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sábado, 14 de marzo de 2015

La visita de Unasur

No había que esperar afirmaciones o conductas de Ernesto Samper para concluir que Unasur tiene un sesgo que no favorece a la oposición de Venezuela. Más que sesgo, diría prejuicios. Basta leer los tuits de la cuenta de Unasur en tuiter sobre la oposición venezolana, para ver esos prejuicios en 140 o menos caracteres. 

Sin embargo, “es lo que hay” ¿Qué sería ideal otro foro? Sí, pero ¿es posible hoy? No ¿Será posible en el futuro? El futuro también se construye con lo que haces en el presente.

Tal vez una de las pruebas más importantes para un político que aspira a tener calibre, es tragar grueso ante prejuicios así, pero concentrarse en lo importante, y tener el aplomo para interactuar con Samper o personas como él, sin caer en la trampa del orgullo, del cinismo, o del resentimiento.

En pleno diálogo con el Apartheid, la esposa de Mandela –Winnie- fue acusada de secuestro y robo por el “régimen”, para desacreditarla (y a él). Si Mandela hubiese cedido al espejismo de “ultrajaron el honor de mi familia” –al que muchos ceden en Venezuela- se hubiese parado de la mesa de diálogo. No lo hizo. En otro momento y por otros motivos, lo hizo, pero dejó un canal abierto con De Klerk, con la aprobación de su partido el CNA. Nunca cerró la comunicación.

En la película Selma, aún en los peores momentos –por ejemplo, cuando una bomba mató a dos niñas negras, así arranca la película- King y Johnson dialogaron. Incluso, el gobierno del tejano lanzó una “campaña sucia” contra King para desacreditarlo ante el público, y aún así, los dos políticos dialogaron. Eso es carácter en política. King no se puso con, “mi reputación es lo único que le dejo a mis hijos”, ni cursilerías de ese tipo, que se ven por estas tierras.  

Tal vez por eso, entre otras cosas, Mandela es Mandela y King es King, y no es fácil lograr un calibre político como el de los dos premios Nobel de Paz, pero son ejemplos. Se puede intentar. El orgullo tal vez no sea lo más importante en la vida o en la política, como se cree en Venezuela. Quizás la crisis que vivimos nos deje este aprendizaje.  

Noto que la sensibilidad en la calle u opinión es alta. Cualquier cosa es un casus belli o motivo de incordio, potenciado ahora por las redes sociales. Que el público sea así, se entiende -pero no se justifica- por el ambiente de crispación del país. Pero que políticos reaccionen con esa delicadeza o siempre para “los aplausos de las gradas”, sugiere que todavía nos falta nivel para diálogos complejos y política ruda, que vaya más allá de serrucharle el puesto al “compañerito” de partido o evitar que me serruchen el puesto a mi; saber cómo ascender dentro de la política; obtener lo que quiero, pero sin que nadie se de cuenta, con una “política florentina”; o buscar un “issue candente” –por ejemplo, las primarias- para ver qué obtengo.

Nuestra política gira mucho en ese tipo de cosas y “jugadas”, y menos en prevalecer con aplomo a partidas tramposas, o a grupos que juegan duro a la política. Nos falta más tesitura para este ambiente muchas veces de pillos, que hoy es global, y al que la política venezolana entró, alejada del confort de nuestro ambiente más local y “del honor”.

Muchos pedían real politik y “maquiavelismo”. Los complacieron. Nos metemos más hondo en la dinámica de la geopolítica mundial. Hubiese preferido nuestra política local, más “mundana”, pero buena parte de la sociedad quiso entrar en otro nivel político, aunque por las reacciones, noto que varios “mataron al tigre, y ahora le tienen miedo al cuero”. Un poco tarde ya para eso.  

Nos toca ver cómo salimos del brete, sin caer en el orgullo, el resentimiento, o el cinismo, que ya es común ver en la cotidianidad política venezolana.

