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domingo, 5 de octubre de 2014

A propósito del caso Robert Serra-María Herrera



Escribir sobre el asesinato de Robert Serra y su asistente, María Herrera no es fácil. Las investigaciones se desarrollan, por lo que mientras no se tenga una información confiable, todo caerá en el reino de las especulaciones. Como regla general para estos casos, especular no es aconsejable. Dado el nivel de escisión del país, especular puede ser motivo para profundizar más las heridas y resentimientos, que abundan en la sociedad venezolana.  Ahondarlas es la apuesta de muchos sin querer queriendo.

En esta ocasión, se espera del gobierno una explicación completa, no solo por respeto a los dos fallecidos y a sus familias, sino al país. 

Se recuerda el asesinato de Eliécer Otaiza -a quien conocí en la época de las FAN, con aprecio- en abril de 2014. En ese entonces, Maduro dijo prácticamente lo mismo que expresó el día 3-10-14 en la capilla ardiente de Serra y Herrera: un asesinato planificado, cometido por sicarios, y el responsable es una entidad política llamada "la derecha", categoría estigmatizada en la que se mete a "Raimundo y todo el mundo" que no sea del gobierno. 

A casi 6 meses del homicidio de Otaiza ¿Que quedaron de esas acusaciones? Dos condenados -uno con una pequeña pena- y 5 acusados, pero de los autores intelectuales, de la operación, del por qué fue asesinado, no se habla. Hay condenados pero ¿Por qué mataron a Otaiza? No se dice. Silencio ¿Por qué? ¿La sociedad venezolana no tiene derecho a la verdad?

Estoy de acuerdo con lo dicho por el Ministro Rodríguez Torres. Que el caso Serra-Herrera -y agregaría, todos los casos de este tipo- no sean parte de un show mediático. Pero para que eso no ocurra, el gobierno debe suministrar información confiable, contrastable, precisa, y oportuna. Eso no ha sucedido, y por este motivo casos anteriores al de Serra-Herrera, terminaron en el reino de las especulaciones. Si no hay información confiable ¿Cómo rebatir una especulación en un país ganado a creer en especulaciones, por la incertidumbre de su cotidianidad?

Venezuela espera -y haría mucho bien a la salud institucional- que en esta ocasión, se ofrezca una información completa. No el silencio, el olvido, o acusaciones para darle fuerza al show mediático que se critica, y luego que pasa un tiempo del hecho, las acusaciones quedan allí. Con su carga de rabia, de sed de venganza. Como dice el refrán, el agua derramada es difícil recogerla.

Tampoco tiene mucho sentido escribir acerca de las causas de la violencia en Venezuela. Existe mucha bibliografía sobre el tema.

Desde el punto de vista de la psicología social, está el clásico trabajo del psiquiatra José Luis Vethencourt (1990), Psicología de la violencia

En 2003, aventuré para la revista Diálogo Político, un artículo para explicar la violencia en Venezuela, desde una perspectiva politológica. Allí, se desarrollaron 3 razones para dar cuenta de la entonces creciente violencia en nuestro país: a.-La ausencia de un proyecto nacional como garantía de seguridad interior, b.-La ineficacia del sistema judicial, y c.-La disponibilidad de armas.

Aunque han pasado 11 años, pienso que las tres causas se mantienen. El gobierno y el sistema judicial han hecho esfuerzos en abordar la ineficacia del sistema judicial, pero los tentáculos de la criminialidad son tales, que esos esfuerzos se perciben inútiles, especialmente cuando ocurren casos públicos como el de Serra-Herrera. Sin embargo, no desestimo los esfuerzos que hace el gobierno en esta área, especialmente en el tema de las policías.

Sí quisiera detenerme -es por lo que escribo esta entrada del Blog- en una variable que estimo se ha "normalizado" en la sociedad venezolana.

Cuando estudié psicología social a mediados de los 90, mi trabajo de grado fue sobre una aproximación a la "personalidad autoritaria" del venezolano en una situación de crisis ("amenaza social"). Investigación que gracias al estímulo del profesor Angel Alvarez y del editor Roger Michelena, fue publicada como libro en 1998 por nuestra Universidad Central de Venezuela, con el título, La amenaza social y el autoritarismo en Venezuela.

Fue evidente para mi en ese entonces, que la crisis que se vivió en los 90, no solo trajo desajustes políticos, económicos, y sociales, sino también desajustes en la salud mental de la sociedad. 

