del texto de Rangel que incluyó Aveledo Coll en su libro, al reconocer la transformación que la democracia liberal hizo en Venezuela, pero criticando lo que llamó el “ideologismo estatizador” el cual para Rangel, "(...)podría bloquear toda solución a la crisis y hasta causar el colapso del sistema democrático".

Ojalá los liberales y aristócratas de hoy, mostraran algo parecido a la densidad de Rangel y su sentido para reconocer logros que no estaban en su esquina doctrinaria. 

Finalmente, el trabajo de la Copre, de 1988. Fue el que me gustó más. Es de lectura lenta y algo fastidiosa, pero es denso y subversivo. Lo fue en 1988, y lo sigue siendo hoy.

Se entiende por qué informes de ese calibre –no solo cuando AD-Copei- no fueron más allá de algunos cambios, y la política prefiere desecharlos en el “silencio administrativo” o designando nuevas comisiones para las comisiones. Y como decía un protagonista de una serie política famosa de la BBC en los 80 en Inglaterra, “Sí, ministro”…..si en política no quieres que algo avance o quieres retrasarlo, “nombra una comisión”. Algo que gusta mucho en el mundo político criollo, las famosas “comisiones” que entregan informes que muchas veces se engavetan o pasan…a otras “comisiones”.

La selección de Aveledo Coll de los textos políticos de la Copre es impecable, en tanto su lectura da en la diana sobre la naturaleza real y no formal del poder en Venezuela. Se pudiera decir que el diagnóstico de 1988 es válido hoy, tal vez con mayor fuerza. Veamos:

“A estos núcleos de poder paraestatal no les interesa la institucionalización, pues de esa manera el poder sería ejercido desde órganos regulares del Estado, y se verían obligados a hacer valer sus influencias a través de mediaciones más complejas. Este es un hecho central que vale la pena señalar: no les interesa la institucionalidad porque de esa manera perderían el poder que ostentan”.

Lo paraestatal sigue siendo un fardo para la institucionalidad en Venezuela. Lo fue en el modelo democrático liberal, lo es -con mayor fuerza- en el socialismo del gobierno actual.

¿“Eramos felices y no lo sabíamos”? No. Otra gran mentira. “Eramos felices, lo sabíamos, pero no quisimos ver las señales de alarma para cambiar”. A la luz de los documentos de la antología del libro del politólogo ucevista, es más honesto afirmar lo segundo que lo primero.

Celebro este libro de Guillermo Tell Aveledo Coll. Bien escrito, bien documentado. Está en la línea que examina la historia de forma menos empalagosa, aunque institucional –como el texto de Urbaneja, “La renta y el reclamo”, que comenté hace unos meses en un tuitlonger- enfoque necesario en estos momentos en que confrontamos nuestra propia esencia como país ¿Cuál sociedad queremos?

Para quienes creemos en el modelo democrático liberal, este libro es un aporte para esa reflexión que necesita macerarse y traducirse en ideas políticas, las que no serán para este momento, pero que serán. Me temo que nos espera un largo invierno en el que pasarán las opciones marxistas-revolucionarias, las pretorianas, y las aristócratas, pero al final, el modelo democrático liberal estará allí. Quizás para ese entonces, la sociedad lo sepa apreciar, y sus promotores políticos tengan mayor visión y responsabilidad para cuidarlo y cambiarlo, a medida que la sociedad cambie.
Publicar un comentario