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domingo, 23 de marzo de 2008

Las meta-exclusiones
Como profesor universitario, no puedo dejar de opinar sobre el tema de la admisión a las universidades públicas. Desde 1994, doy clases en la UCV, y durante el lapso 2001-2005, lo hice en la USB. El tema me concierne. Pero también debe ser un asunto de importancia para todo el país. Es ya un lugar común decir que “vivimos en la sociedad del conocimiento”, pero es cierto. El bienestar de los países descansa en la producción de conocimientos, porque éstos aumentan la productividad de la economía y, como resultado, mejora el bienestar de toda la sociedad. Ya no se trata sólo de la tierra, el trabajo, y el capital, sino que el conocimiento permite que estos factores de producción, se combinen de la manera más eficiente y productiva posible. Las universidades son estratégicas para cualquier país del mundo porque en ellas emerge el conocimiento y las destrezas para hacer esa combinación de factores productivos. Hablar de ellas, es un deber de una sociedad democrática. Darle la espalda a las universidades, es echar por la borda el futuro de un país.
Vamos al punto. En primer lugar, estimo que la discusión sobre el asunto universitario se ha planteado mal en Venezuela. Las pruebas de admisión se han convertido en el “chivo expiatorio”, que tapa las causas de fondo que explican cómo se distribuyen los cupos dentro de las universidades públicas. El discurso es que los “exámenes de admisión son excluyentes”. Esto lo comenzó diciendo el gobierno, y personas que no son del gobierno, como Yon Goicoechea, también lo creen (Globovisión, día 22-3-08, programa Reporteros). Se mata al mensajero ¡Por supuesto que un examen de admisión es excluyente! ¿Qué medida o nombre no es excluyente?

Toda medida supone unos criterios que excluyen lo que se quiere medir, de lo que no se va a medir. Es decir, diferencian A de no-A. Por ejemplo ¿Cómo saber si alguien tiene fiebre? El termómetro nos ofrece una medida, y si ésta dice 37°, lo que está fuera de esta cifra hacia abajo, “está excluido”, y eso nos permite decir si la persona tiene la temperatura alta o la temperatura baja. Es alta porque “excluye la baja”; y es baja, “porque excluye la alta”. Si el termómetro sólo tuviera el valor 37° como único indicador ¿Cómo saber si alguien tiene la temperatura alta o la temperatura baja? Para saberlo, hay que construir un criterio de exclusión (fiebre alta de la fiebre baja). Este ejemplo pudiera llevarse a cualquier área de la vida: una entrevista de trabajo, también es excluyente; solicitar el pasaporte, también es excluyente; pedir los dólares a Cadivi, igualmente es excluyente; requerir un crédito para un carro o un apartamento, es excluyente; demandar una tarjeta de crédito, de la misma manera es excluyente; presentar un examen, es excluyente. Incluso ¿Para que tenemos nombres, si estos son excluyentes? De acuerdo al criterio venezolano, mejor nos llamamos como en la Edad Media: Juan, Leonardo, Vesalio, Rodrigo, etc, nombres de pila ¿Para qué tener apellidos? ¡Es excluyente un apellido! A Goicoechea, mejor lo llamamos Yon para que no se sienta excluido. Los nombres y apellidos existen para diferenciar a una persona de otra. Soy, porque mi nombre y mi apellido excluye a otra persona de ser quien soy. Así de sencillo. Cuando cuantificamos o nombramos, excluimos.

Si un examen de admisión parece excluyente ¿Por qué no ser congruentes con el discurso, y solicitar quitar todos los criterios de exclusión en todas las demás áreas? Sería lo justo para quienes sostienen esta tesis y, además, sería 100% igualitario, acorde a las metas de un gobierno socialista.

El problema no es que los exámenes de admisión sean excluyentes. La pregunta, más bien, es que si las pruebas son confiables (sus resultados pueden ser repetidos en el tiempo) y válidas (realmente miden los conocimientos y habilidades necesarias para entrar en una universidad). El punto no son las pruebas sino ¿Cuáles pruebas? Y ¿Para qué las pruebas? Una buena prueba de admisión, debe controlar la variable “Centro educativo de proveniencia (público o privado)” y clase social, para evitar que sus resultados sean sesgados a favor de uno u otro centro o clase, y medir las habilidades y destrezas para entrar en una universidad, independientemente de quién lo presente. Aquí está el criterio de exclusión: tener unas habilidades, no quién eres. Quienes no las posean, están “excluidos” ¿Es injusto? No lo creo, y esto nos lleva a la primera reflexión que me permite decir que una prueba nacional para las universidades públicas es necesaria ¿Qué universidad quiere la sociedad venezolana? Este punto no se ha discutido en el país, y será lo que validará los argumentos hacia cuál sistema de admisión luce más pertinente.

¿Quiere una universidad que sólo se limite a dar títulos, o quiere una universidad que genere conocimientos que incidan en el desarrollo del país, con un impacto en el bienestar de la sociedad? El discurso de las elites, sugiere que se desea el primer tipo de universidad, y la tarea de producir conocimiento es secundaria. Siempre se habla de “docencia, investigación, y extensión”. La primera es la fuerte, la segunda es débil, y la tercera, un saludo a la bandera.