Están bien los comentarios contra el comportamiento de Samper, pero hay que concentrarse en lo importante que es el comunicado de Unasur, el cual apunta a la nuez del problema político de Venezuela. Dice el texto del organismo:

“(…)La importancia, para Unasur, que las próximas elecciones, previstas para septiembre, lleguen a feliz término. Creemos que es el mejor escenario para que se confronten las diferencias políticas y se diriman las controversias (subrayado mío).

La Canciller de Colombia, Angela Holguín, también puso el cable a tierra. Expresó:

Creemos que las soluciones en Venezuela son decisiones que pasan por esas elecciones, esperamos que generen la estabilidad necesaria (subrayado mío).

Tengo un optimismo menos intenso que la Canciller –es decir, las elecciones pueden catalizar no una solución, sino hacerla inviable- pero coincido con su visión: salir del estado actual en donde estamos –para algo mejor o peor, no se sabe- pasa por la elección parlamentaria, con todos los riesgos y peligros que trae. Como ella, espero que los comicios brinden estabilidad, aunque esta posibilidad moleste a un gentío y grupos cuya naturaleza es el conflicto existencial y para nada aceptarán una tensión que no sea esa. Para este sector, una lucha agonal es “colaboracionista” (si es o no posible lograr una lucha agonal, es otro asunto).  

¿Cuál ventaja hay hoy para empujar las elecciones de 2015? Con dificultades y sin certezas que dure mucho, se genera poco a poco una opinión en donde hay coincidencias. Esa opinión es, “Que el pueblo decida” o “Lo que el pueblo decida”.

Aunque este contenido no es nuevo, que ocurra ahora no es poca cosa. Cómo se materializará ese clima de opinión si se sostiene en el tiempo, es en donde hay que influenciar para que sea provechoso para el país en general. Es donde se necesita el nivel de un Mandela o un King.

El gobierno lanzó su propuesta para materializar su “que el pueblo decida” el día 10-3-15, cuando Maduro fue a la AN a solicitar una habilitante.

Maduro planteó que firmaría un compromiso para reconocer los resultados electorales de las próximas elecciones. Invitó a la oposición a hacerlo.

Está bien la propuesta de Maduro, solo que es incompleta. No es la primera vez que se firma un documento así, y la experiencia es que hacerlo no garantiza acatamiento (del gobierno y de la oposición). Hay que perfeccionar la propuesta presidencial. Es aquí donde pienso que la Unidad puede ofrecer su versión del “que el pueblo decida”.

Por ejemplo ¿Por qué no plantear una carta-compromiso que sea carta-compromiso-con reglas precisas de operación?

Es decir, el gobierno quiere el compromiso de reconocimiento de la oposición como garantía, pero qué ofrece el gobierno como garantías. Aquí puede estar el punto en el cual Unasur y el mundo internacional pueden apoyar. Definir esa “zona de acuerdo posible” (las famosas ZAP).  

¿Qué es una ingenuidad? Tal vez, pero la prefiero a estar tooodooo el día descargándome a Samper o “esperando” –la pongo entre comillas porque para muchos, decir “esperar” mancilla su honor- que “pase algo” (hace un mes, Leansy Salazar, hoy la “revelación” del caso Nisman ¿Cuál será la próxima? ¿Cuándo llegará el juicio final para acabar con esto? imagino muchos se preguntan).

Por supuesto, al final queda la pregunta central ¿Las partes realmente quieren una solución? No sabría decirlo. Si me atengo al clima de opinión, diría que no. Cada quien se siente confiado en que “ganó la guerra”. El gobierno farfulla que “derrotó el golpe”, y la oposición blandea que el “el 80% rechaza la gestión de Maduro” y otros, que el “régimen está en fase terminal”. Todos se sienten ganadores y “esperan” por el hecho que catalice la implosión final. En el ínterin, nos arrastran al resto, en donde las consecuencias se ven. Ninguna buena.

