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sábado, 3 de enero de 2009

Cháveznomics
Durante el gobierno de Ronald Reagan (1981-1989) en los EE.UU, se acuñó el término de Reaganomics, para referirse a las políticas neoliberales aplicadas durante su mandato, como resultado de la crisis del “Estado de bienestar” en los 70. El término lo tomamos prestado, para hablar de Cháveznomics, que son ¿políticas? que crean una suerte de economía que se congela, que se detiene, que se queda inmóvil, y con eso se considera que la economía recuperará su equilibrio. Es decir 0 (sociedad) = 0 (economía), luego, hay una situación de equilibrio 0 = 0.
Desde 2005, el gobierno viene restringiendo la oferta, a través de estatizaciones, confiscaciones, invasiones, controles, leyes habilitantes, etc, -el inmoral pero aplicado "método Chaz"- y eso explica que el crecimiento del PIB haya estado focalizado en pocos sectores económicos –comunicaciones, comercio, banca- y menos en sectores con rendimientos estructurales en la economía a futuro, como la manufactura que de 7,2% de crecimiento en el lapso 2007, terminó el 2008 con un crecimiento discreto del 1,6 por ciento, de acuerdo al BCV.
De 12 sectores económicos que mide el BCV para el cálculo del PIB, en 2007, 6 crecieron con tasas de dos dígitos, mientras que en 2008, sólo uno (Comunicaciones). En 2007, ninguno decreció. En 2008, decrecieron dos (Minería e Instituciones financieras).
Estas restricciones explican en buena medida la escasez que vivió el país en 2007 y parte de 2008, y que se corrigió no en su totalidad, al flexibilizar los precios, de manera que la oferta mejoró. El último aumento, cerca del 31 de diciembre de 2008, para que nadie lo sintiera, fue en el precio de las sardinas, que subieron en promedio cerca del 100% en su precio al detal.
Igualmente, esta limitación a la oferta da cuenta del aumento de la inflación, que cerró en 32,7% en 2008 (Cepal), y la de alimentos fue una barbaridad: 40,3% (BCV).
Sin embargo, si bien se limitaba la oferta, se estimulaba la demanda, mediante el gasto público –sólo en 2008, los créditos adicionales fuera del presupuesto aprobado, llegaron a US$ 26 mil millones, es decir, otro presupuesto- y la brecha entre una oferta restringida y una demanda creciente, se llenó con importaciones, las que pasaron de 38 mil millones de dólares en 2006 a 55 mil millones de dólares en 2008, de acuerdo a la Cepal.
Todo este esquema se sostenía en precios petroleros crecientes, que en promedio para 2008, llegaron a US$ 88,74 el barril, y que en términos reales, estos precios son más altos a los logrados en 1981 (a precios de 1973, un barril de 2008 = 15,16 $, frente a los 14,21 $ del barril en 1981). Es decir, se rompió la barrera “de los precios más altos logrados en 1981”. El gobierno de Chávez ha tenido los ingresos más cuantiosos del país en términos reales.
Tanto petróleo, que las exportaciones de este commodity aumentaron de 62 mil millones de dólares en 2007, a 93 mil millones en 2008, mientras que las exportaciones no petroleras son apenas de 7 mil millones de dólares (de estas, buena parte son minerales como hierro, es decir, pocas manufacturas).
En su informe de fin de año, el BCV dice algo impactante por lo que revela acerca de la economía venezolana, que rememora la factoría petrolera que fue Venezuela durante Gómez o Pérez Jiménez, “A su vez, la participación de las exportaciones petroleras dentro de ese total, se elevó a 93% y la composición institucional del sector público y del sector privado, fue de 95,2% y 4,8% respectivamente”. Es decir, que del 100% de las exportaciones del país (100 mil millones de dólares en 2008), 93% son petróleo –y crudo, ya que la refinación bajó en 1,2% y eso se ve en los innumerables accidentes en las refinerías, el último en Amuay, mientras que las exportaciones de crudo subieron en 7,9%- y de ese total, el 95% lo produce el gobierno, y apenas el 5% el sector privado.