Hoy vivimos la época de las “minorías como víctimas” (Moscovici, Serge y Pérez, Juan A, 2007. A study of minorities as victims. European Journal of Social Psychology, 37, 725-746), y las políticas sociales se limitan a resarcir el daño causado a las minorías, y a que la mayoría pida disculpas. Algo sucede en Venezuela con la educación superior, en el discurso social (“pobrecito”). Hay un gran sentimiento de culpa en la sociedad por la baja calidad del bachillerato, que la respuesta es “bajemos los requisitos para entrar en una universidad. El más importante, la prueba de admisión, así resarcimos a los ‘pobres’ bachilleres que no pudieron estudiar en una mejor escuela”.

Tal vez por la cantidad inmensa de dinero que tiene, Venezuela pueda darse el lujo de tener universidades que produzcan poco conocimiento, hagan relativa investigación, y casi nada de extensión, y sean una suerte de centros que producen egresados. Dan excelentes profesionales pero ¿Para qué? ¿Para la fuga de cerebros? ¿Cuál es el límite de esto? La educación superior pública en Venezuela cuesta cerca de US$ 5 mil millones. Hay que preguntar cómo esa cantidad importante de dinero, se revierte en beneficios al país, más allá de graduar a buenos profesionales.

Esta lógica de la “víctima” hoy es un poderoso argumento para bajar los niveles de calidad en las instituciones de educación superior, y en toda la sociedad en general. Estamos más pendientes de la culpa, que de mejorar las instituciones y de promover el cambio. Como se argumentó en el artículo La subversión se desnuda (día 4-3-08), este relajamiento de la calidad se observa en fallas en el cumplimiento de los deberes formales más elementales de una universidad (asistir a clases, prepararlas, estar actualizado), y la docencia se convierte en una suerte de tiempo que hay que dejar pasar, y aprobar a todo el mundo porque, “pobrecitos, están surgiendo, y no tienen las oportunidades que tu tuviste”. Considero que esta lógica poco a poco se impone en las universidades nacionales y si ese es el caso, tendremos, como afirma Orlando Albornoz (2000, “Cuba y China ¿Son opciones académicas para Venezuela?”, FACES/UCV), una alta escolaridad (graduados), pero poca educación (conocimiento). Venezuela tiene que reflexionar qué desea: escolaridad o educación.

Parece que el gobierno apuesta más a la escolaridad que a la educación, y la oposición la ayuda un poco, en el discurso de “pobrecito, un chamo de bachillerato no tiene la culpa en donde estudió”. La respuesta, entonces, es "vamos a promoverlo para la universidad", y aparece la “fórmula mágica”: los cursos de nivelación, como una manera de corregir lo que son problemas de mayor envergadura, y que requieren de soluciones más estructurales.

Cursos como el Samuel Robinson de la UCV o el PIO de la USB, son notables iniciativas, pero insuficientes para abordar el problema de fondo o uno de los más importantes: la pérdida de calidad en bachillerato, lo que promueve que los estudiantes tengan ya una desigualdad al momento de competir, que las pruebas de admisión revelan, no porque estén sesgadas, sino que esa desigualdad de entrada, se verifica en la medición.

Sin abordar el problema de la calidad del bachillerato, todos los métodos de admisión a las universidades, serán insuficientes. No obstante, esto parece no importar más allá del discurso, por lo menos al gobierno. Este, parece que visualiza a la educación antes de la universidad, como un espacio meramente ideológico, en donde la calidad no importa, sino la lealtad al “proceso”. Se quiere formar a “pioneritos”, no a profesionales con criterio para decidir, ser útiles a sí mismos, a sus familias, y a la Patria. De manera que la falla del bachillerato, se quiere corregir obligando a las universidades a ser niveladoras –y, para remate, se quiere bajar la duración de las carreras de 5 a 4 años- y luego, ofrecer unos conocimientos básicos, con el argumento que “la profundización será en postgrado”. Tendremos a unos profesionales de conocimientos medianos, pero masivos. Una educación de baja calidad, pero de alta escolaridad. Esa parece ser la estrategia del gobierno.

Es curioso constatar que una discusión de la academia, se ofrezca sin datos o mayor densidad. Se habla de la universidad desde una postura ideológica, pero sin mostrar argumentos o datos. El gobierno no ha ofrecido hasta ahora, ninguna data que sostenga su tesis que las admisiones son un “problema de clases”. Los rectores, tampoco han mostrado con datos, por qué una prueba de admisión no sesga a quien la presenta, ni tampoco algún estudio comparado entre universidades que no tienen prueba de admisión (como la LUZ) y otras que sí las tienen como la USB ¿Quiénes son los que ingresan en cada una de ellas? ¿Hay diferencias sociales entre los ingresos de una y otra, que pueda atribuirse al criterio de admisión? ¿Cómo es la prosecución y el rendimiento? Un país serio en un tema tan serio, debería ofrecer al menos datos y argumentos al público. En Venezuela, seguimos en un nivel discursivo básico: la manipulación de las emociones primarias (miedo, agresión, vergüenza, hostilidad), para promover corrientes de opinión en una u otra dirección. No se nos toma como adultos, sino como niños que podemos ser manejados, si se conoce la emoción correcta a tocar ¿Es esto una democracia? Lo dudo.

No planteo que a las universidades entre una elite, ni política, ni social, ni geográfica. La Constitución afirma en su artículo 109 que la educación universitaria hasta el pregrado, es un derecho. Estoy de acuerdo. No obstante, ese derecho tiene que ser contrastado con la realidad que las universidades requieren de habilidades, conocimientos, y una disciplina que hacen necesaria una medida para admitir a sus integrantes. Es decir, una prueba de admisión.

