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miércoles, 23 de enero de 2013


Violencia
Es difícil saber qué tienen las personas en su conciencia cuando se habla del clima de violencia que vive Venezuela.
El tema parece "metabolizado" por la sociedad, que lo aborda mayoritariamente en la esfera privada: en las conversaciones particulares o en los relatos sobre las vivencias que hay en el tema de la agresión. Pero la sociedad parece que se acostumbró a la situación. Hay una suerte de resignación que se rompe en la morgue, cuando algún familiar de una víctima se atreve a quebrar el silencio; la "normalidad", y expresa todo el sentimiento que puede generar perder a un ser querido, víctima de un hecho violento. Pero de allí no pasa. El dolor, también, ya es rutina en un país en donde la rutina parece ser el único proyecto de vida aceptable y aceptado.
Es curioso, porque la historia de Venezuela es también una historia de violencia. Su Guerra de Independencia según cifras de John Lynch, costó el 25% de la población de ese entonces (aproximadamente un millón de personas). Manuel Caballero se refería al Siglo XIX como un momento en donde hubo 66 años de guerra y 16 años de paz. En el Siglo XX el país vivió la violencia de las dictaduras de Gómez y Pérez Jiménez. En la democracia, la violencia de la lucha armada. 
Claro, son hechos de violencia política, pero lo que resalta es el silencio ante experiencias que debieron haber inoculado al país contra la agresión. Destacan esfuerzos muy puntuales, como el del editor José Agustín Catalá y su Avila Arte, quien documentó la violencia durante la dictadura de Pérez Jiménez. 
Si me preguntan ¿Cuándo la paz se perdió en Venezuela? Diría que fue en 1986. Intuitivamente, por esos años, uno percibía que algo estaba pasando. La sociedad daba señales de cansancio, pero que no fueron atendidas apropiadamente. Es decir, con innovaciones y cambios de fondo al sistema político. El malestar de los 80 se convirtió en la violencia de los 90, que a su vez se transformó en el Apartheid y la destructividad del 2000 ¿Qué será ahora? 
De nuevo la constante histórica de Venezuela: nuestra sociedad no enfrenta, no encara su propia historia; nos cuesta hablar sobre nosotros mismos, sobre lo que somos, sobre lo que hacemos, más allá de los lugares comunes del tipo somos el mejor país del mundo y afines. Si ocurre, ese diálogo no percola al grueso de la sociedad, para interpelarse a sí misma. Se queda en los muros de la casa, del café, o de la academia. 
Todo queda en un silencio que puede explicar por qué somos un país de gente que guarda facturas y es resentida. No existen los espacios para hablar de las cosas que generan frustración -personales o sociales- y es mal visto hacerlo. Se asume que puede ser desestabilizador desde el punto de vista político. De tal forma que la democracia que nace en 1958 no supo tramitar la violencia armada de los 60. Como argumenta Colette Capriles en su columna en El Nacional, en Venezuela se pacificó, pero no hubo una real integración de quienes optaron por la vía de las armas contra los gobiernos democráticos, una vez concluida esa etapa. 
No hubo Comisión de la Verdad o algún gesto que comunicara el cierre de ese momento, y la Comisión de la Verdad que hoy crea la dictadura, es una instancia no para hacer justicia sino para justificar la opresión en nombre de quienes fueron reprimidos en el pasado por hacer armas contra los gobiernos democráticos ¿Con qué moral un gobierno que salió a la luz pública con sendos hechos de violencia -los golpes de 1992- pretende ahora erigirse en portador de la justicia? 
Su discurso es de la división, del Apartheid que pretende normalizar -la mitad que no comulga con el proyecto de la dictadura se la quiere sumisa, acorralada, desmoralizada, a través de la represión y de la culpa que se le quiere inocular por no haber mirado a los ojos de los pobres- el discurso del odio y que explica en gran medida la violencia que hay en Venezuela.
La revolución de Chávez ha sido y es violenta pero en el estilo venezolano: no hay un conflicto abierto -verbalmente sí- sino subterráneo. La violencia delincuencial. La violencia social y política del discurso del gobierno. La violencia de las estructuras: desde la inflación a las listas Tascón. La violencia de la cotidianidad. La violencia que empuja a muchos a irse del país; algo de lo que no se habla tampoco y que se despacha con la burla del me iría demasiado
Con chistes y burlas se pretende tapar una sociedad con estructuras demoníacas, expresión que le escuché a un sacerdote cabeza caliente en los 80, el padre Matías Camuñas. Esas estructuras se han potenciado desde 1999. 