El impacto de esta cita es tan grande –al menos para mi, que estimo que lo estructural de una economía son sus manufacturas y su capacidad para exportar bienes- porque revela una sociedad cada vez más dependiente, dentro de un discurso vacío de la “soberanía nacional” y “la dignidad de los pueblos”. Muy al contrario, es un país más vulnerable, que vive su pasado hecho presente. Un país como que decidió regresar a lo que alguna vez fue, tal vez porque esa idealización del pasado le ofrece más seguridad que un incierto futuro que hay que construir. Al fin y al cabo, eso es el socialismo: la sustitución del futuro por un presente estático, pero seguro. Eso es Cuba: los carros de los 50 simbolizan ese pasado seguro en un presente estático, inmutable, que no cambia. Así luce Venezuela: un país de mucho ruido, pero que en lo macro luce estático.
Al mismo tiempo, estas cifras revelan la crudeza de la "infraestructura" –en términos marxistas- de la sociedad venezolana, y sus relaciones de producción. Aquí no hay socialismo, como nunca hubo capitalismo, sino lo que siempre ha habido es un grosero rentismo, y la división social venezolana es en términos del “nivel de conexiones” que hay.
Unos pocos que controlan al Estado, y un montón de vivos que se enchufan para bailar la danza de los petrodólares. Por supuesto que hay un sector emprendedor, capitalista, e innovador, pero es pequeño, y vive sujeto e influenciado por la dinámica de las relaciones de producción rentistas, caracterizadas por la apropiación de la riqueza petrolera para formar grupos que luego entran en conflicto con el sistema –las fuerzas productivas- y de ahí parecen derivar los cambios. Además, ese sector moderno, salvo excepciones muy contadas, no participa mayormente en los aspectos medulares de la economía del país, sino en lo residual. En otras palabras, el “lomito” lo tiene el Estado –junto a las claques que lo chupan- y la “chocozuela”, el sector privado, aunque gane dinero.
Así pudiera explicarse el paso de la Venezuela rural a la Venezuela urbana, en tanto el petróleo aceleró las contradicciones entre las fuerzas productivas –la agricultura y el comercio del Siglo XIX- y las relaciones de producción –la nueva clase política y de gobierno derivada del petróleo- que cristalizó el 18 de octubre de 1945.
La Venezuela de las contradicciones que retrató Teresa de la Parra en Ifigenia. Los Alonso, mantuanos, leídos, con buenos modales, pero limpios; frente a los Leal, sin historia, pero conectados a la nueva Venezuela del petróleo, al dinero, al gobierno. Un país de “filósofos” que no “tenían en dónde caerse muertos”, hasta el reventón de Barrosos.
Algo similar pasa hoy: unos “tíos Conejos” –Chávez y su grupo en los 70 y los 80- que se volvieron “tíos Tigres” en los 90, es decir, controlan todo y son autoritarios, y ese parece ser el “ciclo de vida” del poder en Venezuela: cuando no tienes poder, ser un “tío Conejo” –evitar que te jodan- pero cuando al fin lo alcanzas, te conviertes en un “tío Tigre”, es decir, ahora te toca joder a los que te jodieron y a los que no te jodieron. En fin, ni derecha ni izquierda, ni rico o pobre, ni blanco o negro, ni de Caracas o del interior, sino si estoy jodiendo o si me están jodiendo. Esta última en la estratificación socio-política de Venezuela.
Eso explica por qué el resentimiento y la macolla estén a la orden del día en el país. El primero, desagravios que nunca se olvidan, y que en la primera –es decir, cuando se sea “tío Tigre”- se cobran. La segunda, como forma de organización natural de la sociedad venezolana, para sobrevivir como “tío Conejo” ante la presencia de los innumerables “tíos Tigres” que hay en cualquier organización –pública o privada- del país. Una especie de organización feudal.