En muchos países con los que Venezuela se compara, existen pruebas de admisión nacionales, tipo PAA. Por ejemplo, en China hay este tipo de test, y sólo lo aprueba el 60% de los cursantes (programa Inside China, de la BBC World, día 23-3-08). En la India, de los 178.000 aspirantes a ingresar a los Institutos Indios de Tecnología (IIT), una vez realizada la prueba, sólo quedan admitidos 3.500 alumnos (S.L. Muthukumar, Galyna Kogut, Uma Natarajan y Suresh Bhalla. "Los sistemas de educación superior en la India". Foreign Affairs, abril-junio 2005). En Harvard, el porcentaje de admitidos oscila en 10 por ciento ¿Y esto por qué?

Porque la educación superior cuesta. Un laboratorio, una biblioteca, una sala de computación, canchas, salas de estudio, etc, todo tiene un valor muy alto, y se espera que las universidades reditúen a la sociedad el costo de oportunidad de haber invertido en la educación superior y no en asuntos más urgentes, como la educación primaria, por ejemplo. Los beneficios de la educación superior son a largo plazo, no a corto plazo, y hay un costo de oportunidad que la sociedad paga en el presente, en la espera de un beneficio en el futuro: profesionales bien formados, generación de conocimiento, integración de las universidades con la sociedad, beneficios para el país en cuanto al mejoramiento de su productividad, una sociedad más culta, abierta, y tolerante.

Al regresar al caso hindú, los autores mencionados afirman que, “Desde el punto de vista universal, el propósito de la educación superior es proporcionar conocimientos, investigación y servicios. En el caso de India, ‘la importancia de la educación superior se ha multiplicado con la conciencia de que en un orden mundial basado en la ciencia y la tecnología es la calidad de la educación superior la que decide el ritmo del desarrollo económico y social’, como señaló Ramachandran en 1987. Es así como India, que fue una economía cerrada por casi 50 años, creó un sistema educativo anclado en las disciplinas de ciencias y matemáticas para el sostenimiento económico y para preparar a su población graduada que encarará con seguridad las incertidumbres de una economía global en constante cambio” ¿Qué espera Venezuela para asumir su propio desafío universitario? Lo más preocupante, es que nuestro país fue pionero en la construcción de grandes universidades como la UCV, la USB, la LUZ, la UDO, la ULA, entre otras, y tuvo el privilegio de recibir a destacados académicos que llegaron a Venezuela, desalojados por los autoritarismos en sus países de origen. Fue la época de oro de la universidad nacional: salarios competitivos, excelencia académica, posibilidades de formarse en los mejores centros del mundo, estudiantes con contenido, etc. Hay varias generaciones de brillantes profesionales formados en las universidades venezolanas. Figuras políticas de talla dieron clases en las universidades venezolanas, como Ricardo Lagos (Chile) y Fernando Henrique Cardoso (Brasil).

Más que lamentarnos sobre lo que pasa en el país y promover el “pobrecitismo” para sacudirnos el ratón moral de la injusticia social, deberíamos regresar al espíritu Sanabria de 1958, cuando se consagra definitivamente la autonomía de las universidades nacionales.

Algo que me preocupa, es que como sociedad hemos perdido el empuje, la creatividad, el arrojo que teníamos en el pasado, y que hizo de este país, un Gran País. Hay una suerte de conformismo, de adaptación, de “la ciencia de salir del paso”, que llegó a las universidades, y también a todo el país. Aquéllas parecen gigantes burocráticos, atrapados en luchas faccionales de grupos internos por llenar los puestos, incapaces de ser “círculos virtuosos” para promover debates y opinión pública en los grandes temas del país, aunque en las encuestas de opinión pública (Datos, por ejemplo), son reconocidas por el público (50% tiene mucha y bastante confianza en las universidades).

De manera que hay que resolver primero el tipo de universidad que se quiere para el país, y después se puede hablar sobre cuál mecanismo de admisión es el más adecuado para las universidades que la sociedad demanda.

Un segundo punto es ¿Qué ha pasado con quienes entran a las universidades? En otras palabras ¿Por qué ha cambiado el perfil de quienes ingresan a una universidad nacional? Relato mi pequeña experiencia como ucevista. Estudié allí en los ochenta y noventa, y he estado siempre en contacto con la UCV por lo menos desde hace 20 años. Tengo un registro visual personal sobre cómo la “topografía estudiantil” ha cambiado.

Recuerdo que en los 80 y 90, estudié con gente que de verdad era pobre. La UCV era más homogénea desde el punto de vista social. Los carros eran todos más o menos iguales. Había una suerte de “media” social en todo, y las disparidades no eran muy visibles. Estudie con gente pobre –que venían a clase con un pantalón roto o unos zapatos remendados- con personas maduras, e individuos que “tenían una tuerca floja”. Esto lo que muestra era la gran permeabilidad de las universidades públicas en Venezuela para esa época. Sin embargo, esto comenzó a cambiar a partir del año 2003. Ahora como profesor, observo que la UCV es una universidad mayormente de clase media. No observo en clases alumnos con zapatos rotos o chaquetas desteñidas, sino todos son “fashion”, que no quiere decir sifrinos, ya que el “fashion” se distribuye en todas las clases sociales, porque es un estilo de vida y de consumo. Ya no tengo alumnos o alumnas “con un toque de locura”, y los maduros han disminuido sensiblemente su presencia en los salones. La UCV es una universidad de clase media, con una población de estudiantes joven. Esa es la realidad que observo hoy, y sí mayores diferencias: o se ven autos muy lujosos o no, pero la “media” de los 80, ya no existe. Es indudable que Venezuela se ha convertido en una sociedad más desigual, y eso se revela en el tipo de estudiante, cómo se viste, su estilo de vida y valores, en los carros, entre otras cosas.

