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viernes, 1 de enero de 2016

6 deseos políticos para 2016




Como dice la canción, “Año nuevo, vida nueva”, la que también se aplica a la política. Para esta ciencia o arte de las relaciones humanas en términos de poder, cada año comienza con expectativas y deseos para un mejor orden político. Si pudiera desear seis cosas para la política venezolana en 2016, serían las siguientes:

1.-Que el voto se mantenga como valor por excelencia para la expresión política
El 6-12-15 significó para muchos reencontrarse con el voto, del que se habían alejado. Pero para la mayoría de los electores, el sufragio sirvió para comprobar, nuevamente, que el voto es el mecanismo por excelencia de la sociedad para canalizar sus diferencias o manifestar sus preferencias políticas. El 6D los votantes optaron por cambiar al “gobierno” de la AN, sin echar un tiro, sin la épica dramática que para muchos debe ser la política, pero sí con serena y firme responsabilidad ciudadana. Más que transición, el elector dio otro paso en el largo camino de la alternancia, que arrancó en 2007. Además, el elector venezolano sufraga de forma muy racional –si se está de acuerdo o no con su decisión, es otra cosa- con mensajes muy claros para los actores políticos, los que muchas veces no entienden o no quieren comprender el significado de una elección. Ojalá esa racionalidad que tenemos para el voto, la tuviéramos para otras cosas. Seríamos un mejor país. 

2016 se perfila como un año de alta tensión política, y es mi deseo que como sociedad mantengamos al voto como valor al cual remitirnos para cuando el conflicto se haga intratable, que puede ocurrir, y no sería la primera vez. El voto puede ser el “intangible” que tiene un sistema político, al que acuden todos cuando sus diferencias no pueden resolverse por vías institucionales. En Venezuela, la constitución no parece tener esa fuerza como “intangible” -cada quien la intrepreta a su "real gana"- pero el sufragio sí la tiene, como lo evidenció el 6-12-15, en la que la participación se acercó al 75 por ciento de votantes.

Así como se dice que una de las funciones de un banco central es ser “prestamista de última instancia”; algo parecido con el voto, “prestamista político de última instancia”, cuando los políticos no puedan resolver las diferencias, que luce será algo frecuente en la Venezuela que viene. 

Si en 2016, la sociedad mantiene su apego al voto, sería un gran logro.

2.-Que la lucha existencial sea lucha agonal
La paz política en Venezuela es un propósito difícil de lograr. Por paz política entiendo una situación en la que la interacción de los actores políticos no supone su eliminación o anulación, momentánea o definitiva, aunque esa interacción puede ser institucional, pugnaz, o ambas (como es en la realidad). 

En nuestro país, la dinámica política consiste en eliminar o anular al adversario -ahora "enemigo"- aunque no se declare o se quiera reconocer de esa forma. Esto es lo que caracteriza a la política venezolana hoy día. Es un asunto de poder y posiciones, en su sentido más crudo, que tiene su origen en proyectos excluyentes, pero en una gran desconfianza entre los actores políticos: cada actor percibe al otro con los esquemas de “me quiere eliminar”, sin posibilidades para dialogar o, al menos, para acordar ciertos tópicos como “temas de Estado” –la seguridad, la economía, por ejemplo- que puedan tener un tratamiento menos conflictivo.

Mientras la desconfianza no ceda un poco, el conflicto existencial se mantendrá, abierto o tras bastidores. Y quienes pueden hacerlo, parece están dispuestos a seguir en la lucha existencial, al precio del deterioro y desgaste del país, de forma abierta o solapada. Es la realidad de la real politik. A diferencia de la sociedad, tienen recursos para aguantar y, en cierto modo, sus pérdidas son “socializadas” por el país, lo que es un incentivo para mantener el conflicto. En este sentido, Venezuela es una sociedad políticamente inelástica: la renta produjo y todavía produce tanto a pesar que el petróleo está en 30$ el barril que nada mueve o conmueve, y esto solo ofrece incentivos para no cambiar. Sobreviven solo los que pueden resistir, para lo cual hay que tener recursos o apoyos de algún tipo.