Luego de aplicar a una muestra la conocida Escala F (escala de fascismo potencial), las personas que resultaron con puntos altos en el instrumento, fueron invitadas a participar en una entrevista a profundidad, de forma voluntaria. La idea fue entrar en la cognición acerca del autoritarismo.

Un verbatum que se repitió mucho durante las entrevistas fue una necesidad de destrucción, y de esa forma, resurgir como sociedad, pero ahora, puros.

El argumento hallado en las entrevistas más o menos fue el siguiente, "Nuestro país está podrido, y requiere regenerarse, por lo que una extirpación, limpieza, corte, desinfectar, es necesario para regenerarnos, para purificarnos". 

En los más autoritarios, este estilo cognitivo fue una manera de manejar la incertidumbre que producía la amenaza social de los 90. La necesidad de un orden los llevó a dicotomizar al mundo entre "buenos" y "malos", y a pedir "mano dura" con metáforas médicas, que son expresiones muy cercanas a las cogniciones de los autoritarios; "El cáncer de la corrupción carcome a la sociedad, por lo que debe ser extirpado, y esto producirá dolor, pero luego del dolor, saldremos fortalecidos, curados", o cosas por el estilo, sugieren en quien lo dice, un estilo cognitivo autoritario que tiene su origen, básicamente, en la percepción intensa de caos social que se hace insoportable desde el punto de vista emocional.

El autoritarismo se alimenta de las crisis. En las crisis la moneda es la incertidumbre, y las personas están dispuestas a escuchar cualquier cosa. No es casual en tiempos así el regreso a lo mágico. 

Por ejemplo, en nuestro país, lo incontrolable de la vida por la inseguridad, ha llevado a colocar la certidumbre en la corte calé o corte malandra. En los sectores de gente bien, también opera una lógica de lo mágico.

Cuando la imagen del Arcángel Miguel fue paseada por Chacao el día 29-9-14, algunos tuiteros invocaron la protección del santo contra el maligno, término usado en sectores más boyantes para referirse al actual gobierno o al "comunismo".

Para el gobierno, la derecha; para la oposición, el maligno. Que gran necesidad de certidumbre tiene la sociedad venezolana. Agregaría, también, de liderazgos con carácter (que no se refiere a la fijación con las bolas que tienen ciertas personas en Venezuela ante lo político. Carácter es autonomía de acción frente a presiones del grupo o de elites).

Esto revela, también, lo que Vethencourt -en el artículo ya comentado- pronosticó en los 90 para la Venezuela del futuro, y se cumplió: la regresión psicológica de la conducta violenta a estadios primitivos en el cual las personas son presas, y sobre ellas se ejerce la violencia extrema, destructiva ¿Los cuerpos descuatizados pueden ser un ejemplo de esta violencia egocéntrica o grupocéntrica, que Vethencourt pronosticó en 1989?  

Otro ejemplo es la regresión del lenguaje político venezolano. No ha pasado una semana del asesinato de Serra y Herrera, y el lenguaje político ya usó expresiones como "basura", "insectos", "ratas", para referirse al gobierno o a la oposición, y culparse de las dos muertes o para construir al "otro". 

Lo llamativo es que la sociedad venezolana de 2014 se mantiene en la violencia vengativa que caracterizó a los 90, lo que muestra en buena medida, el fracaso de la política como arte de lo posible, como actividad para construir un orden político. En casi un cuarto de siglo, no se ha hecho nada desde el punto de vista político. 

Esa fue la base emocional de la Venezuela de los 90. Es la base emocional de la Venezuela de hoy, por causas distintas.

En los 90, por la crisis del sistema político bipartidista. En 2014, por la crisis de hegemonía del sistema político chavista. En los 90, era el cambio. En 2014, es la inercia. 

Ese motivo del país podrido, está allí. Se mantiene, a veces de forma latente, a ratos de forma manifiesta. 

Se mantiene porque las instituciones no funcionan. Una muy importante, la posibilidad de la alternancia en el poder, que es una válvula política vital para la paz. Cuando un grupo político asume que no podrá acceder al poder por las vías establecidas, la violencia aparece en el radar. Si ese grupo asume el camino de la violencia política, es su decisión. Como fue, por ejemplo, la decisión del Congreso Nacional Africano en los 60 para luchar contra el Apartheid en Suráfrica.

Pero la decisión puede ser no recurrir a la violencia política. Eso tiene un efecto: que grupos se sientan oprimidos, que jamás tendrán posibilidades para acceder dentro del sistema, pero deben vivir en el modelo que los excluye, degrada, estigmatiza, o humilla. La tensión que esto produce debe ser canalizada, desplazada, debe tomar forma, alguna expresión. Una vía para que esa energía acumulada salga. Aquí las instituciones son clave para que esa expresión sea sana.  