La pregunta es si este cambio obedece, como quiere hacerlo ver el gobierno, a “una conspiración de los ricos para desplazar a los pobres de las universidades”. No lo creo. Tengo una respuesta más sencilla, pero más cruda y brutal: 30 años de inflación de dos dígitos –desde 1977- acabaron con los sueños de igualdad para entrar en una universidad pública. Habría que decirle al gobierno, para usar la frase de Clinton durante la campaña de 1992, “No son las pruebas de admisión, es la inflación, estúpidos”.

Sí, el empobrecimiento general. Hoy todos somos más pobres, salvo la oligarquía –que serán como 100 mil familias- que están en el alto gobierno, que todavía no la siente, aunque dicen que vienen de la pobreza. Hasta Gustavo Cisneros y Lorenzo Mendoza, han visto reducir sus fortunas, como lo revela Fortune. Es que 30 años de mal manejo económico, acaban con cualquiera. Eso es lo que pasó y pasa en el país, y eso se traduce en las universidades.

Tal vez en los 80 y 90 no se veía las diferencias de hoy, porque Venezuela era un país más amable, de lo que es en la actualidad. La inflación constante desde 1977, colocó en la cuneta de la universidad, a los sectores populares, y esos espacios fueron llenados por la clase media, pero no como producto de una “conspiración para sacar a los pobres”, sino como un desplazamiento resultado de unas condiciones económicas que hacen más difícil estudiar en una universidad pública a una persona del sector popular, y también a personas de la clase media. Aunque no lo parezca, la clase media que entra en la universidad pública, es una clase media en crisis. Que hayan más estudiantes de clase media en las universidades nacionales, es un indicador de la crisis económica en este sector, y que estas universidades, son unas de las pocas salidas que todavía tiene la clase media. No es que antes no hubiera estudiantes de este sector. Si los había, pero también había posibilidades de estudiar en otras universidades, públicas, nacionales, o fuera del país. Es decir, no era tan imperativo como es hoy para la clase media, la educación superior pública. Hoy es un imperativo y una necesidad, porque este sector social se ha deteriorado mucho. Los dólares baratos y libres, un tipo de cambio fijo, y una baja inflación, que hizo fuerte a la clase media en el lapso 60-80, ya no existen. Hay control de cambios, una tasa de cambio oficial y otra paralela, y la inflación de 2007 fue del 22,5% y se espera que la de 2008, alcance el 25 por ciento. La clase social que ha sido sacrificada en Venezuela en los años de Chávez, es la clase media. Los sectores populares tienen las misiones y el gasto público. Los sectores altos, las notas estructuradas y los bonos de PDVSA ¿Y qué tiene la clase media? Lo que pueda tomar de lo que reciben los sectores bajos y altos. Esa es la realidad. Basta acercarse a muchas urbanizaciones de clase media, para ver casas o edificios en deterioro, y varios vehículos particulares que hacen de taxi, en los estacionamientos. Especialmente, si se pasa por esas urbanizaciones a la hora del almuerzo. Se ven una cantidad no despreciable, que permite inferir que la clase media radiante de los 80, se ha venido a menos. Una universidad pública, para un sector social en crisis, es una opción de primer orden. Así, la presencia de clase media en las universidades como grupo preferencial, no revela bonanza económica, sino crisis social y de clase.

Esto puede explicar porqué estén en mayor número en las universidades públicas, y por qué son escogidos en las pruebas de admisión. De los sectores populares, un primer grupo no opta por una universidad por la situación económica, y busca otras opciones: un instituto técnico o trabajar. El grupo que decide por una universidad, tiene menos chance, porque la educación pública secundaria ha bajado en calidad. Si ni siquiera hay profesores de física, química y matemática en muchos liceos, y no reciben clases en esas materias ¿Cómo esperar que salgan bien en una prueba de habilidad numérica o razonamiento lógico, por ejemplo? Es obvio que quedan excluidos, y los alumnos de clase media, cuyos padres hacen el esfuerzo para que tengan una buena educación, vayan llenando los cupos. Así, con el paso de los años -y es la “topografía estudiantil” que cambió a mis ojos de estudiante y ahora de docente- salieron los estudiantes de los sectores populares, luego los adultos maduros, y finalmente, aquellos con algún “toque de locura”, tres grupos que tenían presencia en las universidades en los 80. Los centros de estudios quedaron para estudiantes que estudien, y tengan el perfil para ello. Debió ser así antes, aunque si se compara con el pasado, es injusto, porque aunque muchas personas –tal vez los estudiantes con algún problema mental- requerían de otra atención, el sistema les permitió entrar, y se hizo justicia. A la manera de Venezuela, pero se hizo. Hoy, sencillamente, si no se tienen ciertos recursos extra-académicos –económicos, principalmente- no se puede seguir en una universidad pública, seas negro o blanco, vivas en El Marqués o en Caricuao. Para estar en ellas, hay que ser de la clase media del oeste, del norte, del centro, del sur, o del este. Lo importante no es si se es de Vista Alegre o de El Cafetal, sino que se sea de clase media.
La realidad es que la inflación y el mal manejo de las políticas económicas macro en Venezuela, ha originado una selección perversa, que ha sacado a mucha gente de las oportunidades del país, pero no una “conspiración de los ricos”, como el gobierno intenta comunicar para eludir su responsabilidad, porque después de 9 años, la inflación en Venezuela sigue de dos dígitos. Hoy todos somos más pobres, salvo la elite del poder en el gobierno y los grupos emergentes que ha venido promoviendo, pero somos 27 millones de habitantes. Es la dura realidad que no se quiere admitir, y se buscan vías de escape como tener alguna ropa de marca, algún Nokia o MotoRazor. Sí, somos la sociedad de los Nokias, pero somos más pobres que cuando no había Nokias (lo cual no quiere decir que no los haya, pero sería mejor tener la riqueza que el Nokia representa, Finlandia, país que debe tener un per cápita de más de 40 mil dólares al año).