Tal vez por esto, los conflictos políticos duran años y décadas, y algunos, no pueden resolverse, y solo queda convivir y aminorar sus efectos en las personas, que ven perdidas proyectos de vida u oportunidades, y a las que le queda ser parte de una estadística de la crisis o caras anónimas para el reportaje de algún “ancla” o “pluma” famosa para, también, algún medio “famoso”. Como sociedad, optamos por sacrificar a una generación de venezolanos, que cambiar para tener un país más generoso. Y me parece que estamos dispuestos a sacrificar a otra generación. Lo trágico de todo esto, es que los “ganadores” con la crisis son pocos pero muy organizados, muy eficientes en el manejo de medios y “matrices de opinión”; mientras que los “perdedores” con la crisis son numerosos, pero muy desorganizados y con mucha desconfianza. 

Si en 2016, se empuja para que el conflicto sea agonal y no existencial, habremos iniciado la ruta para alcanzar la paz política que Venezuela demanda, para ser un país más fraterno con sus nacionales. 

3.-Una sociedad más crítica de sí misma
Ser intelectual no es solo ser culto o aparentar serlo, es también ser crítico sobre la sociedad en la que se vive. Un ejemplo es Susan Sontag y su artículo en The New Yorker luego del 9/11. Su cita, “And this was not Pearl Harbor” fue un revulsivo para esa sociedad. En momentos que ese país estaba conmocionado por el ataque terrorista y los llamados eran a favor de la unidad nacional, Sontag tuvo el coraje para criticar la política norteamericana y el tratamiento interno al 9/11, “The politics of a democracy(…)has been replaced by psychotherapy”, escribió su aguda pluma apenas ocurrieron los hechos. Por su crítica en un momento tan duro para su nación, fue llamada “anti-norteamericana”.

Esa es la tarea del intelectual: ser menos celebridad, y ser más crítico. No aspiro a que Venezuela sea una sociedad a lo Sontag, porque nos gustan las celebridades y no los críticos –posiblemente por eso, muchos de nuestros “intelectuales” más reconocidos, son humoristas, escritores de telenovelas, personas “de los medios”, y los encuestadores entraron en la competencia- y porque sería caer en lo mismo que se critica: tratar de “manufacturar una opinión”, en este caso, una opinión crítica, formal, seria, que no va con el espíritu de la opinión pública venezolana ni con la libertad para opinar, pero algo de crítica puede ayudar a que la sociedad venezolana funcione mejor.

Parte del “juego trancado” que hay en Venezuela es porque casi todas las organizaciones y funciones, no juegan su rol. Cada quien es “partisan” o “amigo de la causa”, y es lo que socialmente se valora y premia. No tenemos una opinión pública crítica, sino matrices de opinión que favorecen a la “causa” y a los “amigos de la causa”, que defienden. Esa es la opinión política en Venezuela, que ha sido y es así en nuestra historia. Como opinión es buena, con mejores “plumas” y “firmas” qué duda cabe, pero hoy pienso que esa opinión no ayuda mucho, salvo a reforzar posiciones y a ofrecer visiones conservadoras de la realidad. En su irreverencia –porque es una opinión ruidosa y con frecuencia despiadada, pero no valiente ni magnánima- está su carácter conservador, que no permite ver o analizar más allá de lo aceptado por los grupos que la promueven. Al final, es una opinión encerrada en sí misma: se reafirma lo que ya se cree, y los consensos son los de siempre con los de siempre. 

Aclaro: normalmente, las entradas al blog las pienso en la mente y hago un esquema mental, que desarrollo en la cabeza. Luego, me siento a escribir. El rifirrafe por lo dicho por Capriles-López Gil, ejemplifica lo comentado previamente. Lo escribí antes de este quilombo, ocurrido a finales de diciembre de 2015. 

Otra aclaratoria: quienes leen este blog con regularidad, saben de mi desacuerdo con “La salida”. Cuando pertenecí a la Secretaría Ejecutiva de la MUD (2009-2014), expresé en las instancias correspondientes, mis reservas y desacuerdo con “La salida”, antes, durante, y después. De la misma forma, expresé mis reservas y desacuerdo con la estrategia del “ilegítimo” que siguió la oposición en abril de 2013; lo hice antes, durante, y después de forma clara y argumentada, lejos del protocolo de las elites de “los hombres maduros que se miran a los ojos para decirse sus cosas”, o cuando era “seguro” decirlo, como parece ser ahora: algunos de los que con Chávez estaban callados –“la conexión emocional” y “no hay que polarizar con Chávez”, eran las consejas de ese entonces ¿recuerdan?- hoy lucen irreconocibles por lo virulentas de sus opiniones. Digan lo que digan hoy, a Chávez le tenían miedo. 