Durante los famosos “40 años”, se habían dado pasos discretos para superar esta realidad y enseriar al país -el emporio industrial de Guayana como ejemplo de la Venezuela que hace cosas distintas al petróleo- pero las políticas del gobierno han llevado a que Venezuela sea una sociedad más tribal y primitiva en sus relaciones de poder, aunque se vista de Armani o asista a “catas”. No por casualidad, hay un aumento del sicariato y los crímenes por encargo. En una sociedad que no tiene instituciones y el Estado es todo, los pocos espacios que quedan se disputan mediante formas tribales de violencia social.
A partir de 2008, el gobierno comienza a cerrar el círculo de la Cháveznomics. Ya no sólo limitó la oferta, sino que en ese año, inició las restricciones a la demanda. Uno de los genios económicos del gobierno, El Troudi –aunque, sinceramente, da cosa escucharlo hablar, por lo simple y básico de sus ideas y su pobre manera de comunicarlas, aunque escriba libros; parecido a Diosdado Cabello, a quien las elites venezolanas de oposición cortejaron hasta no hace mucho; un par de “dientes rotos” de los que retrató Pedro Emilio Coll- parece que quiere afincarse en contra del consumo, cosa que Chávez “compró”, ya que va acorde a la “ética socialista”.
Esto se hace a través de actos simbólicos, y de decisiones concretas en materia económica.
En lo simbólico, hay dos acciones. La primera, la confiscación del Sambil de la La Candelaria. Sí, confiscación, porque no se cumplió con la Ley de Expropiaciones ¿Desde el punto de vista simbólico, qué significa esta confiscación para la restricción de la demanda?
Golpea un emblema del progreso nacional: el consumo de marcas, “los marqueros” –como dice la gente en la calle- y le pega al verdadero himno nacional de Venezuela, “vengo de abajo, no tuve papá, nadie me quiso, pero surgí, y ahora soy alguien”, que es la obsesión nacional: ser “alguien” y “sufrir para ser digno”, y una manera de comunicarlo es teniendo cosas de marca y costosas. Si no, eres “un don nadie”, que en Venezuela es peor que insultar a la mamá. El fantasma del mantuanismo reciclado en las marcas.
El “surgir” en una sociedad de alta inflación en donde, por ejemplo, tener un carro o una vivienda se hace imposible hoy, deriva en objetos de consumo de status. Ya no es el carro –imposible para muchos, pero sí para casi todos en los 70 o 80- pero sí el Blackberry –hasta los muchachos que llevan los mandados en los supermercados lo tienen- o comprar ropa en Zara o Bershka. Alguna camisa Lacoste o Tommy con unos pantalones Regata, con zapatos Nike, y un reloj Swatch dorado para las damas –hay hasta listas para adquirir este reloj- o alguna prenda Diesel, combinado con un tatuaje o piercing. Y los lentes aplanados D&G, que dan la sensación de intelectualidad. El Wii o Xbox para los hijos (sería una “raya” para una familia que su hijo sea el único en el salón en no tenerlo), y ahora las MacBook, que dan status de pensadores, de gente madura, sensible, que sabe lo que quiere, de acuerdo a la tipología de los consumidores que diseñan los “primos” de las encuestadoras: la investigación de mercados. Es una sociedad de “ricos” en marcas, pero “pobres” en la economía real, esa que estudió Ricardo, Smith, Marx, o Keynes.
Esa es Venezuela: ante la pobreza estructural de salarios deprimidos y alta inflación, sólo queda el refugio de la marca para aparentar que “se es alguien”, y tapar un poco lo que ya se ve en algunas urbanizaciones del Este: casas y edificios deteriorados –prácticamente cascarones- pero con “sendas naves” en el garaje –el otro símbolo del status nacional, el auto- y vehículos particulares estacionados en frente, pero que dicen “taxi”. Es decir, personas del sector medio que “taxean”, y que son marginales en el sentido que están al margen de lo formal, aunque ganen 500 mil bolívares "viejos" diarios. Adquirieron sus casas en los 70 o los 80 o las heredaron de sus padres, pero la crisis y la inflación se los comió. Viven allí, pero son informales, y protegen el estatus de clase media, con las marcas, ya que no lo pueden hacer con un salario real fuerte o con empleos formales. No en balde, Gerardo Blyde anunció que en Baruta, van a refaccionar los ambulatorios públicos porque, “aunque la zona es de clase media, la gente se queja de los costos de la salud” (El Nacional, día 28-12-08).