Un ejemplo. Doy la materia de psicología social en la Escuela de Estudios Políticos de la UCV. Vi a una alumna con un libro de la materia (Baron y Byrne, 2005, Psicología social), y le pregunté cuanto le costó. Me dijo que Bs. 109. Eso me puso a pensar. Imaginemos que la chica tiene dos materias más, y en cada una, compra un libro de Bs. 109. Esto resulta en Bs. 327, por cada 16 semanas que es un semestre activo en la universidad. Es decir, cada cuatro semanas. Como el año tiene 48 semanas, tiene que hacer compras tres veces al año. Multiplicamos 327 x 3, y resulta en Bs. 981. Imaginemos también que esta alumna tiene dos hermanos –ya que sus padres deben ser de los 80, y en esa generación, por lo menos las parejas tenían más de dos hijos, ahora sería interesante ver cuál es el promedio de hijos por pareja, podría pensarse que menos, dada la situación económica que enfrentan las familias- y cada uno haga una compra similar. Es decir, 981 x 3 = 2.943 al año para los tres, que mensualmente significa Bs. 245 del presupuesto familiar (al asumir que ninguno trabaje). Eso sólo en libros.

Si sugerimos que el salario promedio de una familia clase media es de Bs. 5.000, los libros son el 5% del ingreso mensual de una familia clase media. En términos relativos, no parece mucho, pero hay que agregar mesadas, cuadernos, pasajes o carros, etc, lo que puede llevar el porcentaje a ser más alto. Así las cosas, no es descabellado suponer que una familia de clase media vea como vital hoy que sus hijos estudien en una universidad pública –se ahorra la matrícula, que subiría aún más el porcentaje en los ingresos mensuales de la familia, si opta por la educación privada- y muchos alumnos en vez de comprar libros, decidan por las fotocopias, que revela cómo la adquisición del conocimiento se ha venido adaptando a la crisis económica del país. Para muchos alumnos, si uno les pide comprar un libro les resulta insólita la petición –yo no lo hago, digitalicé el material de la clase, y lo puse freeware en internet- y a veces les resulta extraño, si se les habla de una biblioteca. La crisis económica ha llevado a que estos dos conceptos también se alejen un poco de la mente de las personas. Aunque haya un boom editorial en Venezuela.

En síntesis, creo que hay más personas de clase media en las universidades públicas –igual tienen el mismo derecho- porque la crisis económica de Venezuela –fundamentalmente la inflación- ha erosionado de tal modo la calidad de vida de toda la sociedad, que para los sectores populares, la universidad es una opción deseada pero muy difícil, y para la clase media, es una alternativa deseada, pero necesaria para mantener un relativo status, hoy puesto en peligro. De nuevo, insisto en que no hay una “conspiración”, sino un fracaso de todos y todas como país, que buscamos remediar con el discurso de la “víctima”: “dejemos entrar a todo el mundo” o hagamos creer eso, en vez de ofrecer al país mejores políticas macroeconómicas, que los gobiernos sean fiscalmente más responsables, para que las personas y las familias puedan vivir con mayor tranquilidad y armonía, y sus hijos puedan estudiar con menos apremios.

Si algo hay que reprocharles a las universidades, es que ante esta realidad, hayan actuado con lentitud, con tardanza, como si fuese algo externo a su realidad. Con mucho discurso de “lo social”, pero sin políticas decididas hacia “lo social”. Con conmiseración hacia “los pobres”, pero sin entrega ni compromiso hacia “los pobres”. Es lo que les diría: que frente a un deterioro en el país, no agilizaron estrategias para tratar de preservar en la medida de lo posible a sus estudiantes, y evitar en grado sumo, la deserción de los estudiantes de los sectores populares, que son la primera baja de una sociedad cuando hay tasas de inflación tan altas como las que tiene Venezuela, aunque no lo sepamos o nos hayamos acostumbrado a ello, que es lo que creo sucede.
Siempre triunfa nuestra capacidad de conformarnos, ante nuestra capacidad de innovar para superar las dificultades, aunque en otras épocas no era así. Preferimos convivir con los problemas, que superarlos. Admito que esto es una de las cosas que más me desagrada de la sociedad venezolana. Su infinita capacidad para “acomodarse” a todo y a todos. Es frustrante.

