Léeme en otro idioma

sábado, 22 de noviembre de 2014

Chino y Nacho, o lo imposible de una política moderada en Venezuela



A pesar que cierto público se tomó a guasa el rechazo del público oficialista a la presencia de los cantantes Chino y Nacho en el festival Suena Caracas organizado por la Alcaldía de Libertador, en Caracas, el caso es más revelador de la emoción política que circula en Venezuela, que farfullar No hay acetaminofén.

Durante varios días, los camaradas lograron mantener en tuiter el HT #NoAChinoYNachoEnFestivalSuenaCaracas, y durante dos días, creo que el HT estuvo en el primer o segundo lugar, lo que indica la intensidad de la emoción de rechazo a la presencia de los artistas en el guateque capitalino. 

La razón dada para la no aceptación del dúo es por lo que dijeron durante las protestas de febrero de 2014, en el marco de La Salida.

No soy conocedor de la música de Chino y Nacho, ni iré al festival Suena Caracas -los que vayan, que tengan un buen momento- pero si me preguntan, opino que deben tocar (ya los artistas dijeron que no lo harán), simplemente porque son artistas y porque es un festival que tiene un subsidio -porque habrá boletería- que es pagado con dineros públicos, los que mayormente vienen de nuestros impuestos (sí, en el presupuesto nacional 2014, los ingresos no petroleros son mayores a los ingresos petroleros, en una proporción 80% y 20% respectivamente), por lo que en un concierto público, pueden tocar todos, independientemente de su doctrina política.

Si el concierto es pagado exclusivamente por el PSUV, entendería -pero no compartiría- la no invitación a los artistas, pero no es el caso. Es un concierto pago, cuyo módico costo hace suponer el complemento de recursos públicos para costear la presencia de cerca de 137 artistas. 

En la otra cara de la moneda, de ser Chino y Nacho, no hubiese aceptado la invitación de la Alcaldía. La hubiese rechazado de forma polite, quedado en buenos términos, todo ese protocolo de la sociedad venezolana para estar bien con todo el mundo, pero no hubiese aceptado la invitación. 

Son artistas, pero hay que ser consistentes con lo que se dice. Si efectivamente dijeron en marzo de 2014 lo que se dice que dijeron, aceptar una invitación proveniente de una alcaldía del PSUV, no era lo prudente. Al menos, no ahora. Hay conflictos de intereses que no se resuelven con decir Los artistas nos debemos al público, porque hoy son públicos, no público. El dueto tocó intereses del público oficialista; intereses que no se saldan solo con el paso del tiempo.    

Si querían regresar o presentarse como artistas a favor de romper la polarización, debieron pensar en otra estrategia u otro escenario para hacerlo. Tal vez haber sido ellos dos los organizadores de un gran concierto por la despolarización -si es el caso u otro tema- e invitar a artistas de diferentes orientaciones, junto a tener un discurso más centrado, y menos Grammy's way of do things, formato que también luce gastado (esa irreverencia de los artistas, ya rutinaria, con selfie incluido).

Chino y Nacho son artistas, y entiendo lo díficil que es tener autonomía en un país gobiernero como Venezuela. Sobre eso escribí una entrada crítica a artistas del gobierno en marzo de 2013 llamada Artistas, pero incluso en sociedades donde los artistas son autonómos, también la censura política existe. Se recuerda en la era Bush, el veto al trío de música country, las Dixie Chics por su postura ante la invasión a Irak por parte de EUA, y por eso los artistas deben tomarse la política en serio, más allá de hacer grandes declaraciones para los medios o para un TT en tuiter. Nadie les pide que sean políticos o politólogos, pero sí al menos estar conscientes que lo que dicen, influye mucho en la opinión pública. 

Pero lo que quería comentar es que este caso muestra muchas cosas, más allá de la trivialización del rechazo a Chino y Nacho. Hay dos que quiero destacar.  

Una, evidencia los límites de la política en Venezuela. De una política moderada, al menos. 

