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sábado, 8 de noviembre de 2008

Obama
No queda más sino coincidir con Oswaldo Barreto, articulista de Tal Cual, quien dijo que Obama ya había entrado en la historia, incluso, si no hubiese sido elegido Presidente de los Estados Unidos. En sus memorias, Galbraith comenta que a los grandes presidentes, los norteamericanos los mencionan con las iniciales de su nombre: FDR (Roosevelt), JFK (Kennedy), LBJ (Johnson). El tiempo dirá si cuando termine su Presidencia, los estadounidenses se referirán a Obama como Obama o será recordado como BHO.
Aunque no soy experto en los Estados Unidos, pero sí un poco conocedor de sus elecciones –durante la pre-campaña, aposte a Hillary Clinton, y creo que hubiera sido una excelente Presidenta- la victoria de Obama parecía necesaria, no sólo para su país, sino para el mundo. Mientras el principal error de la campaña de Hillary fue apuntar a la experiencia, Obama satisfizo la principal demanda de los estadounidenses: el cambio. El famoso
Yes, we can (un Sí podemos, que el MAS en Venezuela utilizó en 1978). Necesidad producto de los 8 años del gobierno de Bush, que colocó la reputación de los EE.UU en el piso a nivel internacional. Una suerte de remordimiento colectivo que pesó sobre la conciencia estadounidense, y los llevó a votar por Obama, como una manera de expiar las culpas y sueños no realizados, acumulados durante los últimos 4 años de la administración Bush.
Sin embargo, que ganara Obama era deseado no sólo por los norteamericanos, sino por todo el mundo. Su victoria disipó en mucho el clima de tensión que hay en el planeta. Se siente un clima más agradable, un ambiente en donde los límites del pesimismo se han roto, y algunos discursos como el del Gobierno de Venezuela en contra “del imperio”, quedan desdibujados, aunque insiste en que “el capitalismo está muriendo”.

Obama no tuvo que recurrir a dos fracasados golpes de Estado para ser conocido, y luego ganar una elección. Se me dirá el ya lugar común, “que en EE.UU a los presidentes los matan, no los tumban”, pero la elección de Obama es, en la lógica de la ciencia, el “experimento” que no confirmó la hipótesis. Como la analogía de los cisnes que se emplea en la investigación científica, hasta ahora, el millón de cisnes era blanco. Pero el cisne 1.000.001 salió negro, y esto se dice sin ninguna connotación racial, y la afirmación que los EE.UU no es capaz de renovarse, no tuvo apoyo.

Pese a los pronósticos del fin de los EE.UU, lo cierto es que el mundo estaba a la espera de lo que ocurriera en el país del norte de América, y esto va a influir de manera decisiva en la sociedad del futuro. Como argumentó Roger Cohen (
The New York Times, 8-11-08), la idea de los Estados Unidos es en sí misma, una idea revolucionaria. Lo demostró el día 4 de noviembre de 2008.
El mensaje de Cohen es interesante y aleccionador, y es quizá la principal enseñanza de la victoria de Obama: el país de las oportunidades que es capaz de reinventarse a sí mismo, y lo mejor, que eso es verdad. En sus fundamentos, los EE.UU vuelve a ser el país que describió Tocqueville, en el sentido del funcionamiento de su democracia. La propia sociedad generó el contrapeso para recuperar los valores liberales que habían quedado opacados luego del 11 de septiembre de 2001. Esto es sano, y es un mensaje muy importante para el mundo: se recuperan los valores de la alternabilidad y del equilibrio de los poderes, cosa que en el Sur de América varios gobiernos enarbolan con claridad: Chile, México, y Brasil, y otros quisieran que estos valores no existieran: Venezuela, Nicaragua, Bolivia, y Cuba.