En los dos casos, expresé mis puntos de vista a conciencia que mis opiniones serían incómodas y sería etiquetado como “moderado” o “ingenuo”, pero las cosas políticas –como escribió el poeta Havel- hay que decirlas cuando hay que decirlas. En ese sentido, cumplí con mi conciencia. “Fin de comunicado”, como dicen en tuiter.

El punto que me interesa destacar de la polémica Capriles-López Gil no es lo que hayan dicho o dejado de decir. Por mi, están en libertad de opinar lo que les plazca. Leo a Capriles en su blog, y también leo a López Gil en El Nacional. Lo que llamó mi atención es que buena parte de las respuestas a este brete digital fue que “no era oportuno” o “no era el momento”, pero –este es mi punto- ¿Cuándo en Venezuela será oportuno o el momento para hablar sobre los temas gruesos? Para los “componedores de la comarca” que abundan en Venezuela, “nunca será oportuno” expresar algo crítico. Desde que tengo uso de la razón política, lo que escucho es eso: “no es el momento”. Si se hacía una crítica, era “hacerle el juego al gobierno de Copei” (o AD, o a los "subversivos"). Ahora, es “hacerle el juego al régimen”, "a la derecha", o “al enemigo” (¿).

Esta manera de enfocar la crítica tiene un miedo y un abuso. El miedo, es el temor atávico al faccionalismo de la última proclama de Bolívar o del “trienio adeco”. Como expresar diferencias “polariza”, entonces, es mejor hablar superficialmente y ser campeones de los “grandes consensos”, como si los consensos nacieran de los consensos y no de los disensos. Si la sociedad venezolana no sabe discutir o debatir –todo aquí es una herida narcisista- es otro problema, distinto a la “oportunidad” o al “momento”. 

El abuso es que como “no es el momento”, unos cuantos vivos de la política buscan controlar la opinión y lo que se dice, de manera que la opinión pública discurra por canales “consensuados” sobre lo que se va a decir. Por supuesto, la crítica también será “consensuada”: solo se acepta la crítica que agrade a los “amigos de la causa” o sea consonante con mi “república de amigos”. 

Mi otro punto es ¿Una sociedad así, puede reclamar para sí la etiqueta de democrática o liberal, como farfullan varios? Bien difícil. 

Imagino que si los “componedores de la comarca” reinaran en los EUA con la misma fuerza con la que lo hacen en Venezuela, Sontag no hubiese escrito su artículo porque “no era el momento oportuno” o tenía que hacer las críticas en una reunión privada con Bush, “para verlo a los ojos y decirle sus cosas”. Si este hubiera sido el caso ¿Con qué moral esa sociedad criticaría hoy el waterboarding usado por la CIA en detenidos para obtener información? Una opinión crítica complica el trabajo a la “sociedad de cómplices”. 

Asumir de vez en cuando el rol de Susan Sontag como opinión crítica, posiblemente ayude a destrabar temas o discusiones en el país, y a debilitar la “sociedad de cómplices” venezolana, que tal vez fue funcional en algún momento, pero hoy, es totalmente disfuncional.

En Venezuela tenemos que decirnos muchas cosas, algunas de ellas muy desagradables porque nos invitarán a confrontarnos con nuestras creencias más firmes. Hay que hacerlo, sea o no el “momento oportuno”. La AN puede ser un espacio para ello. Si fuera por mí, enfatizaría no solo su rol como espacio para legislar o controlar, sino su rol de foro, de espacio para “parlamentar”; algo como la “casa de todos”, y hacer sesiones o invitaciones para que todos los sectores del país, con la mayor amplitud posible, vayan a esa “casa de las leyes” a decirse sus cosas –si se “quieren ver a los ojos” para eso, bien- a ventilar sus agravios, pero también sus expectativas y a escuchar sus compromisos con Venezuela. 

Si en 2016 se logra avanzar aunque sea una pizca en una opinión más crítica y menos de “los amiguitos de la causa” o de las famosas “matrices de opinión”, me doy por satisfecho. 