El caso Chino y Nacho aporta elementos que apoyan lo escrito en la entrada ¿Por eso el cambio de dirección? en el sentido que la fortaleza del gobierno -y la de Maduro, principalmente- está en un bloque oficialista cohesionado de casi 93% frente al 7% de oficialistas moderados (proporción dentro del Bloque oficialista). 

La reacción de los oficialistas así parece sugerirlo. Pienso que ni Jorge Rodríguez ni nadie en el PSUV, esperaban la reacción en contra tan intensa de parte de los camaradas, aunque hoy digan lo contrario, que sí la esperaban ¿Entonces, para que invitaron a Chino y Nacho, para quedar expuestos ante su propio público? No luce una explicación convincente.

También en el público opositor es igual. En la entrada ¿El extremismo tocó techo?, se argumentó que el sector moderado de la oposición es mayor al sector extremista, pero éste hace más ruido y tiene más agallas, por lo que controla la opinión de la oposición o influye de forma determinante, con las famosas "matrices de opinión".   

Así las cosas, la sociedad y la opinión las controlan dos extremos, sin que aparentemente se pueda hacer nada.

Por eso, Maduro se vuelve un 8 para explicar el aumento de la gasolina (al final, él tendrá que tomar y asumir la decisión de subirla), y llegó al extremo de afirmar que los trabajadores se lo solicitan. No sé si pesó las consecuencias de esa afirmación -un auto-gol, porque ponen en duda su liderazgo- que da munición a quienes piensan que es un pelele.

Si es en la oposición, cualquier dirigente que tenga una opinión moderada, al lunes siguiente, por ejemplo, aparece Armando Durán con su dedo de la dignidad, y lo acusa de colaboracionista. Hasta ese día llegaron las declaraciones de ese dirigente de la Unidad. No creo que muchos dirigentes de la oposición aguanten el cañonazo de un editorial o noticia de cierta gran prensa o medios digitales nacionales, o la pluma de algunos columnistas, campeones de la dignidad (lástima que no la exhibieron años atrás).

Cualquier decisión de envergadura que se quiera tomar o proponer en Venezuela, tendrá que pasar por el filtro de los extremistas. Si tal vez convenga a Venezuela una política para aumentar la producción petrolera, habrá que ver que piensan los extremistas. Igual si es en materia de seguridad. O si es una política para la recuperación de la manufactura. O si se trata de reglas políticas en general. En fin, en todo, la opinión extremista pesará, aunque no sea mayoría, y en algunos casos decidirá. 

Los moderados perdieron espacio en la opinión, y se limitan a maniobras o macolleos políticos a la espera del desgaste del extremismo o en contenerlo, mientras sobreviven en sus organizaciones, como lo han hecho los últimos años. 

Sin embargo, lo que transmiten es ser los representantes de una política inercial y aburrida, que se agota en fastidiosas reuniones que siempre giran sobre lo mismo: algún cuento de algo o alguien de la política. La inercia en política también tiene sus beneficios.  

A ratos no parecen conscientes que lo que puede llamarse la concepción fascista del poder, cala en sectores ilustrados y no ilustrados de Venezuela. Esta concepción supone que el poder se asalta, no se gana solo con elecciones (son apenas un medio), tampoco con el trabajo político partidista (también es un medio), con un mensaje, sino que se asalta con audacia, con el control de la opinión pública o acciones de hecho, y no hay nada que un buen par de bolas no puedan resolver (aunque a muchos cultores de las bolas, cuando llega la hora del té, la carabina se les encasquilla, y es el yo no fui, hasta la próxima aventura).

Dos, y asociado a lo anterior. El caso Chino y Nacho también puso de relieve la carencia de un liderazgo con carácter y densidad en Venezuela. 

Claro que hay líderes en el país. Cualquiera que tenga seguidores, ya es líder. Me refiero a otra cosa. A la capacidad para ir contra la corriente, sostener un punto en el tiempo, y dar argumentos para apoyarlo. No es simplemente repetir algo, encerrado en mi mundo, sino ofrecer elementos para que el público pueda evaluar su posición y cambiarla. 

