Léeme en otro idioma

lunes, 24 de agosto de 2015

Por un discurso civil



Quedará para lingüistas e historiadores rastrear cuándo se perdió el discurso civil en Venezuela –indagar, primero, si en verdad hubo uno- y se abrió la puerta a un discurso banal, tonto si se quiere, que hoy mutó a una versión amigo-enemigo, propia de la política tribal e identitaria como la que se hace en la Venezuela de hoy, y también en varias partes del mundo. La vigencia de la famosa frase que se dice pronunció un “insigne jurista” venezolano, “Para los amigos todo, para los enemigos nada, para los neutrales, la constitución y las leyes”, solo que la versión actual de esta viveza criolla encierra un mayor nivel de destructividad y exclusión que la frase original, que muestra que entre nosotros la institucionalidad ha sido una meta que no siempre se logró, y hoy parece estar nuevamente lejos.

En la época que las elites y buena parte de la sociedad civil farfullaban que Venezuela “no necesitaba políticos sino gerentes”, y el prototipo de la “gerencia exitosa” era Osmel Sousa –quien, de verdad, debería probar y lanzarse a algún cargo público, ahora que las misses están en el ojo de los políticos para hacer familia o pareja- Luis Castro Leiva, para criticar la recurrente banalización de la sociedad venezolana, acuñó la expresión “Osmelismo” al referirse a ese clima en el cual las elites de medios, parte de la ruidosa intelligentzia venezolana, y de los políticos, “compraron” la idea que había que quitarle al discurso sus contenidos políticos, doctrinarios, e institucionales para hacer uno light, que “subiera cerro”; discurso al que aplicaron todos sus prejuicios hacia lo popular, del que salió el “discurso del malandreo”. Todo el mundo era (¿todavía son?) “malandro” y la moda era “el malandreo”, reflejado en sketches cómicos o late shows, muy populares en el público “culto” de Venezuela.

Nada de darse un paseo por los estudiosos o conocedores de la lengua para crecer dentro de nuestras “buenas y malas palabras”, sino lo contrario, promover un discurso falsamente popular, que se hizo dominante, hasta el día de hoy.

Me parece que todo este clima de violencia y de incordio que vivimos en la actualidad puede indagarse en esa banalización del lenguaje y de lo que las cosas significan. Es como que el lenguaje después de tantos maltratos, tomó vida propia, y decidió vengarse de la sociedad que lo creó y hoy dice, “yo no fui”.

El caso Hergueta lo evidencia. Ahora todo es “descuartizaron”: la verdad, el país, las candidaturas, la billetera, el salario, y ponga usted la frase que vaya con “descuartizó”. Con esa “inocencia” y “joda” venezolana, siempre ausente de su propia maldad, que la proyecta en los “otros”: o es el “guión cubano” o es el “guión paramilitar”, pero los venezolanos nos sentimos exceptuados de hacer cosas horribles a pesar que las hacemos (y cada vez con escalofriante frecuencia). Es esa capacidad para desdoblarse y cometer el abuso, sin sentir responsabilidad, con una tranquilidad pasmosa, lo que el discurso banal ya no puede ocultar. En todo caso, su producto ahora es el cinismo, muy abundante en el país. 

Tal vez en la Venezuela “alegre, bonachona, inocente” que buscan los venezolanos que Leonardo Padrón encontró en el túnel del tiempo que es Panamá para los compatriotas, y que retrató en su columna en El Nacional del día 23-8-15, ese desdoblarse era inofensivo. Pero en una Venezuela con profundas diferencias que ya son estructurales, puede ser perjudicial. 

Sorprende leer en tuiter a muchos adoradores de la banalidad en el pasado, mostrarse hoy como “señores respetables e indignados” que esperan que en una cola “mientras sacan el pollo”, uno hable sobre Ayn Rand o Von Mises –por cierto, bienvenido el debate sobre estas personas, si ocurre- cuando pasaron toda su vida promoviendo la idea que un discurso con contenido no “sube cerro”, y que la aspiración para ser “popular” o “pueblo” se limitaba, por ejemplo, a comer empanadas mientras se esperaba el Encava o el Yuruani, bizcochos con Riko Malt, o una catalina con Frescolita. En la actualidad, estos cultores de la indiferencia en el pasado, le reclaman a las personas “por qué se acostumbran a las colas”.      

Posiblemente esta dura época que vivimos sea la oportunidad para recuperar un discurso civil. 

Cuando escribo discurso civil no me refiero a un discurso que niega o falsea lo popular, de etiqueta o algo así –aunque las formas siempre cuentan- me refiero básicamente a un discurso doctrinario que expresa posiciones. No es un discurso en contra de per se, sino a favor de o un discurso civil sobre un asunto, en el que se puede ser diferente y buscar la diferencia. Por ejemplo, el discurso civil no es un discurso contra lo militar o “los milicos” en la jerga de moda, sino un discurso civil sobre lo militar (que puede ser crítico de lo castrense). 

Tampoco es lo que en Venezuela se entiende por un “discurso de centro”, que es no tener posiciones en los asuntos, sino en cosas muy generales que igualmente son nada. 

Al principio, este discurso funciona bien, pero cuando llega el momento de las precisiones –que no pueden evitarse, en una sociedad con fracturas de todo tipo como la venezolana- falla porque evita el compromiso, en la lógica del discurso “atrapa todo”. Esto puede explicar por qué, al ver las encuestas, algunos políticos de oposición están estancados en los números. Varios arrancaron bien y subieron meteóricamente en el agrado o la evaluación positiva, pero luego se estancaron en sus valores. Me atrevería a conjeturar que la estabilidad ocurrió cuando evitaron fijar posición o hacer precisiones, algo que a los venezolanos nos cuesta un mundo, porque todavía seguimos chapados en la idea de “hoy por ti, mañana por mi”. 

Una cosa es ser de centro, y otra no tener una posición sobre un tema, para aparentar "estar en el medio". 

Ponerle contenido al discurso político ayudará mucho a manejar las diferencias en nuestra sociedad –a mi modo de ver, necesarias y no hay que temerles- de forma constructiva y realista. Somos “alegres, bonachones, inocentes”, pero podemos no serlo. Podemos ser implacablemente destructivos –como en efecto lo somos- y la pretendida “inocencia” que “así no somos” por los “otros que son malos”, ya no funciona, ante el peso de los hechos que hoy vemos. 

Tener conciencia de lo anterior puede ser el primer paso para recuperar un discurso civil.

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