4.-Fortalecer las instituciones políticas
Son muchas las instituciones políticas, pero me refiero a una en particular: los partidos políticos. No para intervenirlos o regularlos –iría en contra del pluralismo político y la libertad para organizarse- pero sí para promover una atmósfera de mayor competencia, y ofrecerle piso a los partidos para su desarrollo. Un sistema de partidos que sea más competitivo y tenga sus “pesos y contrapesos”, puede darle solidez a la gobernanza de un país, que un sistema en donde los partidos estén debilitados o muy cuestionados, pero sin opciones. 

Pero no solo como “maquinaria electoral”, sino como organizaciones con doctrina, con vida interna, que creo será una variable que pesará en la política venezolana del futuro. A diferencia de Punto Fijo y su idea de la “democracia mínima” en la que no había discusiones sobre valores sino instrumentales –por ejemplo, hay que dar vivienda, y menos cuál vivienda o cuál visión de lo urbano, porque “polarizaba” y hacía visible el temor de esa generación: el sectarismo del “trienio adeco”- me luce que la política venezolana del futuro tendrá más debate sobre valores, junto a lo instrumental, porque aunque lo que interesa son los “problemas de la gente”, pareciera que hay que decidir sobre las visiones para abordarlos. Partidos con mayor densidad en su doctrina (y explícita), pueden facilitar una discusión nacional más informada, aunque también más pugnaz, pero en la Venezuela del futuro, veo inevitable la pugnacidad y el conflicto en temas de política y de políticas. En dos platos, pienso que el sistema político venezolano del futuro debe construirse al partir de un reconocimiento de las fracturas sociales y políticas, y no negarlas bajo la idea de una armonía que fue rota por los “malos” (los “sospechosos habituales” para cada grupo).

Cuando escribo esto, pienso en reformas o legislaciones como las que tienen México o Colombia, que con todas las imperfecciones que exhiben, buscan promover partidos más auditables, transparentes, competitivos, pero también con capacidades para crecer, hacer política, y llevar sus ideas a la sociedad. 

El artículo 67 de nuestra constitución es un primer paso muy importante –aunque tiene cosas con las que no estoy de acuerdo- que hay que extender mucho más.

Si en 2016 el tema de la institucionalidad de los partidos es algo sobre lo que se habla, estaré complacido. 

5.-Una mayor conciencia sobre la economía política
Los venezolanos aprendemos con mucho trabajo y lentitud que tener petróleo o dinero no nos hace mejores o superiores a otros países. Los más críticos piensan que nos hacen peores, más zánganos o prepotentes (la respuesta de Rubén Blades a Ibsen Martínez). Pero no es el punto al que me quiero referir aquí. Si no toda, buena parte de nuestra historia reciente está marcada por la visión moral o antropológica del petróleo; si nos hizo “morales” o “inmorales”; si antes éramos “pobres pero felices” y el petróleo, “nos corrompió”; si es fuente de riqueza o es el “excremento del diablo”; si es todo en la economía o puede existir una economía no petrolera; si es una extensión de nuestro ser social o no. Nuestro ADN en este tema es, “Hay que sembrar el petróleo”. Generación tras generación repiten el mismo cliché: “hay que sembrar el petróleo”, “una economía productiva”, “hay que superar el rentismo”, y cuentos de ese tipo. Gobiernos van y vienen, y quedan esos lugares comunes como promesas de los aspirantes a gobernar, y de una sociedad que trabaja para tener plata y exhibirla, no para generar riqueza, que es otra cosa. 

Pero el petróleo se sembró. En todo caso, la discusión debe ser si se sembró bien o mal. Desde los años 30, el Estado venezolano hizo posible “la acumulación originaria del capital” a todo el país, sin violencia, sin tener que exprimir recursos de la sociedad. Cada quien aprovechó de acuerdo a sus talentos, habilidades, y conexiones sociales o políticas. Este modelo duró hasta Chávez, quien entendió que tener un “Pacto de los dólares” es esencial para la estabilidad en Venezuela. Tuvo éxito: del “teniente coronel” dicho de forma despectiva en 2002, al “Presidente Chávez” expresado por sus adversarios con fuerza para que Chávez lo oyera, en 2012. 