En este sentido, tal vez el conformismo de la sociedad venezolana se explique, entre otras cosas, por la transformación de la sociedad: ya no es una pirámide o algo parecido como lo fue en el pasado, sino un plano (la mayoría), con una cúpula (la minoría), que sobresale. Dos grupos claramente: los de arriba, que se han beneficiado con Chávez, y un sector popular subido en algo, que se magnifica con una clase media empujada hacia abajo –menos la burocracia del gobierno- lo que da la sensación de una sociedad más igualitaria y boyante. Es una sociedad de sueldos promedio de 3.000.000 a 5.000.000 de bolívares “viejos”, que sólo permite acceder al universo simbólico de la marca, que da algo de status.
El gobierno iguala hacia lo básico, no hacia lo mejor. Tal vez esto explique sus niveles de apoyo que oscilan entre el 40 y 50 por ciento. Para muchos lo básico ya es un logro, en un país con carencias importantes. Ese es el secreto de la igualdad del gobierno, y del bienestar que, de manera relativa, muestran las encuestas, afluencia que exagera la propaganda del gobierno.
Por esto, los centros comerciales tienen –en una expresión weberiana- un “efecto no buscado”: sirven de niveladores de la clase social subjetiva, en tanto crean un espacio simbólico en donde ricos, pobres, y clase media confluyen en un espacio cerrado y protegido, y comparten un status igual de afluencia de manera vicaria. El consumo y los malls son uno de los pocos espacios para mostrar que “se es alguien”, que ha creado una cultura que legitiman las cuñas de TV: “sifrinos” que hablan como motorizados (“burda’e zumbaos”). El ideal de unidad de la sociedad venezolana de las elites.
Tal vez esto explique el surgimiento en Venezuela de un mercado editorial de revistas de alta factura en temas lujosos o de conciertos con grandes artistas –Elton Jhon, quien ya ha venido al país; o Kylie Minouge- que no sólo indican una sociedad más segmentada en términos de sus clases sociales, sino que son revistas y eventos de costo accesible (relativo) a todos los grupos, pero que crean una “riqueza virtual” que compensa en los sentidos, lo que es imposible o difícil de tener o producir en el mundo real de la economía. Venezuela vive una economía de símbolos, que no es la que critican Forrester o Kleim, sino, básicamente, una “economía simbólica de compensación”. Es ese el valor del Sambil o de cualquier mall.
Ya Venezuela no es el país “más feliz del mundo”. Ocupa el puesto 26 de 178 (http://www.happyplanetindex.org/listactual.htm), mientras que Colombia está en el puesto 2, superada por Vanuatu.
A lo mejor esto no es visible en una sociedad que entre chiste y chiste, discursos sobre la responsabilidad social, y cuñas de cielos azules y gente alegre que aparecen por la TV, la gente se acostumbra a todo –y, de paso, se siente orgullosa de eso- y transita hacia un contexto de una calidad de vida a la baja o, por lo menos, centrada en lo básico, con una que otra “canita al aire” esporádica. Habrá sus excepciones, como la que contó Rafael Osío Cabrices (Todo en Domingo, día 21-12-08), en la que lo atendieron muy bien en Sanidad para darle “el certificado amarillo”, pero no es la regla. Salvo excepciones, la sociedad venezolana es un poco más sombría, aunque intente mostrar lo contrario. Una sociedad que el gobierno quiere llevarla a lo básico. Dos cineastas italianos se percataron de ello e hicieron un documental que trae cola llamado La Minaccia (La amenaza) sobre la realidad que vive el país, que se acostumbra a ella (http://www.laminaccia.com/): llegaron ilusionados, y se fueron desilusionados. También, la prestigiosa investigadora criolla Maritza Montero, se percató de esta realidad real, al decir, “cada vez la fisura es más profunda” (El Nacional, día 28-12-08).