La no respuesta de las instituciones políticas -que genera incertidumbre- y la poca capacidad que tenemos como sociedad para organizarnos, me luce que trajo de vuelta un motivo ya presente en la sociedad venezolana en los 90: Destruirnos, porque no somos capaces de organizar la convivencia política. Bueno, ni siquiera eso. Ni siquiera somos capaces de reconocernos. Ni en nuestras semejanzas o diferencias. Una sociedad de trincheras, donde cada grupo está en lo suyo, sin importar el resultado global o la suerte de otros grupos.

Hoy tánatos vence a la política.

Esa búsqueda insconsciente de la destrucción, que se observa en el lenguaje deshumanizador de la política nacional, o ese deseo que se nota en personas, que ocurra un colapso en la espera que eso arregle las cosas, que lleve al país hacia algo desconocido, lo que sea, con tal de salir de esto, que me oprime, que pesa, que me consume lentamente. Es la cotidianidad pesada que busca alivio en la propia destrucción para salir de ella. 

No poder verse en el futuro -es decir, creer que el gobierno nunca dejará de ser gobierno- y tener conciencia de la propia irrelevancia como grupo o como sujeto ante un sistema que se considera hostil, invitan a pensar en la violencia. No percibirse como persona, sino como una estadística más -en el caso de la inseguridad, por ejemplo- abre la puerta a que la vida misma no tenga sentido. Es el nihilismo que se observa en sectores de la sociedad venezolana, y que se notó en los hechos de febrero de 2014.

¿Recuerdan las consignas y pancartas que decían más o menos lo siguiente, "Si la inseguridad me mata cuando salgo a la calle, por qué no morir en una marcha"? Consigna que comunica el valor 0 de la vida para quien las dice. Como no controlo mi vida, soy insignifante. No soy persona porque no soy importante, soy una estadística. La muerte es mi destino. Trataré, entonces, de buscar una muerte heroica. En la no existencia conseguiré la identidad que se me niega estando vivo. Quiero escapar de una vida que se asume miserable, en definitiva.

El conflicto político tomó esta forma, en apariencia inofensiva, pero letal en cuanto a la salud delo tejido social. Poco a poco se ha erosionado, y el resultado es una sociedad donde nadie confía, y donde la fantasía de muchos es la destrucción para quitarse la tensión que significa vivir en una sociedad en la que se es un extraño, un diferente.

Sé que esta entrada puede leerse como algo abstracto. La mayoría de los trabajos sobre el caso Serra-Herrera, abordan las posible causas del asesinato, los responsables, o la necesidad de parar el odio, de unirnos. Son perspectivas interesantes. Solo aporto la mia, que trata de decir que esa destructividad que como sociedad llevamos porque no hemos tenido éxito en cerrar heridas y resentimientos; en confrontar nuestros demonios políticos, está allí. Cuando ocurren sucesos como el de Serra-Herrera, ese motivo se hace visible. Luego, se oculta, pero sigue allí, latente. 

Me temo que para derrotarlo, hará falta algo más que discursos sobre la inclusión, que tenemos que aceptarnos, o patear calle en los barrios. 

Requerirá construir un proyecto de país donde todos quepamos, pero lo más importante, que lo sintamos así. 

Me gustaría que tuviera tres cosas: la idea de cohesión social de Tony Judt, la idea de vulnerabilidades de Martha Nussbaum -pienso que el mundo de hoy se define más por las debilidades que por la fortalezas- y la idea de capacidades de Amartya Sen

Cohesión y movilidad. Estas dos palabras me luce son claves para un proyecto de país. Y pueden ayudar a que la destructividad deje de ser una opción metafórica para escapar de las tensiones políticas, que el sistema político no canaliza. Metáfora que ahora toma forma protopolítica, y que convive con la violencia delincuencial, ya tradicional, si se quiere. 

Hace días leí en twitter una cita que se le atribuye a Mandela. La cita dice más o menos lo siguiente: que cuando el agua está hirviendo, no tiene sentido apagar la hornilla.

El agua de Venezuela tiene tiempo hirviendo. Nos hemos limitado a tratar de apagar o bajar el fuego a las hornillas ¿Qué tal si dejamos de pensar en las hornillas y pensamos en la cocina completa?

Es lo que este trágico y condenable asesinato de Robert Serra y María Herrera, me llevan a pensar, otra vez. 

Con la esperanza que la política pueda vencer a tánatos ¿Definitivamente?
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