Si la sociedad venezolana decidió no invertir en la productividad y gastar más en el consumo y en un estilo de vida por encima de su nivel de productividad, es otro de los temas de los que habrá que hablar en Venezuela, así “no sea el momento oportuno”, pero el petróleo se sembró. En algunas cosas se sembró mal, en muchas otras, se diseminó bien, pero la sociedad no tuvo ni el compromiso ni la constancia para que esa buena siembra se mantuviera en el tiempo, y se esparciera en todo el país. Simplemente, la sociedad tiró por la borda sus conquistas en el frenesí de la “reclamación de la renta”. 

No digo que la arista ética-antropológica no deba continuar como parte del debate público, pero no puede ser “el” debate público. Si –como parece- vamos a vivir del petróleo por un tiempo más largo, los escenarios de precios son modestos. La OPEP prevé un barril a 80$ en 2020 y 160$ en 2040. 

Me parece que seguir con la discusión moral o antropológica acerca del petróleo, no nos sacará del brete económico en donde estamos. Cierto que hay agravios que atender, porque la renta petrolera se distribuyó de forma desigual. Todos somos “reclamadores” de la renta, pero no en igualdad, “hay unos más iguales que otros”, que por astucia, vinculaciones políticas, talento, o esfuerzo, lograron aprovechar mejor la renta petrolera que otros; unos de forma honesta, otros no. Tal vez parte de la intensidad emocional de la crisis de Venezuela, sea que grupos y personas tomaron conciencia que recibieron poco de esa gran renta petrolera, y hoy limpios o arruinados, resienten de eso, de haberse quedado fuera del reparto. 

La sociedad venezolana de forma dolorosa, toma conciencia de un elemento de la economía política: toda distribución de recursos genera “ganadores” y “perdedores”. Y la gran perdedora en Venezuela, es la clase media. Tal vez por eso la emocionalidad en la política. Es difícil ser racional cuando se conciencia que unas malas políticas públicas y una brutal exacción de rentas muy desigual, te arruinó en los años productivos de tu vida, viniendo de la cúspide. 

Muchos emporios de venezolanos afuera no solo son por “el trabajo y a mi nadie me regaló nada”, sino en mucho, por el generoso subsidio cambiario que gobiernos dieron a la sociedad para que tomaran renta. Tanto AD-Copei como Chávez. Maduro se resiste o lo hace más restringido. Buena parte de su impopularidad es porque no tiene su “Pacto de los dólares” con la sociedad, y las leyes habilitantes en tributos que anunció el 30-12-15, apuntan a que Maduro escogió la ruta de economía política de casi todos los países que no tienen abundancia de recursos naturales como Venezuela, pero la más conflictiva: los recursos se extraen, se exprimen de la sociedad, “y cada quien a ganarse lo suyo” dijo, lo que augura desde el punto de vista de la economía política, conflictos distributivos Estado-sociedad.

Por eso pienso que la discusión moral no ayudará en lo económico –al menos, en el cómo- y posiblemente sea útil para la justicia, en el tema de “los corruptos”, pero haciendo la salvedad que mientras hubo dólares y se distribuyeron con subsidios a la sociedad, a pocos importó que se los robaran o malversaran en “empresas de maletín”, porque cada quien, tomó su renta, grande o pequeña. Hoy estamos limpios, y sí importa, pero “tarde piaron, pajaritos”. El precio de la “dignidad” no puede ser 120$ el barril, como fue en un pasado no muy lejano. La sociedad debe ocuparse más por la productividad de sus factores de producción, y de “los corruptos” y "la dignidad", que se ocupe la justicia y el Poder Moral.

Más que centrarse si es petróleo o agricultura –el eterno cliché de “tenemos que producir lo que comemos”, que no parece excluyente. Según la FAO, en 2015, 8 países son al mismo tiempo grandes exportadores e importadores de productos agrícolas- la discusión sobre economía política que pienso el país merece la formulo en una pregunta ¿Cuáles arreglos institucionales para aumentar la productividad de los factores de producción que ya tenemos, para que nuestra economía tenga ingresos más balanceados en su origen, y a su vez, éstos puedan generar círculos virtuosos de producción actuales y posibles, que mejoren nuestra calidad de vida en lo cotidiano?

Esta interrogante nos ayudará a enfocarnos en las variables vinculadas a la productividad, hoy asociadas al tema del crecimiento económico -indicador que también hoy se cuestiona, pero a mi me parece relevante- y también puede darle la importancia a instituciones que hoy están atrapadas en una construcción social que las coloca con limitaciones: las universidades, por ejemplo. Viéndolas como instituciones claves en los arreglos de productividad, tal vez tengan más dolientes de los que tienen hoy, y no sean vistas solo dentro del discurso del “son importantes, pero no tienen presupuesto”. 