Obama parece estar al tanto de la inmensa responsabilidad que tiene. El titular que mejor describió su situación, fue el de El Mundo (día 6-11-08), “Obama con más cartas que el niño Jesús”. Ciertamente, todo el mundo va con su
laundry list, desde que quite el embargo a Cuba, hasta que ponga a punto la economía de los EE.UU. La respuesta del Presidente-electo, a partir de su discurso luego de ganar, ha sido sobria para poner las expectativas en su lugar. No se presenta como un mesías. No ha habido sobresaltos, sino una serenidad –uno de los atributos del liderazgo de Obama- en el sentido que no hay ni habrá milagros. Obama parece no querer generar falsas expectativas no sólo dentro de su país sino en el mundo, y de aquí la cautela de sus primeros movimientos. Junto a esto, está la escogencia de sus colaboradores iniciales, muchos de ellos funcionarios de la era Clinton, con lo que comunica que el tiempo para el aprendizaje no existe y como han dicho reconocidos expertos, “la transición va a ser rápida”, por lo que hay que lograr un balance entre la novedad que él representa, y la necesidad de decisiones rápidas en la Presidencia. Balance que va a ser difícil de lograr, y que siempre estará en tensión. Así podría llamarse la Presidencia de Obama: una Presidencia en continua tensión, no por los problemas –de por sí complejos- sino por las soluciones que se van a desarrollar, contra el tiempo. Parafraseando a Schumpeter quien habló de la “destrucción creativa” para referirse al capitalismo, se podría hablar en el caso del gobierno de Obama, de una “tensión creativa”, para ofrecer soluciones a los desafiantes y complejos tiempos en los que viven las naciones. Uno de los funcionarios de la era Clinton que ayuda en la transición de Obama, Leon Panetta, lo dijo claramente, “hay que abrazar al caos”.
La Presidencia de los EE.UU no es fácil. En sus memorias, Clinton describe cómo le fue difícil lidiar con grupos de poder dentro de los EE.UU, y eso que Clinton venía de ser Gobernador, y es un político de altura. No obstante, en su libro, el exPresidente consideró que Washington lo vio como a un extraño, y que muchas de sus iniciativas fueron torpedeadas por esa razón, siendo el punto culminante, el caso Lewinsky, al que Clinton calificó como “un golpe de Estado de la derecha”.

La conclusión que uno saca luego de leer las poco más de 1.000 páginas de las memorias de Clinton, es que una cosa es ganar y llegar a la Presidencia de los EE.UU, y otra es ser reconocido como Presidente de los EE.UU, no tanto por el pueblo, sino por la diversidad de grupos de interés y oficinas gubernamentales del Estado norteamericano. Es decir, no sólo reinar, sino gobernar efectivamente. A Clinton, esto le tomó casi su primer término. Al final de su segundo mandato, por ejemplo, Clinton deja ver que por fin había logrado que los militares lo sintieran como su verdadero Comandante en Jefe ¡Y había sido Presidente por 8 años! Hay que recordar que Clinton se inició en la Presidencia, con una política militar que buscó la aceptación de los homosexuales en la milicia de los EE.UU, asunto que fue criticado por los mandos, y se llegó a una solución de compromiso, pero no fue sino hasta 2000, que Clinton sintió el aprecio de los militares. A Obama le espera un camino igual. Compitió, ganó, y ahora viene el reconocimiento, que se gana con el trabajo, habilidad política, y la consistencia como Presidente de los EE.UU. Es el consejo de Clinton a cualquier Presidente. Junto a esto, el respeto a las formas, que para Clinton fue fundamental: la conciencia de los propios límites. Tal vez la sabiduría en la política sea una muy sencilla: evitar los excesos. Como dijo hace tiempo un prestigioso político venezolano, Ramón Guillermo Aveledo, “cuida de las formas, que las formas cuidarán de ti”.

Esto contrasta con los excesos. Hace días, Chávez justificó sus interminables y fastidiosas cadenas –hechas con gozo sádico- con la afirmación, “quien quiera hacer cadenas, que llegue a Presidente”, con lo que muestra su idea del poder: el abuso, el “me da la gana”, y el “calátelo”. Muy distinto a la sobriedad republicana de la Presidencia de los EE.UU, o de países como México, Brasil, o Chile.

Esto podría explicar el apuro de Obama. Tiene más presión que Clinton para lograr el cambio, pero también tiene algo a su favor: un clima más generoso en su país y en el mundo, para adelantar cambios que en la era Clinton no se pudieron lograr, como la cobertura médica universal, adelantada por Hillary, pero que naufragó atacada en las famosas cuñas de Harry y Louise. Obama arrancó su transición por donde lo hizo Clinton: la economía. El nacido en Arkansas, comenta que luego de ser elegido en 1992, hizo una suerte de retiro para preparar y analizar los ajustes al presupuesto de los EE.UU que haría, ya que en la campaña prometió reducir impuestos, generar empleos, y aumentar el crecimiento. Lo logró. Obama comienza en el mismo punto, y el tiempo dirá si es capaz de presentar un programa que reactive la economía de los EE.UU.

No obstante, lo que me llevó a escribir este artículo sobre Obama es ¿Cuáles lecciones se desprenden para Venezuela? Hay muchas, pero quiero destacar dos.