¿Y las soluciones? El gobierno propone eliminar las pruebas de admisión, porque son “un instrumento de los ricos para excluir a lo pobres”. Ese es el discurso a grandes rasgos ¿Y qué propone? Plantea o quiere imponer mejor dicho, el “percentil de promedio”. Su creador, Gustavo Mata, profesor en la USB y asesor del MES, lo define en los siguientes términos (El Universal, día 23-3-08, Pp. 1-6), “El objetivo es cómo construir un sistema que seleccione a los que tienen más chance de tener éxito. Si utilizas los promedios tal como vienen del bachillerato, no estamos resolviendo el tema de la exclusión. Los promedios no significan lo mismo en cada liceo. Pasa que en algunos planteles hay más exigencia y un promedio de 16 significa esfuerzo, pero en otro ese promedio es un trámite. La transformación percentil de los promedios es la manera de eliminar los sesgos”. Más adelante agrega, “Matemáticamente separo los promedios de cada liceo, en cuatro componentes. Eso hace que las notas del liceo A y del liceo B sean más comparables unas con otra. Mucha gente usa la nota normalizada. Eso presume que la distribución es gaussiana, eso sólo ocurre dentro de ciertos números de circunstancias. La distribución de notas en los liceos nunca es gaussiana. Lo que yo hago es tomar la distribución exacta, la transformo y desde ahí es que saco el indicador”.

A ver, para un lego como el que esto escribe, hay que descifrar lo que dice el profesor Mata. Los promedios se separan en cuatro componentes, que deben ser los cuartiles: 25% (0-25%) Q1, 25% en la mediana (25-50%) Q2, 25% (50-75%) Q3, y 25% (75-100%) Q4. Si no entendí mal, los promedios de las diferentes escuelas se convierten en cuartiles, y se agrupan. De manera que el Q1 del liceo A y el Q1 del liceo B, se puedan comparar, por ejemplo. Luego vienen los percentiles (1-99), en los que se distribuyen los valores dentro de una distribución de frecuencias. Un percentil 75, por ejemplo, indica un valor igual o superior al 75% de los valores en esa frecuencia. De manera que las notas se convierten en percentiles, y eso iguala a los estudiantes al ubicarlos dentro de una distribución normal, cada uno con una posición dentro de los valores 1-99. Los mejores estarán en el percentil 75 hacia arriba, y los no tan mejores, en el percentil 50 hacia abajo. Continua el profesor Mata, “Tu desempeño local es un proyector tan fuerte para ingresar en la universidad, que en EE.UU y Europa, cuando se hacen estudios sobre el desempeño en la universidad, separan a los estudiantes de acuerdo al percentil”. En otras palabras.....¡El percentil también es excluyente, porque "
separa a los estudiantes de acuerdo al percentil"! ¡Bravo profesor Mata, descubrió el agua tibia! ¿Lo nuevo? ¡No habrá examen de admisión y con eso se acaba la exclusión para tener otra exclusión!
El profesor Mata no ofrece nada nuevo. El uso de una medida de posición es corriente en los países que señala. Lo que no nos dice el profesor Mata, es que esa medida se usa para ordenar valores en los test o pruebas estandarizadas (como las que usan en India o en China para ingresar a las universidades), o conocidos como “standarized test”. La innovación del profesor Mata es quitar los test, y éstos van a ser las notas del bachillerato de manera vicaria, que se transformarán en percentiles para estandarizar las notas de los colegios, y de ahí hacer la selección para el ingreso a las universidades. Aquí viene la injusticia en este sistema, de la que tampoco nos habla el profesor Mata.

Es muy probable que lo que se cree en el tiempo, sea una elite de buenos estudiantes que seguramente irán a las mejores universidades del país; los que tengan un percentil igual o superior a 75, y “el resto”, que optará a centros educativos de menor calidad o "lo que haya". Por supuesto, para quienes se ubican en un percentil alto, la propuesta del gobierno les agradará. No en balde Mata, con cierta soberbia, afirma que, “La escogencia será de acuerdo a las notas y por méritos. Se juzgarán los méritos de todos. Todas las clases ingresarán”. Para utilizar la analogía orweliana, todos son meritorios, pero hay unos más meritorios que otros. Es lo que pasará cuando se corra la distribución de notas de las escuelas para tener los percentiles.
Indirectamente, el propio Mata lo reconoce, cuando no dio ningún dato al comunicador que le hizo la entrevista (Gustavo Méndez). Veamos: pregunta de Méndez, “Con la PAA no se daba exclusión social”. Respuesta de Mata, “Eso es mentira, ahí se daba la exclusión de los pobres y las clases media y baja. Con la PAA no entraban todos los liceos, muchos no lograban ni que ingresara un solo estudiante. Ahora lo que estamos dando es la oportunidad a todos”.
Claro, la oportunidad a los mejores dentro de una distribución de frecuencias. Pero lo insólito es esta afirmación de Mata, que revela su reconocimiento indirecto de la probable formación de una elite universitaria y, por supuesto, como buen venezolano –la viveza- y también como buen socialista –crear una división y la burocratiza para vivir de ella- se asegura como profesor de la USB, que a ésta entren los percentiles altos para estudiar ingeniería. Esto dice el “creador del percentil de promedio” como lo reseña El Universal, “En medicina, sólo entrarán los que tengan notas altas y percentiles altos. Igual pasaría con ingeniería en la USB”. Como buen socialista, Mata propone crear una burocracia. El como profesor de la USB, se asegura tener los mejores estudiantes. Los no tan mejores, que estudien carreras menos competitivas –estudiantes del percentil 50 o menos, olvídense de medicina o de ingeniería en la USB- o hagan el curso de nivelación con profesores entre los que no estará el profesor Mata. El ya se aseguró la crema de las escuelas. Al profesor Mata, le calza muy bien la frase de Trotsky, “Los burócratas nunca se olvidan de incluirse en cualquier reparto”.