La primera requiere carácter. La segunda, densidad. Las dos fallan en el liderazgo venezolano de cualquier signo.  

La primera, desafiar las corrientes de opinión. Muchos lo han dicho, y lo repito: liderar no es seguir la corriente de opinión -que puede reflejarse en una encuesta- sino desafiar y promover una corriente de opinión, diferente. Algo cercano a la tesis de Serge Moscovici sobre las minorías activas.  

Simplemente, expresar lo que se piensa, y correr con las consecuencias por hacerlo, sin el sinuoso cambio de opinión en función del público al que se dirija. Si la política consiste en saber decir las cosas y hay momentos para hacerlo, según nos dice el poeta Havel en Summer Meditations, es otra cosa. Puede haber una manera y un momento, pero hay un fondo. Lo primero lo da el sentido de las proporciones en la política, o la educación política. Lo segundo, el carácter. 

Por ejemplo, Maduro al ser interrogado por el caso, respondió a favor que los artistas tocaran pero también expresó su acuerdo con las críticas. Está bien, pero la respuesta es ambigüa, conciliando las dos partes. Está bien, pero pudo ir más allá y defender su posición (que me parece es a favor que tocaran, aunque la ambigüedad en la respuesta no la dejó clara para mi). Una convicción educada también ayuda a construir liderazgo, no simplemente a tratar de estar bien con todo el mundo.  

El carácter se deriva de las respuestas que da el político en situaciones dilemáticas -por ejemplo, promuevo el voto o no en 2015, o trato de pasar agachao para no ser visto y ver si cobro después- y cómo las argumente. Aquí entra la densidad.

No conozco otra forma para tener densidad que no sea leyendo, estudiando. A los políticos de las nuevas generaciones no les gusta y hasta creo que muchos le tienen fobia a los libros. Prefieren el memo del asesor, mayormente lleno de lugares comunes y consignas, que se cree gustan y llegan al barrio, en el marco del gigantesco complejo de clase social que hay en Venezuela, que poseen ricos, pobres, y clase media.

Recuerdo que recién graduado, en los 90, leí un ensayo muy bueno de Germán Carrera Damas -lástima que, para mi, perdió su auctoritas al convertirse en una suerte de operador político intelectual; y no sé si esa es la labor de los intelectuales, ser operadores políticos o estimularnos el pensamiento critico, abrirnos la mente con ideas y conocimientos para ver la rutina de modo diferente y romper con ella, para innovar, cambiar- editado por la Fundación Rómulo Betancourt acerca del proceso que vivió Betancourt para construirse como líder, porque el líder se hace, no nace, aunque esto último sea lo que dice el conventional wisdom.

En una de las partes del ensayo que más disfruté -si lo entendí bien- llegó un punto en que Betancourt decidió alejarse de la conversadera política, porque internalizó que eso no era productivo -tuvo razón, de las cosas más improductivas que hay, es hablar sobre política, especialmente esas conversaciones de calle que te agarran con el ¿Cómo ves la vaina? o ir a reuniones para el tradicional Tengo un amigo que me dijo que....- y se disciplinó en la escritura, que lo ayudó a construir una densidad que se manifestó, por ejemplo, en su columna Economía y Finanzas en el diario Ahora, o en su trabajo más conocido, Venezuela, política y petróleo

Disciplinarte en el estudio, en la reflexión, ayuda a construir el carácter que hace falta para no ser dominado por corrientes de opinión; para crear y no meramente seguir una corriente de opinión, que es, en definitiva, liderazgo (junto a tomar riesgos).

El rechazo a Chino y Nacho por parte del público oficialista puso al descubierto que estamos huérfanos de carácter y densidad, cosas indispensables para adelantar una política moderada, que hace muchísima falta en Venezuela, ahora secuestrada por el chantaje -el cuento de los traidores o los colaboracionistas- de los extremistas.

Chino y Nacho, o lo imposible de una política moderada en Venezuela. 
Publicar un comentario