La primera, acerca de cómo se hace una campaña electoral. Confieso que no puedo de dejar de sentir envidia por la manera cómo se hacen las campañas electorales en los EE.UU, especialmente esta, ya que me dedico a la política y a las campañas, y desde 2006, no he salido de una.

En los EE.UU, fueron 21 meses de aprendizaje constante, de hacer política de verdad. Cuando la comparo con el tipo de campaña que uno hace en nuestro país, se experimenta cierta frustración. El signo de la campaña –tanto demócrata como republicana- fue la palabra innovación y tomar riesgos. Desde la estrategia sobre cuáles estados abordar para sumar delegados que hizo Obama durante la pre-campaña, hasta el lanzamiento de Sarah Palin hecho por McCain, revelan capacidad política, y menos cálculo político. Es jugar a la democracia de verdad: lanzar los dados, y esperar a ver cómo caen, para ganar o volver a jugar, y a no depender tanto de una encuesta para decidir, como aquí. Por esta razón, tengo mis reservas hacia los encuestadores, a los que consulto, pero creo que en Venezuela, el foco de la política, los políticos lo han cedido un poco a los encuestadores, así como en el pasado, lo cedieron a los medios de comunicación. En Venezuela, una encuesta dice quién está y quién no está, qué se hace y qué no se hace –con el cuento que son instrumentos científicos- y eso no puede ser en la política, que es una actividad profundamente humana, en donde lo científico tiene que subordinarse a la vivencia humana, a la apreciación del poder en un momento dado. Las encuestas son un importante instrumento para el análisis y la toma de decisiones, pero no es el único instrumento, ni son un fin en sí misma. El asumir riesgos y el seguir el olfato, son también importantes, y le dan a la política su carácter humano, y a la democracia, su atributo de incertidumbre, que hace posible su continua renovación. Una democracia basada en el cálculo exclusivamente, es una democracia anémica, condenada a la extinción. Es una política sin contenido, mecanizada, que es lo que buscaban Marx y Saint-Simon, y por eso la desaparición del Estado. Si el cálculo asume la política, se acaba la pluralidad, y es el reino de los ingenieros sociales.

La campaña Obama-McCain fue de altura, y con contención. Cuando se inclinó hacia los excesos, los propios candidatos marcaron la pauta para el regreso al debate, siendo más notable este esfuerzo en McCain que en Obama, lo que habla muy bien del primero. Fue una campaña fuerte, dura si se quiere, pero con ideas y planteamientos, y dentro del consenso básico de la sociedad norteamericana acerca de la “tierra de las oportunidades”.

Lo que más valoro de esa campaña, junto al uso de la tecnología, los discursos en momentos claves, los debates durante la pre-campaña y en la campaña, el estilo de cercanía y no de estar montados en una carroza saludando a la gente cual reinas de belleza, fue el trato dado al público elector. Un trato no de menores de edad, sino de mayores de edad, con ideas precisas, apelando al centro, pero sin renunciar a los puntos que definieron cada candidatura. Nadie renunció a sus valores, sino que los dijeron, y el reto fue cómo ver los principios desde las aristas de grupos de votantes tan diferentes.

Esto es importante, ya que en mi trabajo durante las campañas en Venezuela, es lo contrario: hay que tratar a la gente como menores de edad, con cuñas que muestran personas muy felices o de personas con carencias que reciben cosas de los gobernantes. Así se construye al pueblo en las cuñas: o niños felices –así debe ser- y adultos menesterosos, carentes, y agradecidos. Pero no hay ningún asomo de ideas, o de planteamientos de fondo que lleven a un debate. Tal vez por eso, más allá de los insultos de Chávez, la política y las campañas en Venezuela son aburridas. Tampoco son campañas de contacto más allá de caminatas, sino principalmente de carrozas, cuñas, afiches, y programas. Campañas un poco distantes de las personas, salvo contadas excepciones de candidatos que buscan contacto (Capriles, Ocariz, Rosales, Ledezma, entre algunos).

En fin, que creo que hace falta un estilo más denso y profesional de campaña, y salir un poco de los formatos de cuñas con los mismos temas (cielos azules, gente feliz y agradecida, y ninguna idea), con campañas que traten al elector como adulto, que se conviertan en debates que efectivamente busquen polarizar y diferenciarse. Tanto miedo ha generado Chávez en el país, que nadie se quiere diferenciar –algo esencial en una campaña- y todos se mueven dentro de un consenso publicitario electoral (ayudas sociales, pobres, mensajes sin mayor contenido), que nadie quiere desafiar. Aprendí que Venezuela es una sociedad altamente conservadora, cuyo radicalismo es sólo de palabra.