Lo segundo, es el acercamiento simbólico a Cuba con mayor fuerza o, mejor dicho, con los símbolos de restricciones de Cuba, que es casi todo. Parece que Venezuela se fideliza rápidamente, mientras Cuba se deschavetiza lentamente.
Los actos en Venezuela con motivo del 50 aniversario de la “revolución cubana” fueron simbólicos, aunque discretos, como la visita de Raúl Castro al país –no hubo cadena- seguramente porque el gobierno sabe el rechazo a la fidelización del país, que traducen las encuestas. Quieren, pero lo hacen “por abajito”. No obstante, ver a Chávez vestido de gala como si se tratase de una fecha patria, da tristeza, por su entrega, por su subordinación y empequeñecimiento ante Fidel Castro. Castro es a Chávez, lo que Rosebud al Ciudadano Kane. Definitivamente, Chávez vive por y para ser como Fidel Castro. No hay duda de ello, y tal vez por esto el recelo del “tío” Raúl con su “sobrino” Hugo.
No obstante, acercarse simbólicamente a Cuba, tiene la ventaja de construir un discurso de restricciones en momentos de crisis. El gobierno siempre ha buscado su Bay of pigs, pero en un ambiente de precios petroleros a $ 100, era poco creíble el discurso de las restricciones. En cambio, en un ambiente de precios petroleros de $ 30 con un gobierno ya fidelizado y que se ha radicalizado –aunque no lo parezca- así comenzó 2009, el acercamiento simbólico a Cuba puede, a los ojos del gobierno, legitimar un discurso del auto-bloqueo –porque no hay bloqueo de los EE.UU, sino un intercambio comercial de US$ 55 mil millones- que facilite la toma de decisiones que restrinjan a las personas. No por casualidad, el gobierno está empeñado ahora en cuestionar y atacar al consumo, y el discurso cubano viene como anillo al dedo: los sacrificios, las restricciones, la escasez.
El acto el día 1-1-09 de Chávez con Cuba, tal vez quiera simbolizar que se abre la etapa de las restricciones en Venezuela, de mayores controles, de sufrimiento y sacrificios.
No me considero anti-cubano, pero sí anti-Castros, y estoy de acuerdo con la suspensión del embargo, la flexibilización de la Ley Helms-Burton, y el cierre de Guantánamo, pero no pude dejar de sentir cierta preocupación y escalofrío cuando leí la excelente reseña de la cotidianidad cubana hecha por Roger Cohen del Times de New York (publicada por El Nacional, día 4-1-09), porque me pareció que en Venezuela se está imponiendo, poco a poco, la cultura del autoritarismo cubano. A ratos, pensé que leía una reseña sobre Venezuela y no sobre Cuba, por la casi perfecta simbiosis de muchos detalles que comenta Cohen en su trabajo. No en balde, existe algo que llaman "VeneCuba".
Si antes se quería comprar el socialismo cuando había dinero, ahora, sencillamente, se lo quiere imponer, porque ya no hay. De aquí la insistencia de Chávez en la reelección indefinida, y su posterior reincidencia si la pierde, de acuerdo a las palabras de otro genio del gobierno y de un verdadero “tío Conejo” que supo aprovechar muy bien la “IV República”, Müller Rojas (El Universal, día 3-1-09)
Aunque no nos damos cuenta en el país –con esa capacidad de adaptación, que Dios nos la guarde- cada vez el gobierno interviene más en los ámbitos de decisión individuales, micro. Ya no es sólo la macroeconomía, ámbito de los gobiernos, sino en la microeconomía, área de los individuos. Interviene en lo que las personas, como agentes económicos, deciden colocar sus “recursos escasos”.