No se si el Indecu podrá actuar en este caso –no creo, su nuevo titular parece más pendiente de complacer a Chávez que de hacer su trabajo- pero lo que nos ofrece el gobierno es una “publicidad engañosa”: convierte un problema de calidad en la educación, en un problema de “lucha de clases”, y ofrece que todas las clases entrarán a la universidad. Lo que no nos dice en que ese ingreso será desigual. Lo que se va a crear es una elite de percentiles altos, que seguramente demandarán las carreras y las universidades más codiciadas. Al resto, le quedarán las ofertas hechas por otros voceros en el tema: estudiar en algún centro cerca de su casa (¿Por qué se obliga a alguien a eso?), como lo afirmó Manuel Mariñas, Rector de la UNESR, quien dijo que si un estudiante del estado Sucre quería estudiar en Caracas, no era lo mejor. Que se quede en el estado Sucre (El Universal, día 24-3-08). El estado Sucre es muy bello –lástima que, como todo Oriente, no haya tenido suerte con sus gobernantes, incluido Ramón Martínez, aunque ahora ya no está con el gobierno- pero si el estudiante quiere ir a Caracas, a Mérida, a Maracaibo, a Puerto Ordaz ¿Por qué un burócrata socialista como Mariñas le dice que no puede? ¿Quién es Mariñas para decir eso? Mariñas tiene un Ph. D en Cibernética que estudió en Inglaterra (seguramente pagado con dineros de la llamada “IV República”, a través de Fundayacucho) ¿Por qué no hizo su Ph. D en un sitio cerca de su casa? Ahora, quiere obligar a un estudiante a cursar en su región. Lo que más molesta de los socialistas venezolanos, es su caradurismo. Como Pedro Carreño, quien quedó desarmado cuando le preguntaron por qué viste de Gucci y Vouiton, así son todos, desde Chávez para abajo: le piden a los demás que se conformen con cosas que ellos no aceptan. Mariñas estudió en Inglaterra, pero quiere que más nadie estudie allí. Chávez declaró la guerra, pero no envió a sus hijos varones al frente de combate. Al menos, el capitalismo en eso es más sincero: el Príncipe Enrique de Inglaterra está en Afghanistán sirviendo. Bush padre sirvió en la Segunda Guerra Mundial, y McCain, en Vietnam. Al menos, no le dicen a los demás cosas que ellos no hicieron. Los socialistas de aquí son todos unos caraduras.

Junto a la propuesta de Mariñas, apareció otra más triste para los estudiantes de percentil bajo, dicha por Luis Acuña, ministro del MES (quien tiene un Ph. D en Canadá, seguramente también financiado por Fundayacucho de “la IV”): que vayan a sembrar al campo, “para producir lo que comemos”. De verdad, esta propuesta no tiene ni pié ni cabeza, no porque los estudiantes no puedan estar en contacto con la agricultura –una de las actividades humanas más nobles y productivas- sino porque el problema en Venezuela, es que las políticas del gobierno en esta materia no sirven, y aunque se obligue a los estudiantes a sembrar, seguirá la escasez. Acuña, más bien, debe plantear un cambio de políticas agrícolas en el Consejo de Ministros. Tal vez lo despidan, pero sería más honesto que decir la barbaridad que dijo y, también, dar ejemplo: debe decir que la siembra comenzará con sus hijos, quienes irán con un machete y un garabato a rozar el monte, para luego preparar el terreno y sembrar. Hay que exigirle consistencia a estos socialistas venezolanos, y no aceptar más sus "vivezas".

En síntesis, creo que el “Indice Mata” va a ser más injusto que la PAA. En ésta, al menos la posibilidad de entrar existe, aunque no tengas un percentil alto. Con el “Indice Mata”, lo mejor de la educación superior, será para los percentiles altos. Lo menos mejor o no tan mejor, será para los demás percentiles. Para quienes tienen buenas notas, la propuesta del gobierno será un atractivo importante. Curiosamente, los sectores altos pueden apoyarla, y con la exclusión que hace Mata para favorecer a los ingenieros de la USB –por cierto ¿Qué tienen los ingenieros de la USB que no tengan los ingenieros de las demás universidades? ¿Por qué ese privilegio? ¿Qué tiene la USB que no tengan las demás universidades públicas, para tener ese privilegio?- seguramente podrá sumar apoyos. Al final, los percentiles bajos serán “los parientes pobres” de los percentiles altos, que acapararán lo mejor de la educación superior.