Luego de seguir la campaña de los EE.UU, valoro la sinceridad y el aplomo de los candidatos para mantener un ritmo tan intenso durante 21 meses, que incluyó desde cuñas hasta debates directos, en vivo.

Lo segundo, es el espíritu de cambio. Eso lo tuvimos en Venezuela, y también el aprecio al voto, algo que los estadounidenses descubren ahora, cuando los venezolanos fuimos pioneros del voto en las Américas. Hoy perdimos esa memoria, y prácticamente hay que volver a socializar hacia el voto. Otra consecuencia del gobierno de Chávez, es haber promovido en Venezuela una desesperanza aprendida de tipo colectivo, en la que algún logro de peso colectivo es imposible. Es una sociedad que sucumbió a una polarización que no tiene bases, pero que es real. No tiene bases porque el cuento racial que el gobierno maneja, es más para sostenerse políticamente. Obama o Mandela no manejaron el tema racial, y eso que los dos viven en sociedades en donde el racismo deliberado y letal, fue la norma no hace muchos años. El racismo de Chávez es un racismo de control político, que no tiene sentido en una sociedad mestiza, en donde se discrimina menos por el color, que por la conexiones o grupo al que se pertenezca. Si eres blanco y no tienes amigos o conexiones, eres un pendejo. Si eres negro y tienes conexiones, todo el mundo buscará tener tu número en su agenda
. Esa es la realidad venezolana. Se discrimina por el poder real o percibido, no por el color de la piel, pero se intenta hacer un relato de discriminación por el color de la piel.
Lo anterior ha llevado a que el país haya internalizado una gran culpa –principalmente el país de clase media, sector que sufre el mayor deterioro económico y social del país, pero del que no se habla- que la sublima en cuñas “fresas” de un país unido, pero incapaz de ver sus diferencias o sobre cómo manejar la pluralidad. La culpa lleva a que se vea un país monocolor, en donde los grises se ven como amenaza a una suerte de unidad social ficticia, más allá de los mensajes.

Obama y McCain estuvieron por encima de esto. El discurso de victoria de Obama y el de derrota de McCain, son piezas que comunican la capacidad de salir de las propias culpas, y de construir el discurso político sobre la base de una configuración distinta de los sujetos políticos, más allá de las diferencias tradicionales, y en unir, no como concesión a lo políticamente correcto, sino como verdaderas convicciones sobre lo que realmente hace grande a un país, que es su conciencia, su historia, su propio aprendizaje, su humildad, y líderes que puedan evocar esto con altura, aplomo, y sobriedad.

Hoy, carecemos de esto en Venezuela, aunque en el pasado lo tuvimos, lo que explica el tránsito de una sociedad rural a una moderna en menos de 50 años, con éxito. Hoy nos avergüenza nuestro pasado, y se trata de construir uno que no existió, y un futuro imposible, porque tampoco existirá (
Back to an imposible or not existent future, parafraseando la película Michael J. Fox, de los 80).
En el miedo a ver nuestra propia historia y realizaciones, se esconde la no aceptación de una sociedad más plural, diversa, y compleja como es Venezuela hoy, algo que Obama y McCain vieron en los EE.UU, aunque el primero con más fuerza, y la idea del cambio, fue lo que sintetizó los cambios ocurridos en los EE.UU durante los últimos 20 o 30 años. No le dieron la espalda a su historia, sino que la asumieron, y la impulsaron a una meta más alta. Tal vez por eso el consenso básico de los EE.UU ha perdurado en el tiempo. En nuestro caso, siempre inventamos la historia. Ahora, es la historia de la sociedad socialista desde los indígenas, pero que fue traicionada por una elite “apátrida” que mató a Bolívar y a Sucre. En esa búsqueda, se irán los mejores tiempos de Venezuela, y su incapacidad de entender y de vincularse al mundo, se harán mayores.

Es momento, cual paciente sometido al psicoanálisis, que verbalicemos el trauma social que ha sido inducido por el gobierno de Chávez, para elaborar una experiencia falsa pero que se vive como real –el inconsciente de un inexistente inconsciente- para darnos cuenta de lo que hemos sido, y de lo que hemos logrado como país, y podamos decir, también
Yes, we can, que en criollo quiere decir, “Sí podemos” entender al país complejo que es Venezuela hoy, pero del que no se habla, porque supone asumir un cambio de verdad, no de discurso.

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