Acerca de las decisiones concretas, durante 2008 se vinieron aplicando algunas. Una, es la política automotriz, en donde la oferta de vehículos es menor por restricciones a la producción local, a las divisas, a las importaciones, que produce una baja tanto en cantidad como en marcas, y eso llevó a que la formación bruta de capital fijo y las expotaciones no tradicionales, bajaran en 2008. Luce que lo que se busca con esta política es delimitar el mercado automotor a pocos tipos de carros, y eso ha creado una distorsión horrorosa: un mercado de carros usados, cuyo precio es mayor que la de autos nuevos, lo que hace más inaccesible los vehículos. Al crear un cuello de botella en la oferta automotriz, la demanda no satisfecha estimuló la creación de un mercado de carros usados muy distorsionado.
Esto es lo que hacen los controles, como documenta el economista que planificó en el socialismo de Hungría, Kornai (1991), al indicar que la burocracia produce corrupción y escasez. Si algo caracteriza al socialismo en la economía, es una burocracia con sus correlatos de escasez y mercado negro, como hay en Venezuela (de divisas, de autos, de repuestos). Al tratar de crear el "hombre nuevo solidario" con políticas de control, lo que se crea es mayor corrupción. Si no, que lo diga Cuba, con sus mercados de peso y de peso convertible (CUC).
También, se aplica la moderación de los agregados monetarios –liquidez- pero no con propósitos anti-inflacionarios -ahora, bajaron el encaje en 3 puntos de 30% a 27 por ciento- el aumento de las tasas de interés para el consumo al 33 por ciento y de vehículos al 28 por ciento, y una medida brutal no sólo porque se anunció entre “gallos y medianoche” –como ya se acostumbra el gobierno, no siente que tenga que rendirle cuentas a nadie, habría que imaginar cómo será esta conducta si Chávez gana la reelección indefinida- que es la reducción del cupo de Cadivi de 5.000 $ a 2.500 $ año/solicitante, que se agrega a la reducción del cupo para compras digitales y la eliminación de las tarjetas pre-pagos. Finalmente, se anuncia un impuesto del 2% al comercio electrónico.
Se agrega, el clima adverso para la inversión, y la decisión del Sambil, que comunica restricciones al consumo.
¿Cuál es el común denominador de estas medidas? Que afectan la demanda, y la limitan, y poco a poco se tiene una ciudadanía amurallada, amputada en sus conductas cotidianas, y cada vez más encallejonada en sus ámbitos de decisión individual. Junto a la inflación, llevó a que el consumo privado cayera de un 18,7% en 2007 a 6,4% en 2008, mientras que el consumo público aumentó del 5,1% al 5,8% en el mismo lapso. Lo que se llama un verdadero frenazo al consumo privado, y se golpea uno de los pocos espacios en los que el gobierno no había intervenido directamente –sí por la vía de la oferta- que es comprar, gastar, y consumir. Uno de los pocos “espacios libres” que le quedan a las personas.
Esta es la “nueva política económica” del gobierno: limitar tanto la oferta como la demanda, en la creencia que eso equilibrará los valores macroeconómicos, y seguramente bajará la inflación. Por supuesto, restricciones que se aplican a la sociedad, no al gobierno, que mantiene su compra de armas, por ejemplo, y Rusia anunció que entregará misiles al país, aunque nadie en Venezuela lo ha anunciado. De nuevo, el juego de la desinformación y el silencio, para hacer todo lo que les de la gana, mientras el país se acostumbra a una calidad de vida de segunda, y la idea es llevarlo a lo básico, a lo elemental, mientras el gobierno se consolida como poder.
Para el gobierno, este es el momento de solidificar el clima de restricciones y, como resultado, un mayor control de la sociedad, en donde una minoría sólo podrá acceder a cosas que antes eran comunes en el país. Pero la desmemoria es algo que caracteriza a cualquier venezolano o venezolana, y también se enorgullece de eso.