Una mejor ayuda a las universidades es construirlas como espacios para las humanidades y las ciencias con un aporte a su productividad o a la sociedad en su clima crítico o de pensamiento, que el discurso de “reclamar” la renta que les corresponde vía un mejor presupuesto para las universidades, que seguramente es merecido, pero ya es un discurso estático, que ya no aporta mucho. Las pone en una posición de minusvalía, del tradicional “pobrecitos”; “pobrecitas las universidades y los profesores, donde un titular gana 36$ al cambio innombrable”. 

La economía política puede ser una discusión fascinante para la sociedad, y ella en sí misma, es un tema seductor. No en balde, Adam Smith o Karl Marx siguen presentes en nuestras discusiones de hoy, y casi todo el mundo sabe quiénes son. Es porque hicieron economía política.

Esta nos va a acompañar por un buen tiempo, por lo visto. Funke (2015), argumenta que la crisis financiera tiene efectos políticos, y el más relevante es que el electorado se vuelve extremista, siendo el tiempo crítico los 5 años inmediatos, luego del comienzo de una crisis financiera. La economía política será nuestra compañera de viaje –por mí, que sea un viaje permanente- por lo que acercarse a ella, ayudará a Venezuela y a los venezolanos a estar más en paz con su realidad, que no significa aceptarla, sino que puede y debe ser cambiada, pero con conciencia de sus posibilidades. 

Si en 2016 la sociedad venezolana abraza a la economía política como parte de su discusión pública, guao, es el tema que marcará nuestro futuro. Me alegraría mucho.

6.-Una mayor independencia de la sociedad del Estado y de los poderes fácticos
¿Cómo explicar este deseo? El programa de Maduro de los martes –“En contacto con Maduro”- la emisión del 29-12-15, me permite ejemplificar la idea.

En una parte del programa, Maduro comentó un libro que le regaló Al Aissami, escrito por el famoso político chileno –secretario general del PS de Chile cuando Allende- Carlos Altamirano, titulado “Dialéctica de una derrota” (1977), que analiza el derrocamiento de Salvador Allende el 11-9-73.

Ver a Maduro hablando de un libro de los 70 –el que mostró, la tapa golpeada por el tiempo- me comunicó la imagen de una profunda desolación intelectual, que no solo es de Maduro, sino del país en general. 

No porque Maduro quiera leer a Altamirano. Es su derecho y seguramente será interesante, pero al verlo en TV, me preguntaba ¿Por qué un Presidente de la República no tiene lecturas más recientes, más variadas, y mejores? A ver, digamos, si estamos en la izquierda o en lo social; está bien, a Altamirano, pero que Maduro hubiese dicho algo como, “Tengo el libro de Altamirano, pero también el de Piketty o el de Yunus; ‘Un mundo sin pobreza”, o algo así. Pero no: Maduro atrapado en los 70, como buena parte de la clase política venezolana, “de ambos bandos” (así moleste esta expresión).

Aunque soy persona que cree en el poder de las ideas y de la persuasión, en esos minutos que observé a Maduro, conciencié lo importante que es para una sociedad tener ideas –y buenas- y una clase intelectual que las comunique con solidez. La sensación que tuve fue la que comenté: desolación, el sentimiento que existe una orfandad de ideas con densidad que tiene Venezuela, que explica en parte la percepción de vacío, de nación sin rumbo, de la incertidumbre que vivimos. 

Más allá de buenas consignas tipo “independencia y soberanía”, “la mejor Venezuela”, o “cuando hay educación, hay futuro”, la clase dirigente venezolana no parece capaz de balbucear algo más. Me atrevería a pronosticar que si preguntamos al liderazgo político menor a los 40 años, qué leen y qué han leído, las respuestas no serán muy halagadoras. "Patear calle" o visitar a "Doña Eulalia" es importante, pero no suficiente. 

Maduro atrapado en los 70, porque la sociedad no es capaz de invitarlo o persuadirlo a él y al país en general, a acercarse a nuevas ideas, a nuevos planteamientos, a nuevas lecturas. 