Tan viva está esa experiencia de los 60, que hoy un factor de movilización de buena parte de la sociedad es el comunismo y a otra parte de la sociedad, la movilizan las banderas de la lucha armada de esos años. Es evidente que el país no ha cerrado un capítulo de su vida, que hoy le pesa, que no le permite encontrarse para avanzar, para superarse. Priva la economía del resentimiento ¿Cuándo la superaremos?
También el abordaje de la violencia se ha "especializado" y en cierto modo, el aspecto humano desaparece de los análisis. A esto contribuye la censura y la auto censura de la dictadura, que cualquier relato que toque los aspectos humanos de un hecho se rotula con expresiones como manipulación, amarillismo, o la nueva expresión, necrofilia, algo curioso en un gobierno que hizo de la muerte una consigna y hoy la niega.   
Como dice el lugar común, la estadística lo soporta todo, y las víctimas son números de alguna consigna electoral o de un discurso. 
La "técnica" en el tratamiento del tema sustituye visiones no sé si llamarlas morales o humanas, que "desnormalicen" lo que ya se acepta como algo normal.
Expertos van y expertos vienen; cifras van y cifras vienen, y en el esfuerzo por explicar el comportamiento violento, la dimensión humana, de tejido social, de vidas particulares o cómo se vivencia el fenómeno, se pierden. 
Aunque no soy experto en el tema, en los media no son muy comunes las explicaciones más cualitativas, como las que se hallan en la compilación hecha por Susana Rotker en Ciudadanías del miedo (Rutgers University y Nueva Sociedad, Caracas, 2000).
Al hablar de ciudadanías del miedo se abre la puerta a un debate más denso, sobre un sujeto que tiene miedo, y no es meramente un receptor de políticas públicas ("más seguridad", "más policías"), en la visión que externaliza el problema pero no lo aborda y en la tradicional visión que hay en Venezuela, en donde el pueblo es un mero receptor de cosas que los poderosos dan. El noble pueblo que se construye solo como receptor. Antes y ahora. 
Nuestra incapacidad para encarar el problema lleva a que se externalice, de tal forma que las soluciones se encapsulan en recetas que no toman en cuenta que la violencia que se quiere externalizar es generada desde la propia sociedad que la cuestiona. 
Lo llamativo de la violencia criolla no es solo lo cuantitativo, sino lo cualitativo: las formas cada vez más destructivas que toma y la destructividad que comunica. Indudablemente, algo malo pasa en el país. 
Cuando se mata como se mata hoy en Venezuela, lo que se evidencia es una compulsión que indica un estilo egótico importante, porque cualquier afrenta se asume como desafío y el deseo de poseer al otro termina en la aniquilación del otro. El Si no eres mía, no eres de nadie que se escucha en los relatos de los crímenes pasionales. O La universidad es de todos o es de nadie o Si no es Chávez es plomo, escuchado en la "juramentación" del gobierno de Maduro-Cabello el día 10-1-13.
En común tienen la incapacidad para asimilar la frustración y el deseo si se quiere patológico, de fundir al otro en la visión de quien se siente poseedor del poder. Sencillamente, la incapacidad para asumir la diferencia. Esto puede explicar por qué Venezuela se ha convertido en una sociedad un tanto provinciana, en la que lo diferente es lo extraño, a pesar del discurso cosmopolita. El peso por lo uniforme es grande aquí. No sé si es cansancio o que los hábitos de la dictadura ganan terreno. Uno importante, lo uniforme porque las personas no tienen vida propia. O son un engranaje, son los usual suspects -la "oposición"- o viven la vida a través de otro, en este caso, del líder carismático que es Chávez. 
La violencia, sea colectiva o no, tiene un componente egocentrista importante. Se quiere tanto que el otro comparta mis puntos de vista, que lo mato. Es el genocidio o las limpiezas étnicas. Realidades actuales de otros países, pero que en Venezuela se observa en el discurso, principalmente el del gobierno, cuya retórica de la violencia es ya cotidiana y por eso peligrosa. Cuando la violencia se cotidianiza, su abordaje es más complicado porque es vista como algo natural, que forma parte de la vida. El juicio moral no existe, y si lo hay, es en la forma de la culpabilización de la víctima
Hace menos de una semana, en clases de Psicología social -uno de los temas que se examina es el de violencia y agresión- colocaba a los alumnos ejemplos de la violencia doméstica y les recordaba que al arrancar clases -en octubre de 2012- habíamos hablado sobre una "moda" que tiene cierta fuerza en la violencia del país: quemar a la gente.