Si las partes quieren una solución ¿Podrán contener o derrotar a quienes no quieren una solución? Si me atengo a los hechos, tampoco tienen la fuerza para eso. Las "gradas" mandan hoy. Quien quiera hacer carrera política, solo tiene que hacer cosas que agraden a las "gradas". El resto será suerte, talento, o las dos. 

El asunto no es un diálogo formal –cosa que la Holguín también dijo- sino acordar unas reglas para que la elección de 2015 sea lo más fidedigna posible. Esto puede ser viable, en tanto no aborda puntos más delicados, porque su propósito es uno: garantías mutuas para confiar en el ambiente electoral y sus resultados. Qué ocurra después, no parece que pueda ser abordado por las partes y tal vez sea mejor dejarlo así, por lo tanto –si se da esa conversación- es un “diálogo para la incertidumbre”, pero lo veo mejor a la política de destrucción en la que estamos inmersos, nos guste o no reconocerla.    

Desde el punto de vista de la oposición, lo anterior supone reforzar la institucionalidad de la Mesa.

Me cayó sumamente mal que el Secretario Ejecutivo de la Mesa, Jesús Torrealba, no haya sido invitado al encuentro con Unasur, sea por la “trampa” de Samper o por otras cosas “maquiavélicas” que he pensado, pero prefiero no escribirlas para no ponderar en ellas, por lo decepcionantes que son.

Torrealba representa la institucionalidad de la MUD, y eso hay que respetarlo y reforzarlo. 

En cualquier caso, se comunicó la imagen de una Unidad con una institucionalidad no muy fuerte. Eso no es bueno.

Un diálogo también se da cuando las partes tienen una institucionalidad fuerte. Si eso no ve o ni siquiera se respeta la propia institucionalidad ¿Cómo esperar que la parte adversaria te respete?

Uno de los puntos estructurales para solucionar la crisis política -y un objetivo a lograr- es que la oposición vuelva a ser interesante, sea relevante, sea un actor con influencia, y eso se alcanza al tener un “con qué”. 

Para lograr de nuevo un “con qué”, las elecciones de 2015 son determinantes. Pueden lograr que la oposición sea relevante, con capacidad para influir en el curso de los acontecimientos, y autonomizarse de los poderes fácticos y de todo el ruido del “ya viene el juicio final”, que enrarece el clima de opinión en las redes sociales (que invita a pensar sobre la "cordura" de la opinión pública en redes sociales. Por ejemplo, se habla de "la tumba" en el Sebin, y de repente sin más, se habla del vestido de la actriz X en el Oscar o en otro evento; sin una "transición" entre una cosa y otra).

Hoy la fuerza de la oposición es una opinión en las encuestas, pero que no se traduce en fuerza política concreta. La tarea es hacer de la opinión una fuerza política, y eso se logra por alguna de estas tres variables, a mi modo de ver.

La primera es organización, capacidad para movilizar. Hoy “la calle” luce sin fuerza –si más adelante cambia, no se sabe- y pienso que su mal uso y abuso la quemó, al menos ahora. Las concentraciones son discretas –como la “Marcha de las ollas vacías”- a pesar de la entidad de los temas que encabezan las convocatorias. Seguramente, la gente no va porque “están en una cola de pañales o jabón”, “el miedo”, pero también puede ser porque el formato de calle usado –sea la institucional o la barricada- está agotado, pero con un precio en vidas, pérdidas materiales, y presos, bastante alto y para mi injustificable e innecesario.

¿Qué “la calle” bajó la popularidad de Maduro de 46 a 18% y le “quitó la careta” porque “no le lavaron la cara”? Eso es discutible, pero será para otra entrada.

De manera que en la “contabilidad política”, en el “haber”, la organización y movilización luce un activo discreto. Los costos para retaliar al gobierno son altos, y hacerle contrapeso es limitado por la discreta capacidad de movilización que tiene la Unidad. Si eso cambia en el futuro, me alegro por quienes creen en "la calle".