Posiblemente, el gobierno concluya que la mejor manera de lograr un control político del país, sea por la economía. Al principio, limitó la oferta, pero como dice el afamado economista hindú Bhagwati (2007), la economía es "una amante celosa, si la descuidas, estás en peligro"; descuidó la demanda, y con eso, aumentó el consumo. Malo para un gobierno que pareciera conocer la popular tesis de Seymour Lipset de los 60: que el desarrollo económico promueve la democracia.
El gobierno expandió la demanda, pero ahora parece darse cuenta que con una demanda en expansión, peligra la hegemonía política, replicar el modelo fidelista. No sólo porque no la puede atender -no hay capacidad productiva para ello, de aquí la restricción de divisas que hace Cadivi, organismo que es el verdadero Big Brother de Venezuela, ya que la sociedad criolla vive por y para los dólares, y el gobierno la agarró en donde más le duele- sino porque una demanda en expansión, tiende a favorecer la democracia. Los autoritarismos, se han solidificado en momentos de restricciones y ajustes, con el discurso del sacrificio. Una revolución necesita una retórica del sacrificio, de la calamidad, para justificar perder libertades. Con esto, más de una generación de cubanos justificaron a Fidel Castro y sus autoritarias medidas: es el precio que hay que pagar para llegar al Paraíso. Muchos, todavía, consideran valioso el precio, luego de 50 años ¿Es Cuba el Paraíso hoy?
El gobierno de Chávez repara en que una demanda amplia obstaculiza el control político. Ahora, apelan a la limitación de la demanda, la que junto a la oferta restringida, puede ofrecer el contexto para intentar aplicar una hegemonía política, sin más, que ya ocurre de hecho. De nuevo, se cita a Müller Rojas quien dice que Venezuela es un "Estado unitario de hecho y no de derecho" (El Universal, día 3-1-09), con lo que la idea de poderes plurales desaparece, y muestra la verdadera cara del gobierno: un poder personal y centralizado. Para lograrlo, necesitan que tanto la oferta como la demanda, tengan límites, esto en la economía.
Si el Chávez de las “vacas gordas” era autoritario, el Chávez de las “vacas flacas”, lo será al doble, y no en balde, es su mayor apego simbólico a Fidel, para agarrar la seguridad que necesita ante un ambiente de incertidumbre que lo descontrola.
Aquí entra la economía. Tal vez sea la puerta para llegar a los sectores del gobierno menos ideologizados. Las encuestas nacionales, como las foráneas (Latinobarómetro), sugieren que hay una mayor sensibilidad al tema económico, y a través de éste, se puede cuestionar todo el modelo del gobierno. A partir de la inflación, demoler el socialismo. Es la lógica. Antes, a lo mejor era difícil, porque había bonanza, pero ahora no. Hay un contexto que la gente ve. La oposición debe liderar el tema económico, para entrarle al centro del gobierno, y desmontar toda su trama. No hacerlo, “más que un crimen, sería una estupidez”, como dijo Talleyrand. Sería imperdonable.
La economía, puede mostrar que Chávez es vulnerable, sustituible, como se ha revelado en la política. Por lo demás, la economía sí llega al barrio, porque las personas populares están acostumbradas a bregar diariamente –tienen una constitución emprendedora y capitalista- más que las elites, orientadas mayormente al rentismo, a cultivar relaciones sociales para favores o “movidas”, y muchas ya han sido cooptadas por el gobierno -aunque en público digan que no son del gobierno- tal como ocurre con sectores de elite y de clase media en China, capturados por el gobierno de ese país. De aquí que sean tan pro status-quo y como Chávez, le tengan miedo al cambio, a la innovación, a lo que Schumpeter llamó la “destrucción creativa”, que caracteriza a los modelos de mercado, que Castro acabó en Cuba –los Chevrolet de 1957 todavía por las calles, el tiempo se detuvo- y Chávez comienza a destruir en Venezuela. Primero, con acciones simbólicas como las mencionadas, pero ahora, cada vez más en el campo real de la economía particular.
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