La conversación y el recordatorio fue hace menos de una semana, y en tan corto tiempo, los ejemplos aumentaron: el asesinato de 3 personas en el 23 de Enero en Caracas, por bandas delincuenciales que las llaman colectivos; crimen que en sus detalles revela un nivel de deterioro muy importante: uno de los asesinados fue lanzado desde un piso 11; también el de un "esposo" que por celos, enterró viva a su esposa. Otro hecho violento en el que otro "esposo" asesinó a su pareja solo porque bailaba con otra persona. El caso de la madre que mata a su hijo de 5 meses y luego de quita la vida. El linchamiento del agente del CIPC cuando cumplía sus funciones y estaba a poco de detener a un maleante. Esto sin meter el caso del señor que mató a la mamá y la quemó, porque fue "una orden de Dios para salvar a Chávez". 
Todo esto en menos de una semana, pero más allá del estupor inicial, no generan nada. Venezuela es una sociedad inconmovible. 
Es probable que esto sea un factor que explique por qué es una sociedad violenta: las instituciones que tramitan los disensos, los conflictos que hay en toda sociedad, no funcionan y la respuesta es la indiferencia, que es una forma muy cruel de violencia porque es privada y oculta un cierto masoquismo que se observa en el país; de disfrute por la desgracia ajena, pero no como mecanismo de placer -caeríamos en los patológico, aunque no sé si ya estamos en ese nivel- sino como mecanismo de compensación ante unas instituciones que no funcionan; es decir, lo que le pasa a otro me hace ver que no soy el único, y eso estabiliza y normaliza lo que no debe ser normal, pero como el sistema no funciona, desplazar la frustración y ver a otros que sufren, es hoy un factor de estabilidad. Como se diría en psicología social, la psicología de la comparación descendente. En criollo, siempre hay alguien en peores condiciones que las mías, lo que me tranquiliza
Posiblemente por eso no se le quiera poner la cascabel al gato a la violencia. Sería alterar un orden que acaba con el país, pero lo hace de forma privada y en las ciudadanías del miedo se hace difícil organizarse, para hacer de esto un asunto público y no el tema de alguna desgracia particular, que es lo que se ve cuando el tema se aborda en las conversaciones ¿Resulta posible imaginar que el gobierno ponga en ley a los llamados colectivos? Me atrevería a decir que la respuesta mayoritaria será no. 
Todos tenemos un relato sobre la violencia y siempre hay alguien en el grupo que tiene un relato muy fuerte que a su vez, hace que los otros relatos pierdan su importancia. Siempre es el caso más arrecho que es lo que metaboliza que nunca haya una respuesta a este tema y a los otros temas (desempleo, inflación, escasez). La sociedad venezolana ha hecho del sufrimiento un factor de estabilidad; en tanto se sufre más, se estabiliza más. Siempre hay alguien que sufre más. Al final, lo que debe ser un asunto público -para que sea un movimiento social que coloque en público un gravísimo problema social- se convierte en un asunto de relatos individuales que "normaliza" una realidad que acaba con el tejido social.
Tenemos desde 1977 conviviendo con la inflación. Tenemos desde 1989 conviviendo con la violencia social. Tenemos desde 1992 conviviendo con la violencia política. Tenemos desde 1983 conviviendo con la devaluación. Tenemos desde 1987 conviviendo con la escasez y el "acaparamiento". El corsi e ricorsi de Venezuela ¿No somos un país tradicional, atrapado en sus mitos?
La violencia aumenta en cantidad y en calidad. Me luce que los llamados tradicionales ya no surten efecto. En otras palabras, seguir hablando de la inseguridad en genérico no ayuda hoy. Se ha "metabolizado". 
Al profesor Andrés Stambouli le escuché la idea que hay que cambiar el nombre a la inseguridad, llamarla de otra manera. Es una buena idea y agrego que hay que describir muy bien los hechos de violencia, darle su rostro humano, su detalle, a riesgo que te llamen amarillista. Mientras la violencia sea una estadística o un discurso sobre "quien arregla el problema" sin abordar lo que realmente aquélla representa, será "normalizado" por el país como los 12 ministros del Interior y los 19 programas de seguridad que acumula la administración Chávez desde 1999. 
Esto con el propósito de interpelar a una sociedad que se resiste a ser interpelada. Que cree enfrentar la, su realidad con solo silencio. Con estos hechos de violencia que hay en el país ¿Hasta cuándo el silencio?

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