La segunda es el mensaje. Tampoco el mensaje es muy poderoso. Sea en la versión “no salidista” que si “la educación”, “el progreso”, “hablarle a los descontentos”, o “de esto no salimos sin el chavismo”; o la versión “salidista” de la “constituyente”, la “transición”, “la dictadura”, o “el régimen”, no parece que hagan mucha resonancia con la mayoría del país. Son contenidos que están allí, pero sin la fuerza para ser contenidos que movilicen a toda la sociedad (como fue, por ejemplo, el sufragio universal en los 40 o lograr la “Venezuela moderna”, contenido que trascendió generaciones y que movilizó a la nación, tanto en el perezjimenismo como en la democracia representativa).

Sobre lo concreto, más allá de la queja; no hay propuestas y si las hay, no se comunican con la fuerza suficiente. Está bien, “la censura”, “el gobierno controla todos los medios” impiden comunicar muchas cosas; pero esto ya se convierte en excusa. A mi modo de ver, hoy las redes sociales influyen muchísimo. Tuiter no es Venezuela, pero sí crea la opinión pública de Venezuela, y allí la oposición puede influir, junto a los espacios que le quedan en los medios formales.

En lo existencial, no hay una idea de carrera moral para la sociedad, que sea alternativa a la que ofrece el gobierno (el socialismo como garantía de una vida buena). Tal vez porque –como dirían los grandes políticos y asesores- “eso no sube cerro”. No obstante, apostaría a que “los pobres” quieren escuchar algo más que hablar sobre la escasez o la inseguridad. No solo “los problemas de la gente”, sino “los sueños de la gente” también “suben cerro”, aunque políticos y asesores no lo crean.  

Tampoco el mensaje es un activo fuerte para la Unidad. Al igual que la movilización, es discreto. 

Finalmente, tiene la variable autoridad, que es el factor donde creo la Unidad puede trabajar, en estos momentos.

Se aborda por dos vías.

La primera, la institucionalidad de la Mesa. Una institucionalidad da respeto y autoridad. Si bien los partidos de la Unidad están “Cada quien en lo suyo” porque los incentivos son para que cada parte busque destacar, la Mesa es la instancia coordinadora. Que formalice procedimientos y tenga rutinas institucionales –aunque suene aburrido- da autoridad y reconocimiento, adentro y afuera. No importa si esas rutinas son sencillas, sino que se hagan de forma constante.

La segunda, las elecciones parlamentarias. Los estudios de opinión ofrecen ventaja a la Unidad, pero eso debe materializarse cuando llegue la hora de votar. La ventaja en las encuestas solo indica que la posición de la MUD es favorable en ese tema, pero no sugiere que lo que aparece hoy como ventaja, vaya a ser así el día de las elecciones. El trabajo político es lo que lo garantiza.

Un resultado satisfactorio para la Unidad en 2015, le recupera el “con qué” que había logrado tener para 2013 –alcanzado con mucho trabajo- pero que perdió en 2014, y que explica en parte por qué su influencia es discreta, y en cierto modo, ha sido desplazada por poderes fácticos y gobiernos de afuera.

Un “con qué” regresará el centro de gravedad a la política, y con ella, la oposición estará en una mejor posición para dialogar con el gobierno –si esa es la política- que hoy no quiere, no tiene interés, o quiere hacerlo pero a un precio elevado para la Unidad.

En resumen,  concentrarse en lograr una competencia electoral lo más equilibrada posible, con compromisos gobierno-oposición para la campaña electoral, y si es posible, al menos bosquejar una “hoja de ruta” para luego de la elección –por ejemplo ¿cómo será el comportamiento el día de las elecciones; en la noche y cuando llegue la “hora de la baranda”?- es lo que veo factible puede ser alcanzado con la ayuda de Unasur, posibilidad que deja ver su comunicado.

Si esto es posible, y la Unidad recupera su centro en la política llevada por el voto de los electores para interactuar de “tu a tu” con el gobierno -sería mi objetivo a lograr- entonces será Samper quien tragará grueso y Unasur ganará credibilidad ante el país no gobierno, que no la tiene hoy.
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