Esa es la propuesta del gobierno: construir una desigualdad que no existe, para crear una desigualdad que será real, y controlar un espacio de poder. Con el registro único de estudiantes, la burocracia del MES será quien decida los cupos, y su distribución ¿Y quién auditará a esa burocracia? Es la pregunta que ni Mata, ni Acuña, ni Mariñas, van a responder. Han creado su isla de poder a partir de una ficción que buscan vender como real: una “lucha de clases” que ha impedido a los “pobres” estudiar. La pregunta es ¿Cómo Acuña y Mata pudieron estudiar en Londres y Canadá, junto a otros funcionarios de este gobierno como Giordani, Navarro, o Moncada, que también estudiaron en Inglaterra, si el sistema de “la IV” era excluyente, y estaba diseñado para los ricos? ¿Cómo Chávez pudo llegar a estudiar en la USB una maestría? ¿Cómo pudo William Izarra estudiar en Harvard y en MIT? ¿Cómo pudo Delsy Rodríguez estudiar en la Universidad de París? ¿Cómo Cilia Flores y Elías Jaua entraron en la UCV? Sus estudios son la mejor evidencia de su mentira: el sistema de educación venezolano no discriminó a nadie. La inflación lo acabó, pero mientras hubo bonanza, los Chávez, los Navarro, los Acuña, los Moncada, los Giordani, los Mata, entre otros, estudiaron lo que quisieron, y en los sitios que quisieron. Hoy proponen a los estudiantes conformarse con un percentil, estudiar cerca de su casa, con una educación de relativa calidad ¡Cuántos autobuses y camiones hubiera quemado Jaua si esto lo hubiera propuesto la "IV República"!

¿Qué propongo en esta área? No soy conocedor de la educación superior. Soy un simple profesor Instructor contratado a tiempo convencional –lo más bajo en la escala, con el “Indice Mata” no tendría vida, por eso tampoco me gusta- aunque tengo pasión por mi trabajo y un no desdeñable trabajo académico, en investigaciones, publicaciones, y acreditaciones, con un récord Summa Cum Laude y Con Honores. Desde 2001, también he recibido el reconocimiento de los alumnos como padrino de promociones (años 2001, 2003, 2004, 2005, y 2007).

Lo primero, mantendría la PAA y la haría una prueba estandarizada, y usaría los percentiles de los que habla Mata para la asignación de los cupos, en función de los que los alumnos llenen en su planilla al inscribirse para la prueba. Eliminaría las pruebas internas de las universidades, porque duplican y reducen la importancia de la PAA, y crea una nueva instancia que no tiene auditoría. A la PAA, la auditaría cada año desde el punto de vista de la confiabilidad y de la validez, y crearía una suerte de “Observatorio de la PAA”, para que sea un ente externo que la valide, no sólo desde el punto de vista metodológico sino cultural (por ejemplo, evitar preguntas que sesguen hacia valores de determinada clase social).

Propondría que en los liceos se hagan test vocacionales, de manera que el estudiante se conozca y vea sus preferencias, y propondría a las universidades que hagan cada año una “Feria de estudios”, en la que los alumnos de bachillerato vayan y conozcan cada carrera, y reciban información de las universidades. Dentro de la ley de servicio comunitario, promovería en los estudiantes de las universidades que hagan visitas a los liceos de Venezuela para hablar de las carreras y para orientar a los alumnos, como parte de su proyecto en el marco de esta ley.

Mantendría los programas tipo Robinson o PIO de las universidades, pero a los cursos propedéuticos para presentar los exámenes, les daría el visto bueno de las universidades. Como son privados, crearía un sistema para certificarlos, de manera que los privados que dan estos cursos, se esfuercen por ganar la certificación de las universidades, lo que a su vez lleva a que los tomen más alumnos, y si los toman más alumnos y están certificados, la calidad debe ser mayor, con lo que la probabilidad de mayores ingresos a las universidades, aumenta. De la misma forma, eliminaría los cupos asignados por “actas-convenios”, ya que crean privilegios sobre la base de determinadas categorías, y reducen los cupos. Si queremos un sistema igualitario, éste debe ser competitivo, pero también abierto a todos y a todas.

Promovería convenios con las universidades para mejorar su planta física, y luego de esto, les plantearía que aumenten el número de estudiantes por aula. Mientras las condiciones para dar clases todavía sean básicas –como es en la actualidad- no tiene sentido aumentar el número de alumnos por salón, porque lo que se va a hacer, es desmejorar la calidad de las clases.

Haría un concurso nacional los “200 mejores” alumnos de bachillerato (público y privado), y a estas personas les otorgaría una tutoría especial para orientarlos en la escogencia de su carrera, les ofrecería ayuda para que puedan salir bien en el test, y una vez seleccionados, una beca para estudiar hasta que culminen el pre-grado, con posibilidades de trabajo en el Estado o de continuar estudios de postgrado con una beca, dependiendo de su rendimiento y sensibilidad social en la universidad.
Hay que abordar al bachillerato de manera estructural. Como son muchas cosas las que se pueden hacer aquí, sólo propondría un mecanismo parecido al voucher que usan en Suecia o en EE.UU. En Venezuela, daría a cada distrito escolar del país, un “pote” de dinero importante, y que al final los padres hagan una evaluación de los colegios de sus hijos dentro de cada distrito escolar, y el que salga mejor, se lleva el “pote” que, con criterios de distribución, se destinaría una parte para mejorar al colegio, y otra a complementar el salario de su plantel humano. Sin duda, aumentaría el salario de profesores y de todo el personal educativo, junto a este "pote".
Son muchas las cosas que se pueden hacer, que escapan a este texto, y que nos llevarían a hacer una suerte de “lista del mercado”, que no viene al caso. Lo que sí no haría, es lo que hace el gobierno: con el cuento que lucha en contra de la exclusión, está creando una nueva forma de exclusión, más perversa, porque no es visible; se esconde en el discurso de la igualdad, pero que al final será igual a todas las sociedades socialistas: privilegios para la nomemklatura, privaciones para la mayoría. Es decir, hay que luchar contra las meta-exclusiones, que son el nuevo fetiche que crea el gobierno para engañar a la sociedad. En el caso de las universidades, el fetiche del "Indice Mata".
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