Me luce que se hace urgente que la sociedad delibere cómo hacer contrapeso a la etapa de la lucha armada 60-80, porque como “paradigma kuhnhiano”, domina la reflexión venezolana, sea en la “izquierda dura” –que está en el gobierno- sea en la “izquierda buena” –que está en la oposición- con consecuencias que se ven hoy día. Las generaciones que no somos dolientes o herederas de esas luchas –meritorias, sin duda- estamos determinados por la influencia de una elite –sea en su versión “dura” o “buena”- que sigue en los 70. No me refiero al contrapeso político de la “pacificación” de los 60-70, sino a un contrapeso cultural, que nunca se hizo, y que hace falta para poder romper el círculo vicioso de una sociedad que se quedó en el inconsciente del tiempo del "éramos felices, y no lo sabíamos".

Pero también creo que mi generación tiene responsabilidad en ese dominio del “paradigma de los 70”. Somos hechura de la democracia de 1958, y “hombres del sistema”: intelectuales, articulistas, periodistas, polemistas, columnistas, escritores de lo que sea (libros, discursos, ensayos), también procesados por el sistema: los mecanismos para “ser alguien”; estar en las famosas “caras que le dicen algo al país”, pero en un sistema endógeno: los premios y reconocimientos para los mismos de siempre; y los mismos de siempre se premian y también “se dan el vuelto”. Tan rutinario es esto, que todo ocurre en los mismos lugares de siempre. Una clase intelectual que no es capaz siquiera de trascender sus propios límites geográficos, es poco probable que pueda influir con sus ideas el devenir de una sociedad. Una inmensa zona de confort a la que es difícil renunciar. No pudimos plantarle cara a ese paradigma, ni ser competencia o alternativa por lo insulso de nuestras ideas: una socialdemocracia insípida, un liberalismo de consignas tontas, o un marxismo que se viste de marca, pero también atascado en el túnel del tiempo. 

A lo anterior, se agrega un clima hostil a lo intelectual, al pensamiento. El gran aporte del Britto García crítico, fue argumentar en dos tomos algo que en mi experiencia profesional compruebo: el rechazo de la clase dirigente a lo intelectual, al pensamiento. No solo rechazo, en algunos casos, desprecio. Vuelvo: ser intelectual no es llegar a las reuniones políticas con un libro sobre la “revolución francesa” o “la transición española”, sino al empotramiento del pensamiento en lo político, que no existe. Gente culta en Venezuela, hay. Pedantemente cultos, sobran. Pero no es suficiente. Hace falta algo más. 

Tal vez por lo anterior, la referencia cultural sólida de las nuevas generaciones de dirigentes, es la TV.

Sea en la versión Maduro, quien parece chapado en la “gran revista” tipo RCTV o Venevisión de los 80 –lo que trata de revivir TVES con “TVES en la mañana”- los “grandes shows por TV” de los “hermanos Sacco”, muy famosos en la tele criolla durante los 80.

Sea en la versión de los dirigentes de las nuevas camadas de la oposición, que parece que referencias importantes son del tipo “Ni tan tarde” o “Cosita rica”, aunque ya la “cosita” no está “rica”, y a varios por la viveza del “Ni tan”, ya “se les hizo tarde”.

Posiblemente esto explique la emocionalidad de la política nacional: los públicos se buscan equiparar al del “gran show por TV” o al de un “late show”. El ingenio vacío o la banalidad de ver pasar el tiempo de la televisión.

Lograr una clase intelectual con más densidad en su influencia, pasa por alejarla un poco del Estado y de los poderes fácticos. Que sea su irreverencia sea menos bravata.Que con el Estado y los poderes fácticos, sea menos dependencia y más una relación entre iguales, que Venezuela merece, dado lo complejo de lo que le tocará enfrentar ya.  

Probablemente así, Maduro y la élite en general, pueda tener ganas de buscar mejores y más actualizadas lecturas, para superar poco a poco, el “paradigma de los 70”, que hoy goza de buena salud, pero sumamente limitado para abordar la Venezuela del Siglo XXI. 

Si algo de lo anterior se avanza en 2016, me doy por servido. 

Estos son mis seis deseos políticos para 2016. Espero dentro de 366 días de este año bisiesto, poder afirmar que avanzamos algo en cada uno de ellos. Como Margaret Mead, pienso que, “Life holds a sequence of good things”

¡Feliz 2016, Venezuela!  
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